Empieza con las seis notas de sintetizador que prácticamente sostienen al animal durante los 15 minutos y 41 segundos que dura la canción. Esa línea tocada por Herbie Hancock sobre un ARP Odyssey Mark I —lanzado al mercado apenas meses antes— lleva el peso del tema. Se llama Chameleon y abre el disco Head Hunters del fundamental pianista de jazz.
Se trata de un cuarto de hora de trance y jazz bailable, que agarra vuelo con el ritmo sincopado y de pegada liviana de Harvey Mason y un bajista fuera de serie como el fallecido Paul Jackson. Pero eso no es todo. Hancock y el productor David Rubinson decidieron en el otoño de 1973 prescindir de la guitarra para grabar, echando mano al Clavinet Hohner D6 —que acabaría como uno de los sonidos característicos del álbum— junto al saxo totalmente funky de Bennie Maupin.
Una música impura, con lo electrónico en contraste de lo acústico, con las cuerdas sintetizadas que llevan el cuerpo de la fusión hacia su cara más negra, y una atmósfera hecha entera de groove y sobre todo destreza.
Tras los fills de sonido Yamaha, al minuto 4 Herbie Hancock despacha un primer solo de sintetizador lleno de expresión y con el sello de la casa, acaso un equilibrio entre la rítmica que invita y la libertad creativa de la improvisación, que va abriendo la pradera hasta el excelente dúo de batería y bajo ya sobre los 7 minutos y 36 segundos del tema.
Se abre y estira como la lengua del camaleón la sagrada ley del jazz y los decretos del tacto, oído, el triángulo levemente vibrando, el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, sin aceptar deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el golpeteo manchado de palomas digitales, roído tal vez levemente por la calidad de la grabación en cinta. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del parche orgulloso del bordón, el marfil artificial de las teclas, el latón de los vientos.
En este instante, sobre los 8 minutos y 30 segundos, arranca el segundo solo del pianista, esta vez sobre el Fender Rhodes que le presentó Miles Davis, como el propio Hancock cuenta en el documental Down the Rodes: the Fender Rhodes story; un pasaje complejo, especie de paseo por la genialidad del músico de Chicago, y de vuelta al motivo inicial, con bombos adicionales y golpes fantasma por cortesía de Mason.
Ya sobre el final, al minuto 13 con 40 segundos comienza un soberbio solo de Maupin que más que redondear, subraya y le saca punta a una canción ideal para poner a prueba un sistema de audio hi-fi (las versiones con sonido envolvente de Head Hunters han sido lanzadas varias veces en formato Super Audio CD).
Para septiembre de 1973, poco antes de entrar a grabar el álbum en San Francisco, Herbie Hancock seguía comprometido con su jazz de fusión experimental, plasmado en la complejidad y las alturas de sus discos anteriores, aunque Head Hunters vendría a marcar un punto de inflexión en su carrera, un nuevo giro con un acabado hecho deliberadamente un poco más “simple de escuchar” y, claro, un ingrediente determinante.
Cuesta darles sentido a las notas que escribe el propio Herbie Hancock en el booklet de Head Hunters, pero habla de una síntesis. “Menos es más —anota—. Si eres lo suficientemente listo, puedes obtener algo simple desde lo complejo. Y así es como puedes llevar algo difícil a un público masivo”.
Sly
Antes de enfocarse en su derrotero personal, tras abandonar la banda de Miles Davis a fines de los 60, y contagiado del hastío del legendario trompetista por el jazz hecho con trajes italianos —materializado en el seminal In A Silent Way—, Hancock despachó un disco de pulsión funk. Se llamó Fat Albert Rotunda y marcó no solo su salida del sello Blue Note, sino que además el puntapié de su determinante fascinación por los instrumentos electrónicos y el “groove bailongo”, como lo describió alguna vez el crítico musical Ted Gioia.
A la manera del maestro en Bitches Brew (un disco turbulento y reflejo de los disturbios en las ciudades estadounidenses y las protestas por Vietnam), Herbie Hancock se hizo de un sexteto y comenzó a grabar discos de temas muy largos donde mezclaba el free y el modal con complejas rítmicas y percusiones africanas, dando forma a su propia paleta de colores de vanguardia.
Según cuenta el historiador Bob Gluck en su libro You’ll Know When You Get There: Herbie Hancock and the Mwandishi Band, hacia 1970 —como varios otros músicos de jazz preocupados de sus raíces— Herbie Hancock encontró su santo y seña africano, con el que luego nombró a su siguiente disco (y etapa creativa): Mwandishi (1971). Le siguieron Crossings (1972) y Sextant (1973), en una era profundamente luminosa y expansiva de su música pero que lo hizo replantear su relación con el gran público, la composición y también, por qué no, el costo de acarrear todos esos instrumentos con los que se regodeaba para sus presentaciones.
“Sospeché que mi propia energía necesitaba algo más… espiritual, y que tenía que ver conmigo como ser humano. Empecé a sentir que había pasado tanto tiempo explorando el estadio superior de la música, y todo ese tipo de cosas etéreas y lejanas, que ahora tenía la necesidad de tocar suelo y hacer tierra”, escribe Hancock en las notas del disco. “Quería tocar algo más ligero; teníamos estas canciones que estábamos haciendo, y el asunto era, ¿cómo podemos llevar esta música a una nueva dirección haciéndola más digerible, pero manteniendo la esencia de nuestra filosofía?”.
