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El microcuento (que en verdad no es un microcuento) se puede leer en varias partes de la web. Como acá. O acá. O incluso se puede escuchar, en esta versión en audio, como parte de una selección de microcuentos de autores latinoamericanos de la televisión española.
El microcuento (que no es un microcuento en verdad) se llama “La invención de Ramón” y comienza así:
“¿No la conoces? Es Sylvia Corday, la de Ramón del Solar… Ya sabes toda esa historia”.
Y termina así:
“Después, cuando Ramón la comienza a echar de menos otra vez, la vuelve a armar y salen juntos a todas partes”.
Y este microcuento, que si bien no es un microcuento (ya voy a revelar su origen) se puede leer como literatura distópica; como una historia que sucede en un mundo que resulta tan humorístico —por su tono copuchento—, como inquietante —al explorar un tipo de relación que básicamente ya existe—: aquellas relaciones entre humanos y las distintas formas que está tomando la inteligencia artificial, algo no muy diferente, digamos, al animé Alita o los relatos con androides de Philip K. Dick.
Y “La invención de Ramón” es un microcuento, que, si bien no es un microcuento, sirve para desmantelar la idea de que José Donoso, la vieja idea, era un escritor realista, un autor que explora la periferia y los antagonismos de clase chilena y blah, blah, blah.
Un José Donoso que cabría dentro de lo que alguien ha denominado como “estéticas de la derrota”, aquella categoría que —en el contexto de un Chile donde la cultura letrada se rehúsa a conectarse con la calle y sus nuevas estéticas; por ejemplo, la música urbana— se puede leer paródicamente como otro signo de una élite intelectual que no se entiende a sí misma, tal como el Mudito en El obsceno pájaro de la noche.
Pero me desvío.
“La invención de Ramón” es un microcuento, que, si bien no es un microcuento, sirve para reforzar la idea de que José Donoso era, sin duda, nuestro mejor, y a ratos único, escritor de terror.
De literatura rara.
Gótica.
Victoriana.
Y hasta gore.
Uno que se puede leer dentro de lo que hoy se denomina como: gótico latinoamericano.
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Escribo esto a propósito de sus cien años, y también porque ahora se habla justamente de eso (del gótico latinoamericano), y por tanto vale hacerle justicia y situarlo fuera del Boom, lejos de Gabo y Mario y Carlos y los sospechosos de siempre.
A Donoso hay que leerlo al lado de María Luisa Bombal, Mónica Ojeda y Guillermo del Toro, por poner tres ejemplos.
Y acá me detengo.
No hay mucha diferencia entre la obra de Guillermo de Toro y Donoso, entre, no sé, El laberinto del fauno y El obsceno pájaro de la noche. Es más: el mismo Guillermo del Toro debería adaptar esa novela al cine y llenarla con sus propias versiones de invunches y faunos y casonas fantasmales. Porque la manera en que Guillermo del Toro se acerca a los monstruos es muy humana; la forma en que Donoso explora la humanidad es casi siempre monstruosa.
Tal como el mismo mexicano lo ha dicho: “Los monstruos son reales, y los fantasmas también. Viven dentro de nosotros y a veces ganan”.
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Pienso en Donoso mientras leo El tercer mundo después del sol: Antología de Ciencia Ficción Latinoamericana, una antología que abre nuevos territorios estéticos, y luego pienso en Donoso mientras termino de leer Chamanes eléctricos en la fiesta del sol de Mónica Ojeda, y ambos libros me llevan a pensar en los mismo. Que en cuanto a la ciencia ficción y al terror, la literatura chilena siempre ha sido muy tradicionalista. Cuando no conservadora. Y por eso mismo es hora de ir sacando a Donoso del closet el realismo-social, lejos de la ondita de la “literatura de los hijos” y/o de la novela que él mismo publicó a su regreso a Chile: La desesperanza, sin duda su libro más más social y bien intencionado y por eso mismo, sin duda, acaso el más comprometido con el país y no con sus neuras y egos literarios.
