In memoriam: Paul Auster (1947-2024)

Ha muerto Paul Auster de cáncer de pulmón, a pocos meses de publicar Baumgartner, acaso su testamento literario en donde repasa cinco décadas de escritura. Se propone en este texto una semblanza del autor de Ciudad de Cristal y Trilogía de Nueva York.

Uno. Todos los martes y jueves a las 7:20 de la mañana y después de dejar a los grandes en su colegio, tomo la Costanera Norte hasta llegar a La Dehesa para doblar a la derecha y encaminarme a hacer clases a la UDD. Siempre cuando voy llegando a ese final de autopista veo sobre el Cerro 18 la efigie de la Virgen y pienso que alguien algún día la va a dinamitar. Esa idea no viene de un anarquismo o un anticlericalismo que yo no haya revelado, viene de Paul Auster que en su novela Leviatán, la quinta obra de él que leí, hace que uno de sus protagonistas dinamite réplicas de la Estatua de la Libertad a lo largo de los Estados Unidos, tal como yo veo en esa efigie de Lo Barnechea una de las “réplicas” de la Virgen del Cerro San Cristóbal; nuestra propia Estatua de la Libertad.

Dos. Un hombre recibe una llamada telefónica consultando por el detective Paul Auster. Por supuesto se trata de una llamada a un número equivocado; quien contesta es Daniel Quinn y esa llamada precipita una serie de acontecimientos de novela policial que culminará de la manera más sorpresiva posible; cuando no se resuelve el acertijo, ni a la usanza de los detectives racionalistas como Sherlock Holmes o Hércules Poirot, ni a la manera de los detectives rudos, alcohólicos y divorciados de la Novela Negra. En Ciudad de Cristal —la segunda obra de Paul Auster que leí—, Daniel Quinn entrará al cierre de la obra en una desorientación tal, que ningún nudo se amarrará y, lo más importante, se habrá clausurado para siempre la solución del siglo XX de la novela; la epifanía.

Tres. Fue mi querida amiga Natalia García la que me habló por primera vez de Paul Auster, en el invierno de 1996, cuando ella preparaba su tesis de grado en Literatura en la Chile. Ella quería hacerla sobre Mr. Vértigo —novela de Paul Auster que nunca leí—. Natalia estaba a la vez convencida de que aquella obra se dividía en dos partes de acuerdo con su lenguaje o discurso: una primera parte en que el discurso era ascendente y una segunda parte en que el discurso se precipitaba en una caída, tal como la caída del protagonista del libro que analogizaba con la caída de Ícaro. A Natalia le encantaban ciertos autores anglosajones por esos días, como David Leavitt o Ian McEwan. Yo no podía seguirla en esos pasos ni a su tranco; todavía estaba pegado con las lecturas de la U, que eran mucho menos (posmodernas).

Cuatro. Fue mi querida amiga Carolina Bertolone la que prestó Ciudad de Cristal —en la edición Compactos de Anagrama— en la primavera de 1999, cuando trabajábamos juntos en la Vicaría de la Esperanza Joven. Yo me llevé esa copia a la casa del cité en que vivíamos con Pablo Guzmán en Condell 1397 y se la pasé a Pablo. Pablo la leyó y, como cuento en mi micronovela Condell de 2013: “La mejor parte de todas eran los libros. Teníamos cientos entre los dos, apilados por todos lados, guardados en los cajones, traídos desde la calle. Cuando uno estaba leyendo algo que lo dejaba pa’ dentro se iba a la pieza del otro y le leía. Recuerdo dos episodios memorables: la lectura de Ciudad de Cristal, que Pablo me leyó con detención en la parte en que el personaje principal sigue al otro y hace unas letras en la calle”.

Cinco. La primera obra que leí de Paul Auster fue El Libro Rojo en el verano de 1999, cuando por fin cedí al posmodernismo lector de la Natalia García y le dije, “ya, pásame uno de sus libros”. Ahí leí que un hombre recibe una llamada telefónica consultando por el detective Daniel Quinn. Por supuesto se trata de una llamada a un número equivocado; quien contesta es Paul Auster, que luego de ese episodio de su vida narrado como autoficción, se inspiraría para escribir luego Ciudad de Cristal, invirtiendo al autor y al detective, en un juego de espejos que siempre le sería tan querido y que es una de las claves para descifrar su obra. Porque la esencia del posmodernismo de Auster es que no hay ni personajes ni autores y que toda la vida no es más que coincidencia y azar.

