* Por Paolo Tedesco
Con la muerte de Chris Wickham a principios de este mes, hemos perdido al más grande historiador medievalista desde Marc Bloch, y a uno de los más originales historiadores marxistas de todos los tiempos. A lo largo de su carrera, que abarcó medio siglo, Wickham escribió más de veinte libros y doscientos artículos. En estas obras, mostró cómo las estructuras sociales y económicas de Europa y el Mediterráneo se transformaron durante el periodo comprendido entre los años 500 y 1500.
Los factores clave en su análisis fueron el auge y la caída del Estado, el papel político y económico de las élites terratenientes y el protagonismo de los campesinos. Su amplia producción intelectual revolucionó no solo nuestra concepción de la Edad Media, sino, sobre todo, nuestra comprensión de cómo las sociedades funcionan y cambian a lo largo del tiempo.
Años de formación
Chris Wickham nació el 18 de mayo de 1950 en una familia de clase media, en la localidad galesa de Rossett. Asistió a una escuela privada de Somerset, Inglaterra, antes de comenzar sus estudios en la Universidad de Oxford en 1968, donde se graduó en 1971. Durante aquellos años, viajó con frecuencia a Italia, llegando a familiarizarse con su paisaje de la Alta Edad Media.
Cuando decidió emprender una investigación de posgrado en Oxford, Wickham se apartó de los temas que eran predominantes en aquel entonces en los estudios medievales británicos, tales como la Inglaterra anglosajona y la Francia carolingia. Él se enfocó, en cambio, en la Italia de la Alta Edad Media con una tesis titulada “Economy and Society in Eighth-Century Northern Tuscany,”, que concluyó en 1975.
Después de su doctorado, continuó enseñando en Oxford y viajaba de cuando en cuando a Italia, donde comenzó a participar en excavaciones junto a destacados arqueólogos como Graeme Barker, Riccardo Francovich y Richard Hodges. El trabajo de campo en Italia fue, sin duda, una de las experiencias que configuraron su aproximación a la historia por el resto de su vida.
Un segundo punto de inflexión en su carrera fue su traslado a la Universidad de Birmingham en 1977. Aunque esta universidad ya no reflejaba la esencia de la clase trabajadora de la ciudad antes de la Segunda Guerra Mundial, Birmingham todavía tenía un gran número de estudiantes de origen obrero y de clase media que Oxford y Cambridge durante las décadas de 1970 y 1980.

Wickham en sus actividades académicas más tempranas.
Rodney Hilton, el historiador más destacado del campesinado medieval inglés, también enseñaba allí. Hilton formaba parte del grupo de historiadores marxistas británicos que incluía a figuras como E. P. Thompson, Christopher Hill y Eric Hobsbawm. La labor de ellos configuró el surgimiento de la “historia desde abajo” a partir de la década de 1950.
Hilton tuvo una enorme influencia intelectual sobre Wickham, así como sobre otros jóvenes académicos, como el historiador bizantinista John Haldon y el científico social Gregor McLennan. Todos ellos estaban involucrados en la política y tanto Haldon como Wickham se unieron al Partido Comunista de Gran Bretaña (CPGB, por sus siglas en inglés). Hilton también había sido miembro del partido antes de que renunciara en 1956 tras la invasión soviética de Hungría. Hacia la década de 1970, el CPGB se mostraba bastante más crítico con la URSS y había condenado la invasión de Checoslovaquia en 1968.
Dados sus vínculos con Italia, Wickham también se hizo miembro del mucho más grande Partido Comunista Italiano, al cual consideraba un modelo por su historia y sus ideas. Lamentablemente, el esfuerzo de este pequeño grupo de historiadores y militantes por empujar al CPGB hacia una trayectoria eurocomunista fracasó, y todos ellos abandonaron el partido antes de que terminara la década de 1980.
En nuestras numerosas conversaciones, Haldon recordaba con mucho cariño los encuentros en casa de Hilton, donde los participantes más jóvenes exponían sus interpretaciones marxistas de la historia ante su severo, pero de mente abierta anfitrión. El círculo de Hilton fue un auténtico laboratorio de ideas durante la década de 1980.
La formación de un historiador marxista
En este ambiente cultural, Wickham comenzó a revisar el enfoque marxista dogmático de la historia medieval que aún predominaba en aquella época. En dos ensayos seminales, publicados en 1984 («La otra transición») y 1985 (“La especificidad de Oriente”), Wickham rechazó la idea de que el contraste entre la esclavitud y la servidumbre marcara la transición del mundo antiguo al medieval. En su lugar, sostuvo que estos dos periodos históricos tenían organizaciones políticas y económicas distintas, a las que denominó modos de producción “tributario” y “feudal”.
En el régimen tributario, el poder se concentraba firmemente en las manos de una élite dirigente en la cúspide del sistema político. Las estructuras políticas tributarias dependían, en última instancia, de su capacidad para extraer suficientes recursos de la población agrícola para financiar su maquinaria de poder centralizada, tal como una corte, una burocracia y un ejército asalariado. En las sociedades feudales, por el contrario, los medios de coerción estaban en las manos de élites locales propietarias de tierras, con una frágil estructura de gobierno en la cúspide. El factor crucial para el ejercicio del poder en tales formaciones políticas era la propiedad y el control directos de la tierra.
Wickham también argumentó que cuando los terratenientes o el Estado no lograban apropiarse del excedente del campesinado de una manera sistemática, pasaba a predominar una organización económica que él denominó “modo de producción campesino”.

