Confluencias trágicas: Eurípides traducido por Anne Carson

La reciente Premio Nobel de Literatura, la poeta y académica Anne Carson, ha dedicado parte importante de su vida y obra al estudio de la cultura griega. En su traducción de “Las bacantes” de Eurípides, reimagina la Antigüedad y vuelve más complejas las distinciones binarias del género para el lector moderno.

* Por Will Harrison

Para Eurípides —a quien Aristóteles calificó de tragikotatos, o “el más trágico” de los poetas griegos—, lo desagradable era una mentalidad, una estética, “una cuestión de técnica”, en palabras de Anne Carson. Sofista y ateo, Eurípides fue el espejo de su época, y su época era sombría. En el año 431 a. C., casi al comenzar a poner en escena sus obras, su ciudad natal, Atenas —por aquel entonces la capital indiscutible del mundo griego—, fue invadida por su rival, Esparta. Dos décadas y media más tarde, al momento de su muerte, la guerra del Peloponeso seguía en pleno apogeo y Atenas estaba a punto de quedar reducida a una total subyugación.

Con su perspectiva desoladora, Eurípides sugería que, al igual que el dominio de Atenas llegaba a su fin, también lo hacía la tragedia tradicional. Carson traductora de Bakkhai (Las bacantes) ha escrito sobre cómo Eurípides se sentía constreñido por los límites del género que se le había dado, necesitaba decir algo nuevo, pero no tenía un vehículo adecuado con el cual decirlo. Bakkhai o Las bacantes, su última obra —que Carson imagina en un poema introductorio como “el comienzo antes del comienzo”—, era también la más sombría del autor; en ella asume riesgos temáticos que convierten a esta tragedia griega en el mayor vínculo con la época actual.

Además de prescindir de toda figura heroica obvia (un rasgo que se siente casi moderno), Bakkhai explora la represión sexual, la violencia intrafamiliar, los horrores del gobierno despótico y las draconianas restricciones de género. De hecho, corre el peligro de volverse casi demasiado relevante. Eso, claro está, si estuviéramos en las manos de un traductor menos competente que como Anne Carson. Tanto en sus traducciones de textos clásicos como en su propia poesía, Carson ha explorado lo que T. S. Eliot denominó “un paralelismo continuo entre la contemporaneidad y la antigüedad”, desafiando al público a reconocer hasta qué punto sus propias vidas, necesidades y debilidades se asemejan a las de los personajes de épocas pasadas. En su poema temprano “Hombres de TV Men”, imagina al héroe troyano Héctor en un set de rodaje en el Valle de la Muerte; en su emblemática “novela en verso” Autobiografía de rojo, el monstruo mitológico Gerión —asesinado por Heracles durante la realización de sus doce trabajos— es vívidamente reimaginado como un adolescente enfermo de amor.

Como traductora, Carson es muy consciente de que su trabajo debe surgir de la siempre cambiante vida ulterior del texto original, un enfoque que exige fluidez tanto cultural como textual. En resumen, Carson, al igual que Eurípides, no teme correr riesgos. En su versión de Bakkhai esto implica centrarse en el desarrollo de los personajes y en la innovación lingüística, más que en las “grandes ideas” de una tradición clásica excesivamente teórica y excesivamente masculina.

Estatua de Eurípides, dramaturgo griego del siglo V a. de C.

Uno de los mayores logros de Carson es su representación de la destrucción psicológica que se ocurre cuando el mundo de los humanos choca con el de los dioses. El principal personaje humano de la obra es Penteo, el rey adolescente de Tebas; el dios principal es Dioniso, un joven imberbe, hijo de Sémele, una mujer tebana a quien Zeus dejó embarazada y que más tarde fue asesinada por una Hera celosa. Después de la muerte de Sémele, sus hermanas —entre ellas Ágave, la madre de Penteo— la acusaron de mentir sobre la identidad del padre del niño y procedieron a negar el carácter divino de Dioniso. En represalia, este ha regresado a Tebas y ha sumido a todas las mujeres de la ciudad en la locura mediante un hechizo báquico. Penteo, el incrédulo de carácter impetuoso, será su próximo objetivo.

Estos jóvenes —primos, nada menos— han sido tenidos como una representación del conflicto entre la razón y la irracionalidad, pero Carson destaca cómo ellos también podrían verse como casi duplicados en sus luchas paralelas con los ritos de paso. Mientras que Dioniso debe demostrar que es el hijo divino de Zeus, Penteo está marcado por la ausencia de su propio padre, Equión. Y, a diferencia de Dioniso, que ha crecido sin ninguna presencia materna, Penteo ha vivido, tal vez, sofocado por el amor de su madre y sus tías. Desde el principio, queda claro que las inseguridades contrapuestas, aunque análogas de estos adolescentes ávidos de poder proporcionarán el germen de la interpretación de Carson, centrada en los personajes.

