Road House es el tipo de películas donde los malos que llegan a enfrentarse con el héroe se bajan de un monster truck con la cara seria, como esperando que les creamos que son de verdad y no sacados de un sketch de comedia. Todo el filme es así, en realidad: James Dalton (Patrick Swayze) es el rey de los bouncers, esos vigilantes de los bares que te echan o te muelen a golpes por armar pelea, pero Dalton no se viste como un matón sino con blazers de lino sacados del guardarropa de Miami Vice; maneja un Mercedes impecable —que, por cierto, no estaciona frente al tugurio donde trabaja— y hace tai chi con poca ropa, al lado de la cabaña que le arrienda a un viejo agricultor que lo mira como si fuese un extraterrestre, y a lo mejor lo es: su estampa no es la del macho, bruto, solitario y de pocas palabras que requiere un papel como éste, sino una versión novela rosa del mismo arquetipo. Macho pero gentil, solitario pero zen, con el puño de hierro pero bien leído; un protector de inocentes y desvalidos que no dejará que nada malo le pase a su bar, sus empleados y a la rubia doctora que se enamora de él y que (tal como el campesino jubilado) lo contempla entre fascinada e impactada, como si viera un ovni aterrizando sobre un basural.
De hecho, esa sensación de “no puedo creer lo que estoy viendo” bien puede ser el factor que redime a esta catedral kitsch, repleta de power ballads, lycra y tonos flúor, no sólo ante los ojos de un cínico espectador de siglo XXI que, autoconsciente y pagado de sí mismo, consume su dieta de basura ochentera con ínfulas de conocedor, sino ante los propios tipos que en el ’89 pagaron la entrada y la convirtieron en un éxito, confirmando la intuición del productor Joel Silver acerca del insólito viraje de muchos filmes de acción de la época hacia el humor y el absurdo.
Silver se forró de dólares apelando a la fórmula, no por nada suya es la imaginación diabólica detrás de Arma mortal, Duro de matar y su ejército de secuelas, pero nunca volvería a extraer tal perfección a partir de tamaña porquería como consiguió en Road House. Es cierto, el James Dalton de Swayze es una criatura de pura fantasía tal como el McClane de Bruce Willis y el Riggs de Mel Gibson, pero el verdadero corazón de la película no es el jovencito —forzudo, remilgado, depilado— sino Wade Garrett, su maestro, doble opuesto y virtual arma secreta del relato. Interpretado por Sam Elliott, Garrett es un personaje del western, una leyenda en esto de limpiar bares, parrilladas y quintas como si fuesen pueblos de bandoleros. Y, haciendo honor a su mito, entra en la película como tal, dando coces, tortazos y piñas, salvando a Dalton en el momento preciso y convertido en el único personaje del filme que luce como salido realmente de esos ambientes: la cara desgarbada, grueso bigote y barba de cuatro días; pelo largo, grasiento, apelmazado sobre la frente y las orejas; antebrazos delgados, tensos como cuerdas. Se diría que la audiencia ve a Wade Garrett en pantalla, pero además lo huele; su presencia más que inundar cada escena en la que figura, las empapa, las transpira. No parece un personaje de ficción sino más bien alguien que se coló desde el callejón, directo desde la vida real hasta enfrente de la cámara.
Ver a Elliott en acción confirma que “el duro”, al cual refiere el título del filme en su versión en español, no es Swayze sino él, pero que tal nivel de realismo inyectado a la bruta al interior de una ficción como ésta quizás tome por sorpresa al espectador promedio de estos productos: reunido por fin con su discípulo Dalton, éste lo lleva a recoger a su novia doctora al hospital. Más temprano que tarde, los tres terminan en un bar, cervezas sobre la mesa y Wade haciendo memoria de viejas “historias de guerra”.
—1975, Albuquerque. Me atacan por la espalda con una botella de Jack Daniel’s— dice Wade con la voz rasposa. “Todo por andar jodiendo en donde no debía. Estaba muy borracho”, agrega. “El chico aquí (mira a James) terminó con la cabeza rota”.
—Pero tú te quedaste con la cicatriz.
—Ahh, te voy a mostrar la cicatriz; una que me pone algo sentimental, doctora.
Dicho esto, Garrett se para y se baja el cierre del pantalón. La doctora se ríe. Mira la enorme rajadura que parte en el vientre de Wade y se pierde en su costado. Mira también la enorme mata de pelo que emerge ahí al centro de la pantalla, sin calzoncillo alguno que medie, entre personaje y público. Qué decir.
Road House (Estados Unidos, 1989). Producida por Joel Silver. 115 min. Disponible en Prime Video.