Wickham llamó al periodo entre la caída de Roma y el surgimiento del Imperio carolingio “edad de oro del campesinado”.
Podemos encontrar varios ejemplos de tales economías campesinas en Europa y el Mediterráneo occidental entre los siglos VI y VIII. Él calificó el periodo entre la caída de Roma y el surgimiento del Imperio carolingio como una especie de “edad de oro del campesinado”.
En los años siguientes, Wickham demostró su capacidad como historiador marxista poco ortodoxo y de mentalidad abierta, al refinar su interpretación sobre la base del diálogo teórico con otros estudiosos, así como de los resultados de su trabajo de campo.
Podemos hallar pruebas de sus logros intelectuales en dos volúmenes monumentales, escritos con dieciocho años de diferencia: Una historia nueva de la alta Edad Media. Europa y el mundo mediterráneo, 400-800 (2005) y El asno y la nave: La economía mediterránea de 950 al 1180 (2023).
En estas obras, Wickham reescribió la historia económica y social de la Edad Media, cuestionando algunos paradigmas interpretativos de la historiografía anterior, incluida su propia concepción original de los “modos de producción”. Dejó claro que su reinterpretación de las transiciones entre un periodo histórico a otro estuvo profundamente influida por las reflexiones teóricas de dos miembros del grupo de materialismo histórico de Birmingham: John Haldon y el historiador turco Halil Berktay.
En su nueva formulación, Wickham utilizó el concepto de modos de producción exclusivamente para señalar el pasaje desde una lógica económica preindustrial a aquella del capitalismo. Desde esta perspectiva, categorías como tributario, feudal o campesino ya no identificaban un determinado modo de producción en el sentido marxista tradicional. Más bien, ellos hacían referencia a configuraciones específicas de las sociedades anteriores a la llegada del capitalismo.
La visión de largo alcance de la historia según Wickham
Desarrollando esta nueva interpretación, Wickham sostuvo que tres grandes ciclos —el antiguo, el medieval y el moderno— han enmarcado la configuración económica de Eurasia occidental y África durante los dos últimos milenios. Partiendo de un Mediterráneo unificado en el siglo II a. C. bajo la expansión romana, el ciclo comercial antiguo alcanzó su apogeo durante el periodo imperial (del siglo I al IV d. C.).
Desde ese momento, comenzó su declive en Europa occidental hacia el año 500: al mismo tiempo, el Mediterráneo oriental siguió prosperando por al menos dos siglos, hasta que el colapso del Imperio romano de Oriente condujo a la fragmentación del espacio económico del Mediterráneo. El segundo ciclo comercial mediterráneo surgió alrededor del año 900 en regiones del sur y centro del Mediterráneo, tales como Egipto, el norte de África y Sicilia. La localización de la vida económica mediterránea condujo a un lento pero constante crecimiento a lo largo de los dos siglos siguientes, extendiéndose hasta abarcar el norte y el centro de Italia en el siglo XII.
Las diferencias entre los períodos antiguo y la medieval radican en las variables intervenciones del Estado y de las élites terratenientes en la economía campesina: por un lado, la recaudación de impuestos por parte de los Estados; por otro, el cobro de rentas por parte de los terratenientes. Sus puntos de convergencia “residen en el hecho de que, en ambos tipos de sociedad, la mayoría campesina controlaba el proceso productivo básico”. El Estado y las élites crearon infraestructuras de intercambio, pero el acceso de los campesinos a mayores excedentes y, por consiguiente, al mercado de alimentos y productos artesanales, hizo posible un aumento significativo de la producción y el comercio.