Frente a la paradójica capacidad de Dioniso para encarnar múltiples extremos de manera simultánea —ya sea que pertenezcan a la emoción, el género o la sexualidad—, Penteo se pone la autoafirmación como si fuera un traje. Esta beligerancia instintiva a menudo se ha visto como una sobrecompensación ante una masculinidad no desarrollada, pero Carson sugiere algo más grande. Su Penteo expresa unos celos desmedidos hacia ese “extraño con cara de niña”, de “cabello largo” y “ojos de lecho”, que “se relaciona con muchachas jóvenes noche y día”. Pero, ¿siente Penteo envidia de la posición de su pervertido primo como líder de un culto, o de su fluidez sin esfuerzo?

Las bacantes matan a Penteo.

Al igual que Eurípides, Carson explora a menudo lo “insoportable”, y esta inclinación ha coincidido con frecuencia con la obsesión por el deseo humano que ha marcado toda su carrera. Penteo —que parece ahogarse en un anhelo insoportable e indefinido— claramente ha cautivado la imaginación de Carson y su concepción de él nace de la preocupación de Eurípides por la desesperación de los mortales. La vergüenza frecuentemente actúa como un velo, pero en el mundo de Eurípides, este es, al menos por momentos, permeable: por ejemplo, cuando Penteo admite que Dioniso “no tiene mal aspecto”, para retractarse de inmediato. La propia tendencia de Carson es la de retirar el velo por completo. A medida que Penteo escucha más s sobre la vida despreocupada de las bacantes tebanas —cuya liberación amplia, permitiendo tanto una languidez maternal como una asertividad febril—, la naturaleza de su anhelo queda aún más expuesta.

Cuando la curiosidad de Penteo alcanza su punto más alto, Dioniso lo convence de observar a las mujeres tebanas; la única condición es que debe vestirse como una de ellas. Tal como lo traduce Carson:

Penteo:     ¿Vestirme de mujer? ¡Estoy demasiado avergonzado!

Dioniso:     ¿Perdiste tu apetito? ¿No espiarás más a las ménades?

Penteo:     ¿Qué tipo de vestimenta de mujer tenías en mente?

Dioniso:     Bueno, primero te daré un pelo largo y suelto.

Penteo:     ¿Y luego qué? ¿Joyas?

Si bien el impulso voyerista del joven rey suele interpretarse como una incipiente atracción hacia las mujeres, Carson hace parecer igual de plausible que él más bien, sería una mujer, o cuando menos, estar liberado de un género binario tan tiránico como lo es el masculino. Al establecer la autoconciencia de Penteo desde el principio, Carson es capaz de empujar a su personaje mucho más allá del tirano cascarrabias que tendríamos que esperar y logra dotar a esta escena con una dimensión trágica totalmente nueva.

A causa de esta sensibilidad psicológica, sentimos compasión por Penteo no solamente por su espantoso final, sino por su confianza en sí mismo, en constante retroceso. Carson, una de las pocas mujeres que ha traducido la obra, desvela el malestar de él de un modo que resulta, a la vez, nuevo y eterno. “¿Cómo me veo? ¿Es esta la forma en que Ino se para? ¿O Ágave, mi madre?”, pregunta el confundido rey al dios obstinado. En la visión de Carson, este momento resulta casi tan trágico como cuando posteriormente Ágave se da cuenta que ha matado a su propio hijo.

A diferencia de las impetuosas bacantes, el coro femenino posee una despreocupada confianza que Penteo jamás alcanzará, o que incluso será capaz de admirar abiertamente. “Cuándo pondré mi pie blanco en las danzas nocturnas, cuándo elevaré mi garganta al aire húmedo del rocío, como un ciervo jugueteando en la alegría verde del prado”, cantan ellas, mientras el rey de Tebas, fuera de escena, se enfunda su “disfraz de niña”. Es como si hablaran desde su subconsciente.

Este artículo apareció originalmente en The Bomb 13.12.2017. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

“Bakkhai de Eurípides”. Anne Carson. (Trad. B. Bolumburu). Editorial La Pollera, Santiago, 2020, 164 pp.

* Will Harrison es ensayista. Escribe sobre literatura, artes visuales y cultura. Sus ensayos han aparecido en revistas como The Bafller, Guernica, Southwest Review, The Nation, frieze, y The Hudson Review, entre otras.




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