En un principio estuve convencida de que el esfuerzo que le dedicara a la lectura era más provechoso en una novela antes que en un cuento, porque la ficción requiere un acto de confianza inicial, como cambiarse de barrio, trabajo o colegio. La partida es familiarizarse con los personajes, sus circunstancias, su entorno, que es lo más complicado de asimilar y requiere de un tiempo mayor —de una fijación— distinto al ritmo más acelerado de las páginas siguientes cuando ya se los conoce. En los cuentos, ¿a cuántos actos de confianza nos debemos por hora? Para que las sinapsis más duras cedan al placer de conocer el clímax y el desenlace: momentos acelerados de pura emoción y dopamina. Leer ficción no es tan fácil. Si bien intelectualmente es el trabajo menos sacrificado.
Pero con el tiempo, sospeché de las novelas largas, cuánto es de verdad y cuánto es relleno, cuánto es la necesidad real de contar y cuánto puro ego. Ese provecho que sacaba a la lectura de novelas, se empezó a revelar como un tiempo escaso para conocer más visiones, me privaba de los beneficios de la alternancia, casi como una política. Las novelas de más de trescientas páginas que no fuesen un clásico, provinieran de algún autor favorito, muy recomendadas, o me engancharan, empezaron a estar fuera de mis capacidades; simplemente ganaba el tedio y las soltaba sin más por el hecho de sentirme perdiendo el tiempo, perdiéndome de algo. De pura frustración me deshacía de ellas como fuera. ¿Me perderé de mucho leyendo Los destrozos, de Bret Easton Ellis, que tiene casi setecientas páginas?
Con Chéjov, Raymond Carver, Salinger y John Cheever, ese acto de confianza se daba de una sola vez. Pero fue con Manual para las mujeres de la limpieza de Lucia Berlin y luego Objeto del amor de Edna O’Brien, plagados de historias de mujeres que reclaman amor pero simplemente sobreviven, cuando me sorprendí con el impulso de leer cuentos. Por alguna razón fueron ellas y no, por ejemplo, las excelentes Lorrie Moore o Lydia Davis, quienes me convencieron de que ese era un buen camino por ahora. Porque estos devenires son muy azarosos.
Escribo esto a propósito de la última colección de cuentos de Lucia Berlin Una nueva vida: quiero huir de casa. Un libro editado por su hijo Jeff Berlin que además de quince cuentos inéditos en castellano, nos regala con notas al pie, las circunstancias en que fueron escritos, junto con varios artículos de diversos temas y un diario de su viaje a París. Es su cuarto libro publicado en castellano. Antes vinieron los cuentos graciosos y minuciosos de Manual para mujeres de la limpieza, la recopilación de textos autobiográficos Bienvenida a casa, y más cuentos en Una noche en el paraíso. Pero esta nueva compilación nos filtra (más que su genialidad para reducir una vivencia completa a una sola frase chispeante y divertida, como lo hace en Manual…) cómo la autora vivía el proceso de escritura, el modo en que convertía sus experiencias en el decorado de sus ficciones, y cómo manejaba los bloqueos.
En “Diseñar la literatura, un autor como tipógrafo”, Lucia cuenta su participación en el proceso de imprenta de su libro Safe & Sound. Ese aprendizaje dio un giro en su forma de escribir: “Aprendí dónde y cómo se imprime una página. Cómo raspar los lingotes, cepillar y limpiar las matrices y asegurarlas con tirantes de latón y metal en la prensa. Cómo limpiar los rodillos y aplicar la cantidad justa de tinta…”. Esta experiencia formal la traspasó al contenido: “Cada adjetivo de más, cada frase torpe, cada repetición. El sarcasmo y la redundancia se vuelven insoportables cuando literalmente pesan, queman”, como ocurre con las matrices en plomo.
Si al principio era una caprichosa con el corrector cuando añadía o eliminaba una simple coma, al ver el trabajo que implicaba la rectificación comenzó a flexibilizarse al punto que para no dejar una palabra “viuda”, es decir abandonada en una línea, no recomponía las matrices sino que simplemente cambiaba las palabras por unas más largas o añadía adjetivos. “Empecé a desarrollar un respeto profundo por la página en sí”.
En la nota al pie de este texto, su hijo Jeff cuenta que Lucia trabajó en la imprenta dos o tres días por semana durante cinco meses hasta que el libro quedó terminado.
Otra pieza que nos revela el proceso de escritura es “Bloqueada”, un ensayo inédito del 2004, el mismo año en que murió y uno de sus últimos textos: “Ahora mismo odio mi vida. No hay nada que quiera usar como material narrativo, ni siquiera puedo mirar atrás sin dolor”. Y esto para ella era el equivalente a estar en un servicio de urgencia. Probablemente sin la vida vertiginosa que le tocó no tendríamos a la entrañable Berlin, o por lo menos ni la mitad de las sonrisas o momentos de compasión que nos provoca su lectura.