Las infraestructuras de intercambio y el acceso de los campesinos al mercado hizo posible un aumento de la producción y el comercio.
Esto significa que la escala de producción, circulación y consumo de productos a granel, generada por la demanda campesina, constituía el indicador más claro del nivel de sofisticación económica alcanzado por las estructuras antiguas y medievales. Históricamente, los bienes de lujo sólo entraban en el mercado en respuesta al poder adquisitivo de élites cuantitativamente reducidas. En este marco, “los Estados y los terratenientes podían afectar el proceso productivo exigiendo diversos tipos de impuestos o rentas, limitando así los niveles de comercialización de los excedentes campesinos. Sin embargo, ellos no tenían un rol estructural en la producción, ni ejercían formas de control directo sobre ella”.
El inicio del tercer ciclo económico, en los albores de la era moderna, vio una reorientación de la economía hacia el Atlántico, un factor que los historiadores han comúnmente interpretad como el fin de la economía medieval. Los vínculos comerciales entre Europa y el resto del mundo, en este nuevo ciclo económico, se expandieron de manera considerable, trayendo consigo nuevas formas de explotación. Según Wickham, este último ciclo, que dio lugar al surgimiento del capitalismo, se desvió de la lógica económica de las otras épocas.
Fue solamente en esta coyuntura histórica cuando los campesinos perdieron finalmente el control de la producción y se vieron forzados a trasladarse a ciudades o pueblos industriales, donde lucharon por sobrevivir como proletarios, completamente expuestos a las fluctuaciones del mercado: “Bajo el capitalismo, de hecho, los capitalistas dominan directamente el proceso de trabajo, y la explotación que involucra queda oculta por la naturaleza aparentemente libre del contrato de trabajo asalariado”.
Del campesinado a la economía mundial
Como historiador de la Edad Media, Wickham fue capaz de moverse desde el estudio minucioso de las sociedades locales hasta los factores macroeconómicos que dieron forma a la economía mundial en la época premoderna. Después de su tesis doctoral sobre las sociedades rurales de la Toscana, continuó sus investigaciones sobre las comunidades rurales italianas, desde el entorno rural de Lucca hasta las zonas remotas de Valva y el valle del Biferno, en los Apeninos centrales (Studi sulla società degli Appennini nell’Alto Medioevo, 1982; Il problema dell’incastellamento nell’Italia centrale, 1985; The Mountains and the City, 1988).

