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Hernán Rivera Letelier y una canción para ir al desierto

Del diario de vida que nunca escribí, se llama el primer volumen de los diarios de Hernán Rivera Letelier. En sus ágiles y muy entretenidas páginas, relata sus años de infancia en la salitrera Algorta, en los que surgió su impulso como escritor, perdió la virginidad y sufrió la muerte de su madre.

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Había que pasar por su casa primero. Así empieza el salmo. Cuando los muchachos iban a buscar al Condorito a su casa de calaminas —como las de ellos— se enfrentaban a un obstáculo formidable. La madre. La matriarca. La mujer convencida de cada palabra que decía, y cuando era no, era que no no más.

Los chicuelos entierrados buscaban al Condorito —cuyo nombre de pila es Hernán— para ir al biógrafo de la oficina salitrera Algorta, donde vivían (cuando el auge del salitre se había acabado hace mucho tiempo y estaba en los descuentos). Algorta se ubicaba en el corazón de la Pampa, al interior de Antofagasta, donde solo se ve el desierto. Pero la familia del Condorito era evangélica, y estrictos practicantes de la fe. Para ellos, ir al cine era algo demoníaco. 2 horas de sus vidas que les podía costar ir al infierno por toda la eternidad. 

Eso es parte de lo que cuenta Rivera Letelier en su nuevo libro, Del diario de vida que nunca escribí, y que acaba de llegar a los escaparates vía Alfaguara. Es la primera parte de las memorias que el notable autor chileno ha comenzado a escribir. Este primer volumen está dedicado a la infancia, luego vendrá el de la juventud y adultez, y finalizará con el de la vejez.

En Del diario de vida que nunca escribí, cuenta lo que les decía su madre a sus amigos cuando iban a buscarlo para ir al cine. “Las películas son los sueños de Satanás, el diablo’”. Y ello no era todo. “En casa la palabra del Evangelio era ley inapelable, y mis padres la practicaban con una consagración a prueba de tormentos: mis hermanas, por ejemplo, no podían pintarse los labios, ni arreglarse las uñas, ni colorearse las mejillas, menos colorearse las mejillas, menos hacerse la permanente, que era la moda de aquellos días (‘vanidad de vanidades, todo es vanidad, dice el Predicador’). Ningún miembro de la familia podía ir al biógrafo, ni aunque exhibieran una película sobre la vida de Cristo. Mover el cuerpo en un baile para la iglesia era de lo más abominable”.

Esos primeros años, siendo un muchacho, Rivera Letelier los cuenta como suele hacerlo. Con una dimensión evocativa, aunque sin caer en la cursilería. Con agilidad, con soltura. Poniendo cada palabra donde corresponde. Alguna vez el autor nos comentaba que cada una de sus novelas las revisaba “setenta veces siete” antes de entregarlas a su editorial. Y eso se nota. Rivera Letelier tiene un cariño entrañable por la escritura, por el producto artesanal, algo que a veces sus críticos suelen no valorar. Es que Rivera Letelier se toma en serio eso que él mismo practica y que repite como un salmo. Que un escritor no tiene derecho a aburrir al lector.

Al leerlo, pareciera que Rivera Letelier es aquel viejo en el barrio que feliz te cuenta anécdotas de su vida, que cuando te lo topas en la fila del pan y le preguntas cómo está termina contándote cómo fue su primera vez yendo al cine, a contrapelo de su familia evangélica. Hoy, como nos comentó en una entrevista, ya tiene otra relación con la fe protestante. “Yo me descarrilé por completo, tengo una hermana que aún persiste, es evangélica, pero yo me descarrilé joven”, nos responde. ¿Influyó el credo evangélico en que decidiera ser escritor?, considerando la fuerza que tiene el formato libro y las lecturas en el cristianismo, Rivera Letelier nos señala: “Todo eso, la lectura de la Biblia y lo demás, influyó en mi estilo, en mi modo de contar. Pero no es que uno decida ser escritor, eso va más allá. Yo no puedo despertar un día y decir yo seré escritor, eso se tiene en el ADN, es como una sensibilidad especial, y cuando se descubre tenis que cultivarla mucho, si no se cultiva, se pierde esa sensibilidad, ese talento o don que le llaman. Se va por los dedos como el agua si no lo trabajai”.

