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Una extraña felicidad

“Cuando cumplí cuarenta pasaron muchas cosas. Estas son algunas”, advierte Gonzalo Maier al comienzo de su nuevo libro, y ya luego viene la vida, el tono, “lo que le ha importado siempre a Maier, buscar la manera de darle elegancia a eso que podríamos denominar como sacar la vuelta, irse por las ramas”.

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Que el epígrafe sea una frase de Nanni Moretti ya nos exige ponernos en guardia, o más bien bajar la guardia y entregarnos a lo que va a ocurrir: casi 160 páginas en que la voz de un iniciático cuarentón nos guiará por las vicisitudes de la vida, su vida: un hombre que acaba de ser padre, que vive en Santiago de Chile junto a su pareja y su gato, y que lidia con la cotidianidad como si fuera el mismísimo Giacomo Casanova —perdido en Providencia, claro— o Michel de Montaigne, santo patrono de este libro —y de casi todos los libros de Gonzalo Maier (1981)—, convocados ambos, por supuesto, a este gabinete de curiosidades junto a Cyrill Connolly, Iris Murdoch, Alenka Zupančič, Luis Ignacio Helguera, Charles Simic, Luis Chaves, Natalia Ginzburg y un comedido pero sustancioso etcétera.

“Cuando cumplí cuarenta pasaron muchas cosas. Estas son algunas”, advierte Maier al comienzo del libro y ya luego viene la vida, o la mitad de la vida —Dante de por medio— contenida en estos textos breves que empiezan siempre con esa frase —“Cuando cumplí cuarenta…”— para luego dar rienda suelta a la memoria y a la imaginación, una fiesta de lo infraordinario en el ojo de un narrador tan querible como único en su sintaxis y en sus constantes devaneos: padre primerizo, se pierde en medio de visitas a doctores o peluquerías, mientras se compra una casa, lanza teorías imposibles que podrían leerse como un manual de supervivencia —o unas instrucciones para vivir en Santiago de Chile, a la manera de las instrucciones de Ibargüengoitia— y desentraña el misterioso arte de vivir en pareja y convertirse de una buena vez en adulto, sin perder el sentido del humor, sin dejarse avasallar por la vida misma —y su incansable gravedad. 

Lo que le ha importado siempre a Maier es el tono, buscar la manera de darle elegancia a eso que podríamos denominar como sacar la vuelta, irse por las ramas, quitarle el bulto a las cosas. Hay un camino ahí, parece decir Maier, una poética también: rodear los géneros principales y tantear en la rareza, en las crónicas y los ensayos, buscar nuevas formas en las cartas y los apuntes, en los informes de lecturas y en la poesía, cómo no. Buscar nuevas formas estéticas en esos géneros raros, pues la vida se ha vuelto rara, imposible, vertiginosa, y la literatura, demasiado programática.

Entonces, parece decir Maier, ante tanto libro escrito con Excel o con ChatGPT, y ante tanta solemnidad, por aquí puede haber un camino, en estas formas breves, en esta aproximación a lo autobiográfico desde la distancia precisa para no darle chances al peligroso ensimismamiento del yo —el yo privado y el yo público y el yo generacional— y permitir que entre aire en la habitación, y luz, muchísima luz. Y ya luego ver qué aparece en el camino, qué se encontrarán los lectores por estos senderos que se bifurcan, llenos de imágenes hermosas y memorables, divertidas e íntimas —y que producen en el lector una extraña felicidad, el esbozo de la misma sonrisa que nos surge tras ver una película de Nanni Moretti o de Kaurismäki, o tras leer alguna página escrita por Jonas Mekas, Leanne Shapton o Laura Wittner.

Una felicidad que muchas veces deriva en asombro, como en ese breve capítulo —con el que voy a terminar esta reseña— en que se recuerda un video de una casa siendo devorada por el mar, en Rodanthe, Estados Unidos, una casa señorial arrastrada por las olas, siendo filmada por una cámara de un celular, y que Maier lo define como la imagen perfecta para explicar a sus alumnos, en la universidad, qué es lo sublime: “‘Esta es la fuerza de la naturaleza, su belleza omnipotente’, me dije después de ver el video por decimoquinta vez. Explicar en clases lo sublime, una idea tan querida para el romanticismo, siempre ha sido difícil y, a ratos, inútil. Ese video era tres o cuatro veces más eficiente que cualquier definición de Kant: la naturaleza barría con la civilización sin problemas y de un paraguazo hermoso”. 

Y, entonces, de pensar en lo sublime termina por llegar al fin del mundo: “….durante el resto de la tarde no me pude quitar de la cabeza una idea intrusa: ni los juguetes de Silicon Valley ni los autitos de la NASA que corren en las planicies de Marte ni la historia de la humanidad con todas sus glorias podrán contra esa fuerza del mar que hace lo que se le viene la gana. ‘En una de esas —me dije—, la crisis climática y las tormentas que amenazan con llevárselo todo traerán de vuelta a los poetas y a los pintores románticos’. Y el fin del mundo, curiosamente, se parecerá más a uno de esos cuadros de Caspar David Friedrich, llenos de ruinas tristes y hermosas, que a una película apocalíptica con Tom Hanks y un robot sin mucha gracia”. 

De la felicidad a lo sublime y de lo sublime a imaginar un fin del mundo muy distinto a como nos han convencido que será. Es en esa leve ocurrencia, creo, donde se puede rastrear la poética de una obra como la de Maier: escurridiza, luminosa, original.

Cuando cumplí cuarenta

Ficha: Cuando cumplí cuarenta. Gonzalo Maier. 2024, Editorial Minúscula. 160 páginas. Dónde comprar

Por Diego Zúñiga

Escritor, editor y periodista. Su última novela es Tierra de campeones (Random House, 2023).

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