A inicios de 1999, cuando todo era MP3, un conocido me mostró Napster, un programa que te permitía conectarte con otros computadores personales vía Internet y descargar de ellos miles de canciones (de acuerdo con “A & M Records, Inc. v. Napster Inc.”, para 2001, Napster albergaba accesos a unos 250.000 temas: 1TB de información musical). La conexión de aquella época se realizaba por módem y era sumamente lenta, habitualmente de 14,4 kbps, lo que permitía bajar un mega en algo así como una hora. Bajar una canción de tres minutos (que en el formato de compresión de la época pesaba unos tres megas) tomaba fácilmente tres horas.
Luego vino el cambio de sistemas de conexión, los “planes vampiro”, la aparición del DSL, del cable y así. Uno miraba la lengüeta de descargas de su Napster y se sentía entero pollo viviendo en el poto del mundo, mientras las conexiones de los usuarios estadounidenses se llamaban “Cable”, “DSL” y, la más veloz de todas, la “T3”. Con el paso de los trimestres las velocidades aumentaron en Chile; mi amigo Ricardo, que trabajaba en la PUCV en Ingeniería, tenía en su oficina acceso a una T3 y descargaba las canciones en cosa de segundos. Era loco todo, porque uno podía ir escuchando los fragmentos de canciones mientras se descargaban.
Una tarde —caminando por mi barrio, Condell— escuchando un casete que había grabado con MP3 descargados de Napster (los llamaba “Casetes Tránsfugas”) imaginé una época en que los MP3 se descargarían a tal velocidad que seríamos capaces de escucharlos solo haciendo click, porque se demorarían menos en bajar que en reproducirse en los —soñaba— reproductores portátiles de MP3. Incluso esa tarde de, no sé, 2000, pensé que habría una época en que ni siquiera necesitaríamos tener espacio en nuestros discos para guardar estos temas bajados a la velocidad de la luz, que simplemente se reproducirían como una especie de radio personal.
Y acá estamos; gracias, Spotify.
