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La fiesta inolvidable de Andrés Montero

En El año que hablamos con el mar el autor se embarca nuevamente en el rescate de las narraciones orales, un tema que viene trabajando con tesón, desde sus libros anteriores, Tony Ninguno y La muerte viene estilando.

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Hay novelas que ponen en estado de alerta. Algunas hechizan hasta modificar la conducta. Me pasó mientras leía El año que hablamos con el mar, de Andrés Montero (La Pollera Ediciones). Estando acompañada me surgía la repentina necesidad de buscar cualquier cosa que contar, de llenar los vacíos con algún tema, de persuadir para que me narrasen lo que fuere incluso promoviendo un cahuín de la peor calaña, porque los silencios largos me empezaron a preocupar. Y me fijé que haciendo el mejor esfuerzo, a veces no era como para extenderse a más de un par de minutos o no alcanzaba la consistencia de un peso mínimo para una conversación razonable. En resumen, se daba con más naturalidad la vuelta al silencio del teléfono con los propios asuntos o aplicaciones, o el reojo de la tele prendida, es decir todo lo que nos acusa socialmente de flojera mental. De ahí el consiguiente trabajo “moral” de empezar a estar más atenta a las historias, noticias o a los comentarios más nimios, para intentar una posterior reproducción que mejorase la dinámica social. Pero como les sucede a los personajes de la novela, me recorría la sensación fantasmática de no estar sacando todo el provecho a lo contado, de pasar por alto detalles importantes o simplemente de no estar eligiendo bien los elementos, los tiempos y de aburrir.

En este precioso volumen ilustrado en la portada con un colorido cuadro de Cristián Elizalde, Andrés Montero (1990) se embarca nuevamente con acierto en rescatar las narraciones orales, las que pasan por generaciones, vinculan y conforman la identidad. Un tema que viene trabajando con tesón —seriedad que parece un compromiso con un propósito vital— desde el inicio de su premiada carrera literaria que comenzó con Tony Ninguno, novela con la que obtuvo el Premio Iberoamericano Elena Poniatowska, en 2017, y siguió con el éxito de La muerte viene estilando (Premio Críticos de Arte y el Premio Municipal de Santiago).

Esta última entrega es el relato de dos hermanos mellizos, Julián y Joaquín Garcés nacidos en una isla sin nombre ni ubicación. Mientras uno se quedó rumiando las viejas historias empeñado en no salir de la isla, el otro se fue en bote a buscar aventuras para volver medio siglo más tarde, en una avioneta, sin vuelo de vuelta, en medio de una pandemia mundial, en el momento en que su carrera como periodista —es autodidacta como Montero— está casi acabada (la parte más realista: ya nadie paga por leer buenas historias).

Resulta bien pensada la propuesta de que sean los isleños, como voz unificada, los narradores porque además funcionan como un coro griego, una fuerza moral que alienta a los hermanos a limar sus diferencias contándose el drama de su separación. Ninguno de los dos sabe qué fue del otro, pero se tienen rencor. Este relato, con lo que se dice y lo que no, da cohesión a los habitantes de la isla y de ahí que reclamen por él con justa razón. Así, los atentos isleños representan la ilusión de un cambio que no es un avance sino la vuelta a un tiempo arcaico en que los momentos se hacían de escuchar cuentos, sin importar la clase —nadie espera que sean edificantes—, cosa que estos hermanos saben hacer quién de los dos mejor.

En la novela, que fusiona lo real con lo fantástico y lo mítico, concurren elementos poéticos como un hotel sin turistas, una campana hundida desde la época de la conquista y sobre todo la misteriosa taberna en un barco encallado que llegó con un tsunami. En ella se reúnen los isleños a contarse la vida, sacando a la luz secretos, dando un espacio a la murmuración o al olvido y cada cierto tiempo reflotan el mito de la fundación de la isla por medio de la guerra eterna entre dos culebras, que en cierto modo, como cualquier mito, les calma la ansiedad y el miedo. En el mismo sentido la bodega de la taberna hace que se sientan dentro del mar. 

Hay un terreno de Montero que viene de investigar, de escuchar y del trabajo de campo, pero también hay otro que explota con mucho talento y es el oficio de una escritura racional, minuciosa, nada casual. Así intercala con las voces a las que da vida algunas interesantes teorías como “el orden de la fiesta” bastante cómica pero no menos plausible donde uno de los personajes intenta comprender por qué con los mismos elementos, una fiesta puede ser un éxito rotundo o terminar en bostezos: es el orden en que se dan cosas lo que determina el final. Y en las fiestas que resultan, después de jugar, bailar y reír, viene el momento en que frente a las brasas se comienza a filosofar sobre la vida, se cuentan cosas y se estrechan los lazos. Si el origen de esta historia es un pacto con el diablo del padre de los mellizos, lo que cierra sus mejores momentos son lo divino de estos encuentros que unen las almas. Así de ordenadito, todo en esta novela es circular.  

El autor sabe contar historias, lo aprendió de forma autodidacta, siguiendo el ejemplo de su padre y su abuelo, porque no le acomodaron los estudios universitarios de literatura. Para él se palpa mejor en vivo, como relata en algunas entrevistas, y bien se corrobora en esta obra, en su dotada capacidad para generar momentos intensos, manejar los tiempos, construir ambientes y elegir los conflictos. Pero lo que más sorprende de lo anterior: la destreza con que todo eso fluye.

El año en que hablamos con el mar. Andrés Montero. 2024, La Pollera Ediciones. 223 páginas. Dónde comprar

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