Producto de un robo perdí todo lo que nos hace ciudadanos: carnet de identidad, de manejar y teléfono. Los documentos de identidad ni se comparan con la importancia del celular. Los papeles pasan a segundo plano, parecen algo romántico, como mandar una carta o una tarjeta de navidad a un ser querido, algo casi de otra dimensión, como tener enanos de losa en el jardín o una máquina de escribir en la oficina.
Más allá de la crisis momentánea que puede generar esto, el teléfono parece ser la llave del mundo. Tal vez es una obviedad, pero vivirlo es otra cosa. Es mucho más de lo que se denominó un comercial de televisión como smartinencia. Es un asunto vital: ni siquiera puedo entrar a mi correo, perdiendo tal vez opciones laborales y con ello credibilidad. Toda explicación agrava la falta de no estar conectado, los empleadores más duros te catalogan como un tipo que posiblemente está siempre lleno de problemas o un inepto tecnológico.
Por otro lado, preocupas a los amigos que aún deben estar buscándome por redes sociales —al menos sabré quiénes me quieren—. Se corre el riesgo de la suplantación de identidad y estafas, en definitiva, de meterse en un forro enorme, encima involuntario, error no forzado, que para peor, trae estrés postraumático y un sentimiento reaccionario contra la falta de mano dura contra la delincuencia.
Me siento como un viajero del tiempo en la calle, de esos que los conspiranoicos ven en todas partes, pero del pasado, no del futuro. Ando, por ejemplo, con efectivo en el bolsillo, sin billetera, como los mafiosos de las películas. El otro día tuve una reunión en el Paseo Bulnes, y como tengo una neurosis personal respecto a la hora y llegar a tiempo, pregunté la hora a varias personas que reaccionaban con miedo —sobre todo las señoras que apuraron el paso—, desazón y extrañeza. Un estafador o demente al acecho, con un as bajo la manga para el atraco.
Pasan los días y a ratos, en momentos en los que paso del desconsuelo a la resignación, me relajo y siento que soy un vago sin autoflagelarme. Una misteriosa y antigua sensación de soledad e introspección se apodera de mí. He ido a plazas a sentarme bajo los árboles a mirar las cosas pasar —como al parecer reza una canción argentina—, he leído libros raros, maravillosos y pendientes como El librito del amante del desayuno de Jannie Reekie y Pequeño tratado del té de Gilles Brochard, ambos de lentitud, tiempo y ocio.