Por algo cada uno de sus libros viene con apuntes sobre su biografía. De hecho este volumen en particular contiene un apartado cronológico más detallado de sus aventuras y avatares. Berlin pasó de un extremo al otro, nació en Alaska y muy pronto se mudó a Santiago de Chile, por el trabajo de su padre en una empresa minera. Aquí vivió colmada de privilegios de clase: colegio inglés, clubes sociales, fiestas y atención, la única vez en su vida que la atenderían —sin contar, por cierto, con su paso por centros de rehabilitación—. Luego sería ella quien se diera a los demás, como madre, mujer de la limpieza, recepcionista, operadora, ayudante de enfermera (todo entre Albuquerque y Nueva York). Tuvo tres matrimonios fallidos, dos de sus maridos eran heroinómanos. Y por su alcoholismo pasó de una vida bastante resuelta como profesora a trabajos que apenas le permitían mantener a sus cuatro hijos. Aunque al final, tras varios tratamientos de rehabilitación de por medio, le ganó la batalla al alcohol. De todo esto, sumado a su inestabilidad emocional, los cuentos fueron lo único que siempre supo mantener, lo que sacó adelante en los momentos más complicados.
Su hijo Jeff nos orienta sobre un bloqueo de la autora en los años noventa, “cansada de darle vueltas a su propia vida”, que salvó con dos cuentos, aquí incluidos, inspirados en Chéjov. No tienen el carácter propio de su narrativa realista, suelta, directa, e ingeniosa en contrastes y por lo mismo auténtica, sin embargo comprenden las flaquezas, los errores y el humor que también la caracterizan. Se trata de “Romance” y “Una nueva vida”, que también es el título del libro.
El primero es la historia del momento de máxima pasión de una pareja que vive en ciudades diferentes. Divorciados y con hijos, se encuentran esporádicamente en un micromundo idealizado de amor, pero hasta el patetismo. El segundo tiene una estructura más rígida, no obstante nos volvemos a encontrar con su humor negro aunque más templado y con ella como protagonista, a sus sesenta años, con una vida demasiado tranquila: “No es que no haya problemas… En realidad no los hay, más allá del hecho de que no soy esencial. Llevo el título de madre, abuela, empleada pero en realidad nadie me necesita”. Los modos de un manual para suicidarse no la convencen, pero una herencia inesperada es la oportunidad de forjarse una nueva personalidad y una vida opuesta.
Jeff nos explica en la nota al pie: “Es todo inventado salvo el personaje principal y su dilema, que están muy cerca de la vida de la propia Lucia en aquella época. Se sentía fracasada como esposa y como madre, y tantos años escribiendo le habían dado pocas recompensas”, como escribe en el cuento: “No puedo culpar a nadie más que a mí misma de haber sido una madre espantosa, un desastre total”.
Pequeños destellos de su vida son el palpitante material narrativo del cuento “Del gozo al pozo”, con su adorable personaje Ceferino, el chofer de su hermana moribunda en México, una especie de Sancho Panza, por su porte mínimo y por su tendencia a echar mano de cualquier dicho, que la acompaña en sus diligencias y aventuras por la ciudad: “¡Qué gozo!” se complace la protagonista tras visitar el Museo Antropológico, “Sí, doña Claudia, pero ¡del gozo al pozo!”.
En “El foso”, un complemento al cuento “El paso” que está en Manual…, el foso es el lugar donde los pacientes se reúnen a ver televisión, donde Carlotta, llamada igualmente en ambos cuentos, quiere desesperadamente encajar. Aquí Berlin es brillante para hablar del miedo que vivía en sus crisis alcohólicas: “El delirium tremens, las alucinaciones son una bendición porque dan cara, dan forma a esos miedos que resultan insoportables porque no se materializan. Cuando un adicto habla del dolor de la abstinencia se refiere a una agonía física potenciada por un terror implacable. Como si ves venir un todo terreno directo hacia tu coche, pero nunca se choca. Las voces no cesan, las luces no se apagan, la cuchilla no cae. La muerte se resiste”.
No es un volumen para iniciarse en este gigante literario que es Lucia Berlin (hay que partir por Manual para mujeres de la limpieza con el prólogo de Lydia Davis) ya que no todos los cuentos aquí reunidos tienen la intensidad del ritmo de la autora, la orquesta completa, su abanico. Pero no dejan de interesar y emocionar, cargados en la misma proporción de felicidad y de miseria. Y con los ensayos, el diario de París y los aportes de su hijo Jeff, nos proporciona las claves para entender su vigor creativo. Por eso el libro es un acontecimiento igual. Y hay un detalle, uno de sus cuentos, “Centralita”, está aquí y no en Manual…, sin embargo es comentado en el prólogo de ese volumen por Davis. Lo usa como un ejemplo de las brillantes maneras de Berlin de concretar ingeniosamente la caracterización: “La jefa de las telefonistas de la centralita dice que sabe cuándo se acerca el fin de la jornada por el comportamiento de Thelma: ‘Se te tuerce la peluca y empiezas a decir tonterías’”.
Ficha: Una nueva vida: quiero huir de casa. Lucia Berlin. 2023, Alfaguara. 336 páginas. Dónde comprar