La respuesta vendría con un cambio camaleónico. Lo sorprendió un día cantando en ese estado de no sé qué quiero pero sé lo que no quiero. “Sabía que no quería tocar la música que había estado tocando, pero no sabía qué música quería tocar. No lo había entendido del todo, no recuerdo haber tenido otra idea, pero lo más importante en mi mente era que quería sentirme más terrenal. Quería encontrar las respuestas dentro de mí. Cuanto más cantaba, más se abría mi mente, se relajaba y empezaba a vagar”.
El músico de entonces 33 años cayó de lleno en las cálidas aguas de Sly & The Family Stone y en lo mucho que lo atraía esa música que invitaba a la pista de baile. Si existe otro antecedente directo de Head Hunters, ese es el tema Thank You (Falettineme Be Mice Elf Agin) del mítico Sylvester Stewart, quien inspiró el tercer track Sly:
“Estaba escuchando esa canción una y otra y otra vez. Entonces vino esta imagen mía tocando en la banda de Sly, tocando algo funky como eso. La siguiente idea fue sobre mi propia banda tocando en la dirección musical de Sly. Pero mi incómoda reacción fue: ‘No, no quiero hacer eso’”, escribe el músico.
Herbie Hancock venía de coquetear con el budismo y en sus meditaciones se cuestionó la pedantería de los músicos de jazz que ponen al género en un pedestal, y al resto de la música en un estadio secundario. Lo siguiente que hizo fue tomarse su idea en serio.
“¿Me gustaría tener una banda funky que toque el tipo de música de Sly? —relata en las notas de Head Hunters— Mi respuesta fue ‘absolutamente sí’”.
El tema Sly resultó un saludo a ese momento de inspiración. Allí Hancock captura las claves del funk en diez minutos de ritmos enérgicos, atmósferas inquietantes y tanto espacio como ideas para improvisar. Es psicodelia pero al mismo tiempo free jazz y una constante caja de sorpresas con pistas por descifrar.
Watermelon man
Sumado al trabajo de Maupin, Jackson y Mason, Herbie Hancock cedió protagonismo al percusionista Bill Summers en el segundo tema del álbum, nada menos que uno de los estándares del músico.
Antiguo éxito de hard bop que apareció en su debut Takin’ Off (1962), Watermelon man fue reinventado en Head Hunters con Summers recreando el sonido del hindewhu, los cánticos y silbidos de los pigmeos centroafricanos, con una botella de cerveza acreditada en la grabación, aunque le valió la censura de los etnomusicólogos, quienes trataron de presentarlo como un robo de propiedad intelectual.
(Un paréntesis.
El hindewhu no fue el único guiño al continente africano. La icónica carátula de Head Hunters, obra de Víctor Moscoso, muestra en el centro a Herbie Hancock con una máscara kplé kplé de la tribu Baulé de Costa de Marfil. Si uno mira fijamente esa silueta amarilla dibujada sobre la fotografía de la banda, verá como los desmagnetizadores de cabezales de cinta —usados en las grabadoras de carrete de la época— simulan dos ojos.)
Esa música de pájaros y colores fuertes es prueba del ingenio del músico con estudios en sonidos subsaharianos y afrocubanos —alguna vez un crítico dijo que Summers es a la percusión lo que la firma Steinway al piano—.
Pasados los 2 minutos de Watermelon man, el percusionista despliega el sonido del shekere con los tambores de hendidura, el surdo y hasta un agogo, entre el Fender Rhodes que Hancock va tejiendo en compañía del saxo de Maupin, y un beat juguetón de Mason.
“Es una obra de jazz funk sobresaliente, con arreglos muy novedosos de temas clásicos de Hancock como Watermelon Man”, dice a Barroquita el músico del grupo Congreso, Jaime Atenas. “Maupin tiene un estilo muy explosivo, sobre todo con el clarinete bajo que es lo que más me gusta de él”.
Ted Gioia destaca en su libro The Jazz Standards: A Guide to the Repertoire que “por regla general, con el paso de los años, los compositores de jazz acostumbran a tocar sus canciones de éxito cada vez más rápido; pero Hancock, en este caso, fue contra corriente y optó por un sonido funk lento y esquivo”.
El resultado es tan disímil de su versión de 1962 que casi constituye otra composición por completo, aunque igual de lograda:
Vein Melter
El cierre de Head Hunters es un incendio lento, una combustión que avanza hipnótica y a la orden del crepitar monótono de la sección rítmica. El carácter lo va dando la exploración sonora del pianista hasta explotar en una especie de marcha espacial.
Los puristas del jazz, como ocurre ahora con los críticos de los nuevos sonidos, condenaron los experimentos de Hancock (materializados en un notable box set llamado The Broadcast Collection 1973-1983) pero Head Hunters no solo superó a Bitches Brew en ventas; alcanzó picos de creatividad, compromiso e incluso la construcción de un sonido atemporal que resultaría influyente no solo en el mundo del jazz que apareció a continuación, sino también en géneros incipientes como el hip-hop y el soul.
Ahora, cincuenta años después, Head Hunters es uno de los discos de jazz más escuchados (y sampleados) del mundo. Y Herbie Hancock —de 83 años de edad— anunció un concierto que pinta para histórico con los músicos sobrevivientes originales de la grabación, por primera vez desde 1973. Una oportunidad inédita para ver a Harvey Mason, Bill Summers y Bennie Maupin, además del bajista Marcus Miller —que reemplazará al fallecido Paul Jackson—, el próximo 14 de agosto en el Hollywood Bowl de Los Ángeles.
