Kafka: huellas de escritura – huellas de lectura – huellas de vida

Para Safranski, Kafka estaba hecho de literatura. Pero recorre también su vida: amores, viajes, sus trabajos y, por supuesto, su obra literaria. A través de su enfoque, resalta aspectos particulares de Kafka, los reinterpreta de una manera diferente, y ofrece una perspectiva fresca y «extranjera» sobre el autor checo.

* Por Stephan Wolting

Justo a tiempo para el aniversario de Kafka, el centenario de su muerte en 2024, el ensayista, estudioso de la literatura y “filósofo narrativo” Rüdiger Safranski presentó también una obra sobre Kafka, que está en la línea de sus conocidos tratados sobre Heidegger, Nietzsche, Schopenhauer, etc. Es sorprendente que Safranski haya seleccionado autores —de hecho, solamente autores— que se inscriben en una tradición literaria directa de la historia literaria o intelectual alemana antiracionalista y antiidealista, si pensamos, por ejemplo, en las obras sobre el Romanticismo como un “asunto alemán”, Hölderlin, Schopenhauer (“y los años salvajes de la filosofía”), Nietzsche (“biografía de su pensamiento”), Heidegger (“un maestro de Alemania”), etc. Los subtítulos proporcionan el enfoque interpretativo. La única excepción tal vez sea Schiller y Goethe, que a primera vista no encajan tan directamente en la serie, especialmente en la obra sobre Schiller. Pero Kafka parece encajar nuevamente en el “patrón de presa” narrativo de Safranski.

De manera tanto positiva como negativa, se ha señalado que las obras, algunas de las cuales son relativamente extensas, se concentran en particular en la literatura primaria de los autores e incluyen poca literatura secundaria. Sin embargo, esto hace que las obras sean muy fáciles de leer y apasionantes, especialmente para los no expertos. El autor se mantiene fiel a este principio en su última obra. De manera conocida con impulso narrativo, Safranski establece sus palabras clave para cada uno de los 13 capítulos, que estructuran el capítulo respectivo. En la mayoría de estos capítulos, la interpretación de una obra en particular ocupa la mayor parte del espacio, como, por ejemplo: en el tercer capítulo: La condena; en el cuarto: La transformación (o La metamorfosis); en el quinto: El desaparecido; en el séptimo: El proceso, etc., a menudo combinado con una frase breve y concisa como primer impulso de interpretación. En cada uno de los capítulos, Safranski se toma el tiempo de entregar un análisis exhaustivo de las respectivas obras. Al hacerlo, toca temas importantes de Kafka como la muerte, la cuestión de Dios o la religión, la cuestión del anticapitalismo en obras como El proceso, pero también el conocido topos del “laberinto” en el pensamiento y la escritura de Kafka, por ejemplo, en relación con una de sus últimas obras, La madriguera, y las imágenes de construir y cavar, nuevamente con un narrador en primera persona como un “animal”.

Además, se ha hablado mucho de que Safranski siempre formula una declaración (interpretativa) directa, que luego justifica en las páginas siguientes. Por ejemplo, de Nietzsche dijo: “Toda la filosofía de Nietzsche es el intento de permanecer vivo, incluso cuando la música termina”. También en esta obra el autor vuelve a mostrar este lado. El subtítulo ya lo sugiere: “Una vida alrededor de la escritura”.

Rüdiger Safranski, filósofo y biógrafo alemán.

También cabe notar aquí que el libro se refiere principalmente a los textos primarios de Kafka, a pesar de la literatura secundaria mencionada en el apéndice: basta pensar en Peter André Alt, Beda Allemann, Hartmut Binder, Wilhelm Emrich, Erich Heller, Michael Kumpfmüller o, por supuesto, “el biógrafo de Kafka” Reiner Stach, a quien Safranski, sin embargo, menciona de manera específica sólo una vez. Precisamente en el año del aniversario, esta literatura sobre Kafka volvió a recibir un gran impulso. Por ejemplo, Kafka ist nicht rätselhaft de Gerhard Rieck, que intenta una aproximación psicoanalítica a la obra de Kafka, ignorando otras fuentes. Además, de la obra del conocido ilustrador vienés Nicolas Mahler Kafka al completo (Salamandra, 2024) una biografía gráfica y cómica de Kafka.

El autor demuestra ser un lector atento y meticuloso de los textos de Kafka, citando repetidamente numerosos pasajes originales. Safranski basa su trabajo, una vez más, en una cita de Kafka: “No es que yo tenga algún interés por la literatura, sino que estoy hecho de literatura; no soy nada más, ni puedo ser nada más”. Esto sirve de introducción al análisis de Safranski, que luego modifica y varía constantemente a lo largo del texto. Se refiere a su “asunto”, como lo llama el propio Kafka: “Este ‘asunto’ no es otro que la escritura, y dado que escribe por su vida, igual que uno corre para salvar el pellejo, hay que renunciar a todo lo demás”.

