En 1985, tras el rechazo de diecisiete editoriales neoyorquinas, el pequeño sello Sun and Moon Press publicó el manuscrito de Ciudad de cristal, la primera parte de La trilogía de Nueva York. Paul Auster tenía treinta y ocho años y arrancaba, por así decirlo, su carrera literaria.
Una década más tarde, el propio autor estadounidense recordaría esos años previos en su libro A salto de mata. Crónica de un fracaso precoz. Estudió en la Universidad de Columbia a finales de los sesenta, y luego trabajó durante meses en un barco petrolero antes de mudarse a París, donde hizo sus primeras armas como traductor. Con su primera esposa, la escritora Lydia Davis, echó a andar una pequeña revista, Little Hand, y apareció un primer volumen de traducciones de su autoría.
1982 sería un año fundamental para Auster: publicó su primer libro de prosa, La invención de la soledad, uno de sus registros más aplaudidos por lectores y críticos, especie de memorias sobre la paternidad que empezó a escribir tras la muerte del padre. Allí anota, por ejemplo, sobre su progenitor: “Cuando a un hombre la vida le resulta tolerable sólo si permanece en la superficie de sí mismo, es natural que se sienta obteniendo esa misma superficie de los demás”.

“Ese libro es el cimiento de toda mi obra”, le confesó Auster dos décadas más tarde al crítico literario Michael Wood, quien lo visitó en un par de ocasiones para hablar largo y tendido, al estilo de las entrevistas en profundidad de The Paris Review, ahora en su casa de Brooklyn. Precisamente, donde Auster vivió hasta su reciente muerte acompañado por la escritora Siri Hustvedt, su última esposa.
“Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras”. En aquel epígrafe de Heráclito Auster cifra el motor que echó a andar La invención de la soledad. “Al final, escribir es lo mismo. Puede que La invención de la soledad no sea una novela, pero creo que explora muchas de las cuestiones que he abordado luego en mi narrativa”.
Dice Auster —desde el segundo volumen de The Paris Review. Entrevistas (1953-2012), una edición en estuche cartoné de Acantilado— que siempre escribió a mano. Normalmente con pluma, pero también a lápiz, sobre todo para hacer correcciones. Los computadores y sus teclados siempre lo intimidaron, asegura: “Nunca he sido capaz de pensar con claridad con los dedos en esa posición”.
“Una pluma es un instrumento mucho más primitivo. Es como si las palabras salieran de tu propio cuerpo y las fueras grabando en el papel (…) Y un cuaderno es un hogar para las palabras, un lugar secreto para las ideas y la introspección”.
Los años de formación
Pero antes de habitar el refugio de la escritura, el pequeño Paul Auster era un jugador de equipos. Cuando era un niño estadounidense quiso ser beisbolista, pero todo fue apuntando a que el hombre tras 4 3 2 1 y Ciudad de cristal (dos de sus obras que mencionan el tema del deporte) encontrase su lugar en la literatura.
Una transición extraña, si se quiere, pero no para el escritor: “Al béisbol solo jugaba en primavera y verano. Leer, sin embargo, era algo que hacía a lo largo de todo el año”.
Tras un extenso repaso por sus lecturas e influencias escolares, los habituales Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Dos Passos y Salinger, pero además Poe, Melville, Whitman, Emerson, Thoreau y por supuesto Hawthorne (“En Estados Unidos no se había visto nada similar. Hemingway dijo que la literatura estadounidense empieza con Huckleberry Finn, pero no estoy de acuerdo: empieza con La letra escarlata”); Auster le confiesa a Wood su admiración por la literatura europea, y algunos de sus autores de cabecera: Tolstói, Dostoievski, Turguéniev, Camus, Gide y fundamentalmente Joyce.
La introspección esencial
En lo medular de la entrevista, junto con extenderse sobre algunos de sus libros más conocidos, Auster habla largo sobre sus procesos creativos. Dice que todas las novelas que escribió han empezado con “un rumor en su cabeza, cierto tipo de música o ritmo”, un tono. “Para mí, gran parte del esfuerzo que supone escribir una novela consiste en tratar de permanecer fiel a ese rumor, ese ritmo”.
Cuenta que escribía sin saltos temporales, lo que quiere decir que arrancaba sus libros con la primera frase y continuaba escribiendo, párrafo a párrafo, hasta el final, siempre de manera lineal. “El verso es la unidad de un poema. En la prosa, esa función la desempeña el párrafo, al menos para mí. No dejo de darle vueltas a un párrafo hasta que estoy razonablemente satisfecho con el resultado, escribo y reescribo hasta que tiene la forma, la música y el equilibrio adecuados, hasta que resulta transparente, como si no hubiera costado ningún esfuerzo, como si no fuera algo que se ha escrito”.
Como dato, desde que se casaron en 1982, Siri Hustvedt fue siempre su primera lectora y comentarista. “No recuerdo un solo caso en que no haya seguido su consejo”, dice Auster en la entrevista con The Paris Review. “Cuando estoy escribiendo una novela, le voy leyendo fragmentos una vez al mes más o menos, cada vez que tengo veinte o treinta páginas nuevas. Leer en voz alta me ayuda a objetivar el libro, me permite detectar de forma auditiva los errores o las partes en las que no he conseguido expresar exactamente lo que quería decir. Luego, Siri hace sus comentarios. Lleva veintidós años haciéndolo, y lo que dice es siempre llamativamente perspicaz”.
“Al contrario de lo que muchos creen, la novela está en muy buena forma actualmente, tiene más vitalidad y vigor que nunca. Es un género inagotable, y por mucho que digan los pesimistas, nunca va a morir”, augura Auster, consultado hace dos décadas por el estado actual de la novela. “Porque la novela es el único lugar del mundo en el que dos extraños se pueden reunir en condiciones de absoluta intimidad. El lector y el escritor hacen el libro juntos. Ninguna otra forma de expresión artística es capaz de captar la introspección esencial del ser humano como lo hace la novela”.


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