* Por Alfio Mastropaolo
1.- Entrelazamientos conceptuales
Ciudadanía y representación son conceptos fundamentales en el léxico político actual. Uno de ellos bien de lejos. Si hablamos de representación política en el sentido moderno, esta se remonta a la Revolución Inglesa, cuando vio la luz el primer régimen político fundado principalmente sobre la legitimidad electoral de un cuerpo de portavoces de la colectividad. El concepto de ciudadanía es mucho más reciente, al menos para las ciencias políticas y sociales. Cuando apareció la primera edición del Diccionario de política, editado por Norberto Bobbio y Nicola Matteucci en 1976, no hace tanto tiempo, el término no figuraba. Ni siquiera aparecía en el índice analítico. Seguiría ausente en la edición actualizada de 1983, cuando Gianfranco Pasquino se incorporó al equipo editorial: no aparecía ni como término ni como entrada en el índice analítico. El término ni siquiera figura en la reedición económica de 2004, de la que se eliminó el índice. Y pensar que, en 1976, la misma editorial publicó la traducción italiana del célebre ensayo de Thomas H. Marshall, “Citizenship and social class”, publicado originalmente en 1949 (Marshall 1976). En cuanto a la minuciosidad de los diccionarios, cabe destacar el mérito de Lessico della Politica, editado por Giuseppe Zaccaria, de 1987: la ciudadanía aparece en una entrada escrita por Giovanna Zincone, con un enfoque abiertamente marshalliano (Zaccaria 1987).
El reconocimiento de las ausencias y las presencias busca, sobre todo, resaltar el laborioso establecimiento del término. Hasta tiempos relativamente recientes, la ciudadanía se identificaba con el registro civil y los pasaportes. La Constitución italiana simplemente prohíbe la posibilidad de revocar la ciudadanía por cualquier motivo: del mismo modo que no se puede revocar el nombre ni la capacidad jurídica de nadie. Para los Padres Fundadores, y no sólo para ellos, el concepto evocaba una frontera que, como todas las fronteras, incluía y excluía. Una vez que se incluía dentro de los límites, nadie podía ser excluido.
La inclusión prevista en el lenguaje común de la palabra “ciudadanía” implicaba un perímetro no sólo geográfico, sino también histórico, cultural, jurídico y administrativo, delimitado por el Estado. Este fue su significado predominante durante mucho tiempo. Los nuevos significados, o el afinamiento de esos significados, que incluso han puesto en tela de juicio el papel del Estado, y que Sergio Caruso analiza exhaustivamente en su ensayo sobre la filosofía de la ciudadanía (Caruso 2014), son recientes. Se ha reflexionado mucho sobre la raíz del concepto de “ciudadano”, y la palabra finalmente se ha consolidado, con considerables pretensiones, en el lenguaje de las ciencias sociales, en el de la teoría política e incluso en el habla común.
La fortuna del concepto de representación política es muy distinta. Es un concepto bien establecido en el derecho y la teoría política, que en su largo andar ha encontrado espacio dentro de la sociología e incluso de la economía. Naturalmente, siempre ha sido objeto de encendidas discusiones. Como siempre ha sido muy criticada la práctica de la representación, ha estado en crisis desde su nacimiento. Sin embargo, sus vicisitudes atañen a algo bastante conocido. De hecho, podríamos observar maliciosamente que, a la luz de los tiempos que vivimos, mientras que la ciudadanía es un concepto emergente, la representación política corre el riesgo de quedar obsoleta, al menos tal como la hemos conocido. Además de las posibles involuciones plebiscitarias, hay quienes cuestionan el principio electoral y quienes imaginan formas de representación no electiva, tal vez constituidas por sorteo.

T. H. Marshall, 1950
¿Cómo se pueden entrelazar estos dos conceptos? ¿O cómo la representación, que no es sólo un concepto sino una institución, un conjunto de reglas y relaciones sociales, se relaciona con un concepto que también es una institución, pero sobre cuya práctica existen muchas incertidumbres? Sergio Caruso ha reflexionado sobre la ciudadanía como filósofo. Nosotros intentaremos seguir otro camino, el del hecho político: el éxito o la obsolescencia de un concepto también es un hecho político. ¿Cómo se consolidó la ciudadanía entre el segundo y el tercer milenio? Sería necesario un análisis largo y complicado. Nos limitaremos a plantear una hipótesis, precisamente al vincular la ciudadanía con la representación.
2. Representación
Su definición es quizá menos evidente de lo que parece. Porque si bien existe una tradición clásica, sus actualizaciones también son importantes. Para la teoría clásica, la representación es política, no una representación verdadera. Kelsen la define como una “ficción” (Kelsen 1970, 22-23). Simula una relación de delegación o un mandato, lo cual, por un lado, es claramente irreal, pero por otro, por muy simulada que sea, resulta conveniente por sus efectos legitimadores. Los críticos de la teoría clásica, encabezados por Rousseau, lo tienen fácil, pues consideran que la representación es, en realidad, un fraude. Los defensores de la teoría clásica, sin embargo, replican que la representación política, basada en las elecciones, conecta útilmente a gobernados y gobernantes, brinda a los primeros la oportunidad de transmitir sus preferencias de abajo hacia arriba y, además, les permite juzgar, aunque sea de forma aproximada, las acciones de los gobernantes.