Y repitamos todos. En este volumen sobre su infancia, Rivera Letelier nos abre la puerta hacia una intimidad que pocas veces los escritores se atreven a mostrar. Y nada nos habrá de faltar. Como por ejemplo, y en uno de los momentos notables del libro, cuando narra su Viva Chile. Sí. Su primera vez. Su debut. Su estreno. Llámenlo como quieran. A los 9 años. ¿9 años? Sí. Es que eran otros tiempos, muchachos. ¿Qué más se puede hacer en la inmensidad del desierto?

“Aunque no fue nada trascendente, sí me jacto que fue con la niña más linda de la corrida. La única rubia”. Y tras una serie de sucesos en que se juntaron un sol quemante, una vivienda de calamina que amplificaba el calor, baldazos de agua, una chica de 13 años que opta por no cambiarse de ropa en su casa, ella terminó por decirle algo que le sonó como un susurro: “¿Sabís culear, Condorito?”.

A todo esto, ¿por qué le decían Condorito? No porque tuviera un collar de plumas en el cuello, o tuviese un amigo pálido como Huevoduro, o tuviese un rival como Pepe Cortisona. No. Él mismo nos comentó: “Yo pensaba que me decían Condorito por mi modo de andar, como sacando pecho, pero después me enteré que se debía a que cuando chico tenía una polera con el mono estampado. Eso es lo más factible”.

En esa intimidad, Rivera Letelier nos muestra cómo era la casa donde habitaba, que en rigor era una barraca, comparada con otras que sí se llamaban casa a toda regla. A sus 73 años, ya no tiene vergüenza de ello. “En el barracón que teníamos por casa no había baños ni agua potable. Para abastecernos de agua teníamos que ir al grifo de la esquina, la traíamos en balde y la juntábamos en un barril de aceitunas. De modo que cuando mi padre llegaba por la tarde de las calicheras, entierrado de pies a cabeza y los ojos aguados de cansancio, tenía que bañarse por presas. Mi madre le servía las onces: un jarro de té y un pan con mortadela. A veces, como gran cosa, le preparaba un huevo frito”.

También vemos que el infante Rivera Letelier ya era un niño con aspiraciones literarias. Comenta cómo ganó un certamen de composiciones en el colegio y tuvo que leer la suya sobre las Fiestas Patrias, también cómo compuso un poema después de haber pasado 25 días como lavaplatos en una mina (ahí, dice, terminó su infancia) y cómo una composición que hizo sobre su madre lo hizo llorar a mares.

Es que Rivera Letelier quedó huérfano de madre cuando la familia emigró a Antofagasta. Al llegar a la ciudad, se ubicaron en una casa cedida por un pastor evangélico, vecina a la iglesia, el problema es que estaba hecha de paredes de cemento sin enlucir. “Las grietas y hoyos en las paredes sin enlucir eran un criadero de arañas. Y fue ahí, a los quince días de haber llegado a Antofagasta, que por la mordida de una araña maldita, en esa casa cien veces maldita, murió mi madre”.

Acá termina el salmo. Y lo dejamos en el momento en que pasó de niño a joven. Cuando lavaba platos y aprendió a ser catador de sobras. “Por supuesto que al principio solo elegía las de postres, luego comencé a manducarme cualquier sobrado que se viera apetitoso, me lo zampaba sin dejar de cantar, o de llorar”.

Del diario de vida que nunca escribí

Del diario de vida que nunca escribí. Hernán Rivera Letelier. 2024, Alfaguara. 136 páginas. Dónde comprar

Por Pablo Retamal Navarro

Periodista. Ha publicado en medios como Culto, The Clinic y Revista Santiago. En 2017 fue cofundador del extinto sitio Yakaranda Magazine. Es autor de Historia íntima de Chile.

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