Seis. Fue una noche del otoño del año 2000 que me encontré en el videoclub de mi barrio —en la esquina suroriente de El Bosque al llegar a Carmen Silva— con mi querido amigo Ignacio Rojas y su polola de aquel entonces cuyo nombre he olvidado. Ella era muy posmodernista (se notaba en todo: su manera de vestirse, la forma en que hablaba, su lenguaje no verbal) y, en ese mismo entendido le consultó al dueño del local que le dijera si tenía la película Smoke, de la cual yo nada sabía. Muchos años más tarde —cerca de un lustro— mi hermano, que se había hecho fanático de Paul Auster luego de que con Pablo le pasáramos Ciudad de Cristal en 1999, y luego de leerse la obra completa hasta ese entonces del brooklyniano, me mostró Smoke-Blue in the Face, las primeras cintas de Auster que vi.

Siete. Todos los años cuando hago clases de escritura para los mechones de diversas universidades, lo primero que les doy a leer es “¿Por qué escribo?” de Paul Auster —cuento del que ya no recuerdo en qué orden de mis lecturas del autor sucedió—. Este pequeño texto trata de cuando él era chico e iba a ver al equipo de béisbol los Gigantes de Nueva York al viejo estadio Polo Grounds con sus padres y le trata de pedir un autógrafo al jugador Willie Mays, el incandescente chico “Say-Hey Kid”, quien al darse cuenta de que el pequeño Paul no lleva consigo un bolígrafo, le contesta: “Lo siento, chico. Si no tienes lápiz, no puedo darte un autógrafo”. Lo que hace que el Paul de grande declare: “Después de esa noche, empecé a llevar un lápiz a cualquier parte que iba. Se me hizo un hábito no salir nunca de casa sin asegurarme de llevar un lápiz en el bolsillo. No es que tuviera algún plan en especial para ese lápiz, pero no quería estar desprevenido. Una vez me habían sorprendido con las manos vacías, y no iba a dejar que pasara de nuevo. En todo caso, los años me enseñaron esto: si llevas un lápiz en el bolsillo, hay una buena posibilidad de que un día te sientas tentado a empezar a usarlo. Como me gusta decirles a mis hijos, así es como me convertí en escritor”.

Cada vez que les leo este microcuento en voz alta a las y los mechones que están en sus primerísimos días de clases en la universidad, me pongo a llorar desconsoladamente; y luego les pido que escriban por qué escriben ellos mismos, a la luz de la genialidad emocional de Auster.

Final. Paul Auster fue muchas cosas, entre ellas, el primer autor que se hizo conocido en Chile vía los Compactos de Anagrama, y que asimismo hizo conocida a la propia Editorial Anagrama, al punto que en algún momento de los 2000 se hablaba del “anagramismo”. Fue también uno de los inventores de la autoficción posmoderna, en que tanto la realidad narrativa como la escritura autoral estallaban en pedazos, lo que gravitó sobre autores tan lejanos en el espacio del mundo como Emmanuel Carrère o Karl Ove Knausgård. Fue también la inspiración de muchos autores posteriores, en particular porque como ellos mismos, él había iniciado su trayectoria como escritor tras un paso por la Escuela de Literatura. Pienso aquí en mi querido amigo Alejandro Zambra —que también inició su historia como narrador dentro del anagramismo con Bonsái— y que explícitamente menciona a Auster como influencia en Formas de Volver a Casa; y también pienso en mi querido amigo Álvaro Bisama, a quien una mañana del otoño del año pasado, 2023, le dije: “Estás siguiendo los pasos de Paul Auster, él también se inició como narrador y terminó escribiendo de un autor del pasado como Stephen Crane [La Llama Inmortal, la última obra que leí de Paul Auster], como tú escribes de de Rokha o de Droguett”. Fue uno de esos autores de la prensa, trayendo a ella una manera diagonal de pensar, como en su cuento de Navidad, donde una persona se mete a robar a una casa, y una anciana ciega le cambia la vida, o como cuando en un ensayo para un Mundial de Fútbol dice que el fútbol es una metáfora de la guerra. Fue, en fin, el inicio nuevamente de todo.




One response to “In memoriam: Paul Auster (1947-2024)”

  1. […] en profundidad de The Paris Review, ahora en su casa de Brooklyn. Precisamente, donde Auster vivió hasta su reciente muerte acompañado por la escritora Siri Hustvedt, su última […]

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