Puede que sea mejor leer a Donoso al lado de Carlos Droguett, quien publicó una novela, Patas de perro, con un personaje mutante: nuestro propio X-Men. O los cuentos y novelas de Bombal que son de terror, así como lo fue su vida (incluyendo su posterior apoyo la dictadura pinochetista), la cual se puede leer como una historia de fantasmas y espectros.
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Parte del problema es el envoltorio. La forma en que se presenta la obra de Donoso. Esas lecturas de su obra que por mucho tiempo se volvieron un obstáculo para ampliar la paleta de lo que el término donosiano puede significar.
Entonces, hay que sospechar, si, tal como decía otro autor que publica literatura realista social, en un artículo de Cuadernos hispanoamericanos: “Hay que sospechar en todo momento”. Y acá parafraseo algunas de sus frases y preguntas. Hay que sospechar en todo momento de la gente que solo lee a José Donoso como un escritor que deconstruye la clase alta, burguesía, el mundo de los apellidos compuestos. Hay que sospechar de las lecturas académicas donde se pasa a Donoso por el cedazo de la teoría francesa (Foucault, Barthes, Derrida). Y a partir de eso, hay que sospechar de esa novela contemporánea que se presenta como provinciana, de izquierda, popular, que rescata la memoria perdida de la Unidad Popular (cuando no hace más que manosearla para venderla en España o Italia), y que por tanto no ofrece nada más que un realismo social plano y en bandeja para los papers académicos. ¿No les resulta curioso la cantidad de novelas que han aparecido en estos años, donde la lectura de la clase baja y la provincia y las minorías, y la idea de la UP es puramente nostálgica, es siempre la misma? ¿No sería bueno detenerse un momento y pensar qué hay detrás de esa imaginación desgastada que tanto se celebra, y que nunca proviene de autores de la clase baja y la provincia, sino de autores providencianos y/o ñuñoínos, escritores que se han vuelto los regalones de las multinacionales españolas gracias a sus novelas sobre una América Latina “profunda” y “derrotada”? ¿No será justamente porque quieren que imaginemos la literatura chilena solamente de esa manera, porque así les conviene?
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A propósito de sus cien años, puede que sea hora de reformatear a Donoso, un autor que siempre consiguió abordar los temas característicos de la narrativa gótica europea y adaptarlos a las especificidades políticas y geográficas de Latinoamérica. La forma en que usaba y extendía el gótico (para hablar de la lucha de clases, la desaparición forzada de personas durante las dictaduras militares y la violencia patriarcal) ofrece hoy un modelo para armar y desarmar. Para reflejar ese Chile que, con las nuevas tecnologías distópicas, se asemeja a ese microcuento que aparece en Internet como “La invención de Ramón”, el cual es en realidad un diálogo en la novela breve Chatanooga Choochoo, incluida en Tres novelitas burguesas (1973).
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La invención de Ramón
José Donoso
¿No la conoces? Es Sylvia Corday, la de Ramón del Solar… Ya sabes toda esa historia. Sí, parece que la hubieran armado con módulos de plástico, como a un maniquí de escaparate. Dicen que no tiene cara. Facciones, desde luego, no tiene. ¿Dónde está la nariz, por ejemplo? Nadie jamás se la ha visto. Dicen que ni Ramón. Todas las mañanas se sienta delante del espejo y se inventa la cara, se la pinta como quien pinta una naturaleza muerta, por ejemplo, o un retrato… después, claro que Ramón la ha armado pieza por pieza para que ella pueda, bueno, no sé, bañarse, y esas cosas. A veces uno ve a Ramón durante semanas enteras sin Sylvia. Uno le pregunta por ella y él contesta que está en Cappadocia posando para Vogue; está muy de moda Cappadocia ahora. Ya iremos todos. Con Raimunda y Ricardo estamos pensando organizar un charter. Pero es mentira que está en Cappadocia. Sylvia jamás ha estado más allá de Tarrasa. Es porque se ha aburrido con ella y no la arma y no la pinta. Deja guardadas todas las piezas en una caja especial: durante esas semanas Ramón descansa y ella también; por eso es que ella está tan increíblemente joven, porque durante esas semanas que pasa guardada y sin armar el tiempo no transcurre para ella. Después, cuando Ramón la comienza a echar de menos otra vez, la vuelve a armar y salen juntos a todas partes.

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