Sus estudios sobre Italia comenzaron respecto de las sociedades de la Toscana y más tarde continuó sus investigaciones sobre las comunidades rurales italianas.
En estos estudios, examinó todos los aspectos de la vida de las personas: ¿cómo se comportaban los campesinos ante las figuras de autoridad local, desde el obispo o la aristocracia hasta los terratenientes? ¿Qué estrategias de negociación o resistencia empleaban en los tribunales o en terreno, para hacer frente a sus poderosas contraparte? ¿Dónde vivían, qué producían y qué comían? ¿Qué intercambiaban y bajo qué condiciones se realizaban estas transacciones?
En esencia, la pregunta clave que Wickham planteó en su investigación fue por qué la sociedad que estaba investigando funcionaba de la manera en que lo hacía. Para responder a esta pregunta, él se dedicó a explorar comunidades comparables en el Mediterráneo y Europa: desde las aldeas de Afrodito y Jeme, en el centro y el Alto Egipto, hasta las de Anatolia central; y desde el interior de la península ibérica hasta la gran meseta de la Île-de-France.
En Una historia nueva de la alta Edad Media, también inventó una aldea, a la que llamó Malling, para describir la comunidad rural arquetípica de la Inglaterra anglosajona. En un artículo de 2017, Wickham amplió enormemente su rango de estudios de caso, llegando incluso a comparar el norte de Italia con la región china de Jiangnan entre los siglos X y XIII. Al igual que en sus estudios anteriores, Wickham se concentra en las estructuras de producción y consumo de estas dos “economías altamente complejas para los estándares del período”. Como él explica, no importa cuán globales queramos ser, “la mayor parte de la interacción económica se situaba en los niveles local y regional”.
El tema recurrente a través de todos estos estudios fue la cuestión de cómo una pequeña minoría de personas, imprecisamente definida como élite, logró apropiarse y canalizar la riqueza producida por el resto de la población —ese 90 por ciento referido en la obra de Kim Bowes— mientras transforma (o no logra transformar) la economía campesina, desde una estructura local a una globalmente orientada.
Legado
En una fascinante entrevista de 2022 con los historiadores Charles West y Maria Elena Cortese, Wickham reveló que, durante su etapa de formación en Oxford, nunca tuvo a nadie a quien considerara su mentor. Construyó su trayectoria académica mediante la lectura intensiva y, a veces, desordenada, de diversos libros, así como a través del intercambio de ideas con sus colegas.
Su formación intelectual fue el resultado de una colaboración horizontal entre estudiantes de historia, más que de una transferencia vertical de conocimientos de un académico experimentado a uno más joven. Wickham siguió esta estrategia incluso en las etapas posteriores de su carrera, participando en proyectos colaborativos en los que cualquiera era invitado a realizar su contribución. Por esta razón, quizá, Wickham nunca creó propiamente una escuela en el sentido académico tradicional: un grupo de estudiosos que se pudieran reconocer como sus estudiantes.
Dicho esto, él tuvo una enorme influencia en la forma en que muchos de nosotros escribimos sobre historia. Un pequeño grupo —en el que me incluyo— adoptó su enfoque marxista de la historia; aunque, siguiendo la tradición de la izquierda, nunca llegamos a estar de acuerdo en una única interpretación marxista (a Chris le gustaba esta diversidad). La mayoría apreciaba su metodología rigurosa, su capacidad para combinar la historia, la arqueología y la antropología, así como su profundo conocimiento de la tradición académica de cada país con el que entró en contacto, tanto a través de sus investigaciones como de sus relaciones personales e intelectuales.
Pero fue el factor humano lo que marcó la verdadera diferencia. Ya que él no podía cambiar el mundo de la manera que habría querido, introdujo una suerte de socialismo intelectual en el mundo académico. No todos teníamos (o queríamos tener) un maestro al que seguir, y no todos podíamos ir a Oxford a aprender historia, pero todos tuvimos la oportunidad de compartir nuestras ideas con Chris Wickham: él siempre estaba ahí, ofreciendo consejo, comentarios o críticas.
Chris nos ha dejado un enorme legado, un regalo que me gusta llamar, parafraseando al historiador Giovanni Levi, una “herencia inmaterial”: una rica y poliédrica constelación de métodos, preguntas e ideas que han fomentado —y que indudablemente seguirán fomentando— conexiones académicas profundamente significativas.
Este artículo apareció originalmente en Jacobin 23.10.2026. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

“Una historia nueva de la alta Edad Media”. Chris Wickham. (Trad. T. Fernández y B. Eguibar). Editorial Crítica, Barcelona, 2016, 1584 pp.

“El asno y la nave”. Chris Wickham. (Trad. T. Fernández). Editorial Crítica, Barcelona, 2025, 1376 pp.
* Paolo Tedesco enseña historia medieval en la Universidad de Tubinga. Sus investigaciones se centran en la historia social y económica de la Antigüedad tardía y la Edad Media, la suerte del campesinado y la larga historia del capitalismo. Entre sus publicaciones recientes se cuentan Writings on the Tributary State and Commercial Capitalism (2024) y Living at the Margins: African Peasants in an Age of Extremes, 300–900 CE (2025).

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