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El glutamato monosódico de la comunicación

O cómo agregar “sabor” a nuestras palabras puede mejorar la comunicación. Al igual que el GMS realza el sabor de los alimentos, la gracia y la chispa pueden hacer que nuestros mensajes sean más atractivos. Pero cuidado, demasiado puede ser perjudicial.

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Hoy estaba haciendo mi penúltima clase de Comunicación Escrita y empecé a hablarles a las y los estudiantes acerca de cuáles son los principios para tener en cuenta a la audiencia cuando nos comunicamos, y anudé como en una trenza dos ideas que amo: la primera es que siempre que nos comunicamos tanto de manera oral como por escrito, debemos hacer que algo que expresemos sea algo que los destinatarios se “lleven para la casa”. Puede ser una idea, un tip, un dato, una anécdota, una historia, una moraleja, una nueva habilidad. Lo que sea. La otra es que hay que agregar gracia a lo que se expresa.

Con la Carmen siempre hablamos de que a la comunicación hay que agregarle dosis figurativas de glutamato monosódico (GMS). Sabemos que este producto comestible es aquel que el japonés Kikunae Ikeda aisló de algunos alimentos en 1908 y se dio cuenta de que constituía el quinto sabor, al que llamó umami. Cuando se agrega GMS a alguna comida queda más sabrosa: hasta un apio queda exquisito.

La Carmen dice que cuando escribimos o hablamos si le ponemos tinca, gracia, chispa, en fin, lo que también ella llama, “efectos especiales”, el relato queda también más sabroso: es el glutamato monosódico de la comunicación.

Hace un par de años me percaté de que esa idea figurativa o metafórica de la sabrosura de la expresión oral o escrita ya había sido realizada por otra palabra; el verbo “salpimentar” que el diccionario dice que es, “amenizar, sazonar, hacer sabroso algo con palabras o hechos».

Cuando alguien salpimenta o “glutamatomonosodiquiza” una conversación o una crónica le da vida y vitalidad a lo que está expresando y la audiencia se regocija ante esa habilidad —que puede aprenderse—.

Pero, nunca hay que ponerle tanto. El glutamato monosódico —que se llama en Perú ajinomoto y que también se encuentra en la salsa de soya— se sabe que en cantidades mayores afecta al organismo en lo que se llama el “Síndrome del Restorán Chino”, documentado por primera vez por Robert Ho Man Kwok en 1968, cuando envió una carta New England Journal of Medicine (NEJM) en que indicaba que unos quince minutos después de comer comida china cargada a la soya, y por ello al GMS, sentía entumecimiento de la nuca, dolor de cabeza, sequedad de boca, decaimiento, palpitaciones, pesadez en los brazos y molestias en la espalda: echarle mucha sal y pimienta o GMS a un relato oral o escrito produce metafóricamente el mismo efecto. O, como dice el dicho, “bueno es el cilantro, pero no tanto”.

Por Ricardo Martínez

Profesor universitario (UDP), lingüista y autor de Clásicos AM: una historia de la Balada Romántica Latinoamericana y de Indiepop: una historia.

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