Que Alice Munro titulara su último volumen de cuentos Mi vida querida no podría haber sido una sorpresa para sus devotos lectores. Incluso en las historias más despiadadas de los 14 volúmenes que ha publicado desde 1968, parece abrazar constantemente la energía de la misma vida. El miedo y el dolor existen, pero siempre hay algo más allá de los peores acontecimientos: si no la redención o los tiempos mejores, al menos la comprensión o el esbozo de un sentido. Para mí, esta parece ser la búsqueda de una escritora que es ante todo una persona curiosa, ante todo una investigadora.
Munro dijo una vez sobre sus ambiciones: “Lo que yo quería era hasta el último detalle, cada capa de discurso y pensamiento, cada golpe de luz sobre la corteza o las paredes, cada olor, bache, dolor, grieta, engaño, y que se mantuvieran fijos y unidos, radiantes, duraderos”. Cuando leemos su obra, debemos sorprendernos por esa precisión, por la forma en que su intención de centrarse en lo particular termina iluminando lo general. Munro es la única autora cuyos escritos me resultan tan vívidos que en ocasiones he confundido incidentes de sus historias con recuerdos de mi propio pasado.
Ahora Munro se retira. Tiene 82 años, su marido murió en abril. Ella está deseando hacer algo más sociable y menos agotador que escribir. Por supuesto, no quiero perder mi acceso, como lectora, a su mirada sobre el mundo, pero creo que es una elección sabia y reveladora. Por un lado, en las últimas cuatro historias de Mi vida querida, ha vuelto a visitar material antiguo, lo ha vuelto a pensar en los términos más sabios y tolerantes que esperaríamos de alguien que ha pasado la mayor parte de su vida adulta madurando ante el ojo público. También ella ha reconocido, tal vez, que toda carrera tiene un arco y un final natural.
No muchos escritores exitosos han llegado a los 80 años: el siempre maduro Henry James tenía 72 años cuando murió, Tolstói 71 cuando publicó su última novela. Edith Wharton estaba trabajando en su última novela cuando murió a los 75 años. La vista desde Castle Rock, que Munro publicó cuando tenía 75 años, fue un punto de partida grandioso e intrigante, tanto geográfica como temáticamente y, entre sus libros, uno de mis favoritos.
Pero ahora debemos dejarla libre de culpa. Gracias, Alice Munro, por una brillante joya de cuento, una tras otra. Gracias por los muchos días y noches que pasé perdida en tu obra. Gracias por tu perspectiva femenina y desenfadada sobre las vidas de las mujeres, pero también sobre las vidas de los hombres. Gracias por tu crueldad, así como por tu bondad, porque la una más la otra es la esencia de la veracidad.
Artículo publicado en The Guardian 05.07.2013. Se traduce con autorización de su autora. Traducción de Patricio Tapia.