Puede resultar algo sorprendente que comience con el conocido tópico de que Kafka solo fue conocido por unos pocos iniciados durante su vida. En las películas sobre Kafka estrenadas para conmemorar el aniversario, como La grandeza de la vida (dirigida por Judith Kaufmann y Georg Maas, 2024, basada en la novela homónima de Michael Kumpfmüller de 2011) o la miniserie Kafka (2024, dirigida por David Schalko, con la contribución de Daniel Kehlmann), así como en otras obras publicadas recientemente, se sugiere que Kafka no era tan desconocido en su época como se creía. Esto se evidencia, por ejemplo, en su encuentro con Rainer Maria Rilke durante una lectura de Kafka de En la colonia penitenciaria en Múnich el 10 de noviembre de 1916, donde Rilke elogió efusivamente la obra de Kafka. Además, las interpretaciones basadas en la obra de Dora Diamant sugieren, según su percepción, que Kafka fue, en efecto, un autor y una persona que celebraba la vida y que a menudo se mostraba alegre.

En la película “La grandeza de la vida” (2024) se aborda el último año de vida de Kafka, el año en el que conoció a la bailarina Dora Diamant, en 1923

Para un experto en Kafka, puede que haya relativamente poco de nuevo, desconocido o innovador en esta obra. Sin embargo, se puede afirmar que Safranski, a través de su enfoque, resalta aspectos particulares del trabajo de Kafka, los reinterpreta de una manera diferente, casi como un caleidoscopio, y así ofrece una perspectiva fresca y «extranjera» sobre la obra de Kafka.

En primer lugar, siempre sorprende que el “escritor no profesional” Franz Kafka —tenía un trabajo perfectamente normal, era abogado, y no le iba mal en su profesión, aunque según Safranski, eso no era importante para Kafka—, se convirtiera, por así decirlo, en sus momentos de ocio, al estilo de Thomas Mann, después de terminar su jornada laboral, en uno de los más grandes, quizá el más grande, ciertamente el más citado de los escritores de lengua alemana. En otras palabras, dicho de manera algo informal, se dedicaba a la literatura en su tiempo libre, a pesar de que escribir era profundamente esencial para él: “Soy escritura”, como señala Safranski, citando esta frase de Kafka.

Esta es una de las muchas paradojas que la obra de Kafka plantea en la interpretación de Safranski. Además, el ensayista señala otro aspecto “inexplicable”: parece que Kafka contradice gran parte de lo que se enseña hoy en día en los seminarios de escritura literaria. Por ejemplo, y esto también es bien sabido, Kafka en cierto modo, simplemente “empezó a escribir”. Es decir, existen pruebas fehacientes de que escribió La condena o Carta al padre en una sola noche. Y que Kafka —como también han señalado muchos estudiosos de su obra— prácticamente reiniciaba constantemente el proceso de escritura. Y que era este proceso mismo el que lo guiaba, no alguna gran idea que hubiera concebido de antemano.

Otro punto crucial, si consideramos, por ejemplo, la novela estadounidense El desaparecido (inicialmente, la obra iba a titularse América), es que Kafka, en cierto modo, aliena fragmentos de la realidad al situarlos en contextos nuevos, casi surrealistas. Y el hecho de que él mismo no necesariamente tuviera que haber vivido en esa realidad, como la estadounidense, o haber sido fogonero en un barco rumbo a América, es precisamente lo que constituye su gran arte (literario), que consiste, entre otras cosas, en trascender esta realidad existente. Él mismo, que sólo tenía un primo mayor, Otto Kafka, que había emigrado a América, no necesitaba haber estado allí para imaginar una América o un “barco rumbo a América” y plasmarlo con tal “precisión” que resulta estéticamente creíble. De este modo, no crea una mera imagen de la América real, sino un “espacio literario América” sumamente coherente.

Safranski también retoma un punto que muchos intérpretes de Kafka han señalado. Estas son las tres grandes “S” en la existencia literaria de Kafka: culpa (Schuld), vergüenza (Scham) y pecado (Sünde). De las cuales la mayor culpa es la escritura misma, “porque hace que uno se sienta culpable ante la vida”. Esto parece tan importante que, siguiendo a Safranski, se puede hablar de una especie de literatura de (auto)justificación o de empoderamiento personal a través de la literatura como medio para combatir una realidad experimentada como inadecuada. Pero el narrador se justifica por cosas o “crímenes” que él no ha cometido. No ha infringido ninguna ley, sin embargo, acepta su “castigo». Esto queda muy claro, por ejemplo, en El proceso, y en cierta medida también en El castillo. En el contexto de la situación política actual, es inevitable pensar en hombres como Alekséi Navalni y otros, que desaparecen en campos y colonias penitenciarias. Al mismo tiempo, uno recuerda la resignada y amarga afirmación de Georg Lukács de que “Kafka era, sin duda, un realista”. Vienen a la mente dos “S” más que son fundamentales para Kafka: la autoobservación (Selbstbeobachtung), a la que, según él, “el trato con los hombres nos seduce” y el autoconocimiento (Selbsterkenntnis), en el que “lo conocido se fusiona con lo conocido”.

Kafka, cuya prosa suele considerarse hermética, alude repetidamente a elementos de su propia realidad, como las exigencias y distorsiones del mundo de su padre, que lo rodeaban y limitaban, y del que nunca logró liberarse por completo. Además, su empleador, AUVA, Arbeiter-Unfall-Versicherungs-Anstalt (Instituto de Seguros de Accidentes Laborales), lo enviaba con frecuencia a Bohemia y, posteriormente, a Checoslovaquia para resolver asuntos en el lugar como abogado. De ahí surgen las imágenes del “agrimensor” en El castillo, un personaje que Kafka no era, pero cuya figura está inspirada en la realidad. Asimismo, Kafka viajó bastante, contrariamente a la creencia popular, principalmente dentro del Imperio austrohúngaro e Italia (la parte del imperio como Riva, etc.), a Prusia y Berlín, o a Grals-Müritz, a orillas del mar Báltico.

Kafka en su ciudad, Praga.

Finalmente, y también a la luz de la lectura de la obra de Safranski, cabe señalar que Kafka, al igual que Rilke, insiste con vehemencia en la libertad individual. En varios capítulos, Safranski alude a este tipo de relación entre la vida y la escritura, por ejemplo, en su relación con Felice Bauer, pero también con la traductora casada Milena Pollack o la judía checa enferma de tuberculosis Julie Wohryzek. Sus relaciones sentimentales le impedían escribir, pero, a la inversa, la escritura misma le dificultaba tener relaciones sanas con las mujeres, algo que se hace especialmente evidente en su relación con Felice Bauer. En este contexto, surge rápidamente la afirmación de Rilke de que no aumentar la libertad de otra persona es una especie de “culpa” hacia ella.

Al inicio de esta discusión, se planteó la pregunta de si Kafka seguía siendo tan desconocido como parecía en un comienzo. Él mismo no se consideraba un escritor famoso. Sin embargo, irónicamente o no, se refería a sí mismo como el “centro literario de Praga”.

En cualquier caso, él anteponía la literatura a todo lo demás. Como es bien sabido, le pidió a su amigo Max Brod que quemara gran parte de su obra (Kafka excluyó explícitamente La condena, El fogonero, La transformación, En la colonia penitenciaria, Un médico rural y el cuento Un artista del hambre, que él mismo consideraba como su obra), petición que Brod rechazó. Sin embargo, y esta es la tesis de Safranski, que explora repetidamente en diversas formas, Kafka mismo era literatura y vivía sólo dentro de ella, y toda la vida se convertía en literatura para él. Esto sin duda podría cuestionarse hasta cierto punto, especialmente si se consideran sus considerables éxitos profesionales (sus superiores, que querían retenerlo incluso durante la época checoslovaca, quienes aprobaban cada aumento de sueldo y que le concedían regularmente permisos por enfermedad). Pero la propia valoración de Kafka sin duda respaldaría la opinión de Safranski. Debido a la representación de estas diversas facetas de la vida y la obra de Kafka, la obra en su conjunto es altamente recomendable.

En cuanto a la poética de Kafka, la interpretación que Safranski hace de su último relato Josefina la cantante, o el pueblo de los ratones, resulta particularmente esclarecedora. Josefina posee un talento extraordinario para algo que prácticamente todo el mundo sabe hacer: silbar. Utiliza este talento para influir en toda la comunidad de ratones. Según Safranski, Kafka comprendía su obra como escritor precisamente en este sentido: como alguien que podía hacer algo mejor que todos los demás y, por lo tanto, consideraba que su escritura tenía una influencia en la sociedad.

Artículo aparecido originalmente en “Literaturkritik” 09.06.2024. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

“Kafka”. Rüdiger Safranski. (Trad. J. Seca). Editorial Tusquets, Barcelona, 2025, 314 pp.

* Stephan Wolting es catedrático en la Universidad Adam Mickiewicz de Poznań, en Polonia. Ha sido profesor en las universidades de Düsseldorf, Słupsk, Gdańsk, Varsovia, Olomouc y Breslavia. En 2007, publicó una biografía de Marcel Reich-Ranicki en polaco, en coautoría con Norbert Honsza. Es autor del estudio Undine Gruenter (2020); su último libro es la colección de relatos Nur noch weg (2025).




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