Las ciencias sociales, no obstante, han aportado a la teoría de la representación una importante corrección. Es la teoría constructivista de la representación. No es una teoría tan reciente. Es una teoría que tiene su edad, porque fue anticipada por los elitistas. Para Gaetano Mosca, no son los electores quienes eligen al diputado, sino el diputado quien elige a los electores. Para Joseph A. Schumpeter, quien escribió más o menos medio siglo después y estaba mucho más familiarizado con la política democrática, es absurdo pensar que los electores puedan tener alguna voluntad de los electores y expresarla. Mucho menos que existan “auténticas voluntades de grupo” (Schumpeter 1954, 258). En todo caso, existen sentimientos latentes que se manifiestan únicamente porque algún portavoz considera conveniente sacarlos a la luz, darles una forma y utilizarlos para obtener consenso electoral.
Michael Saward recientemente ha sistematizado y actualizado esta corrección que no es secundaria. La representación partiría de lo que él llama un claim, un reclamo, una demanda, una reivindicación presentada públicamente por alguien, individuo o grupo, para hablar en nombre de otra persona y cuidar de sus intereses (Saward 2010). Es, más o menos, el mismo punto de vista que el de la sociología constructivista de la representación de Pierre Bourdieu. También, según este último, no es el representado el que precede al representante, sino al revés (Bourdieu 2001). No existe cuerpo colectivo que no esté constituido por la representación. Esa variante del género de la representación que es la representación política reúne a los electores. Son los pretendientes a la representación que al mismo tiempo se erigen como representantes y atribuyen a aquellos a quienes representan las características que los acercan y los convierten en un cuerpo colectivo, portador de preferencias y también de una voluntad común. Es una supply-side politics, una política del lado de la oferta. La oferta de representación, que se consolida a través de una compleja acción simbólica, pero también organizativa, que constituye la demanda. Y el presunto mandato.
Cuando se inventaron los regímenes representativos, los que pretendían la representación constituían a sus seguidores sobre bases eminentemente locales. Eran los personajes notables quienes competían por escaños en el parlamento, gracias a su clientela. Después de mediados del siglo XIX, la historia de la representación se reescribió inventando una nueva tecnología y un nuevo gran cuerpo colectivo: la tecnología eran los partidos populares, el cuerpo colectivo era la clase social. No fueron sólo los pretendientes a la representación quienes la proporcionaron: hubo muchos otros, artistas, escritores, científicos sociales y otros. El hecho es que las víctimas de la industrialización se convencieron de que eran una clase. Por un lado, los partidos organizaron y fidelizaron a su electorado y, por otro, estructuraron toda la disputa política. La propia burguesía, que hasta entonces se había percibido como una totalidad, fue representada por los partidos socialistas como una clase, se percibió como una clase y finalmente fue representada como una clase por sus propios portavoces, quienes sin embargo insistieron en declararse interclasistas: las clases estaban ahí, pero las recompusieron. Lo mismo ocurre con los partidos confesionales. Las excepciones (ningún esquema debe tomarse nunca de manera demasiado rígida) fueron los partidos de extrema derecha, los nacionalistas y los fascistas, quienes, siendo congénitamente reacios al pluralismo, se apropiaron y reformularon para su propio uso uno de los grandes temas del liberalismo del siglo XIX, el de la nación.
La interpretación de la representación ya sea como claim o reclamo ya sea como oferta de representación corresponde a una evidencia empírica. Es muy difícil establecer qué y cuánto pasa por la representación como movimiento de abajo hacia arriba. Mientras que la representación como oferta de representación es más fácil de medir: primero en términos de consenso electoral, pero, si trabajamos en ello, también en términos de ingeniería social. En esta sede, nos serviremos de esta interpretación porque resulta muy conveniente para establecer una conexión no obvia con la ciudadanía. Se da por descontado que entre los derechos de la ciudadanía se encuentra el derecho a la representación. Mucho menos obvio es considerar el uso político que se ha hecho de la ciudadanía dentro de la oferta de representación.
Vayamos en orden. Todas las historias terminan. La historia de la representación a través de partidos y centrada en una concepción clasista de la sociedad se la llevó el siglo XX. ¿Por qué terminó? Podemos hacer muchas hipótesis. La primera es que su fundamento principal se ha agotado, contraído o dispersado: la sociedad industrial. En parte, ella ha transmigrado fuera de Occidente, en parte ha evolucionado tecnológicamente y se ha retirado a unas pocas regiones privilegiadas de Occidente, en parte la clase específicamente vinculada a la industrialización ha sido disuelta sociológicamente por el posfordismo. También se puede argumentar que la clase trabajadora ha sido víctima de un proceso de desrepresentación. Así como hay construcción, puede haber deconstrucción. Aunque dificultosamente, una gran parte de la clase trabajadora, en realidad, sobrevive y, si el mundo del trabajo manual se ha contraído, el mundo del no trabajo se ha expandido: el de la flexibilidad y el del desempleo. Se habría podido definir una clase. Las ciencias sociales, que han utilizado mucho este último concepto, han preferido descartarlo y dedicar su atención a los individuos.
Políticamente es posible entender a los partidos. La confirmación, actualización y mantenimiento de la clase era un compromiso político muy gravoso. Organizarla, como lo hicieron los partidos socialistas, ciertamente lo fue. Por diversas razones, los partidos prefirieron la movilización mediática de los votantes. Además, los partidos socialistas han remodelado su acción representativa, dirigiéndose a las clases medias, abandonando a las clases trabajadoras. Esta es también una de las muchas preguntas sin respuesta: ¿era necesario abandonar a estas últimas? En cualquier caso, su oferta de representación ha cambiado. Gracias a los medios de comunicación, los reclamos o claims desechables son posibles: basados en acontecimientos, escándalos, personajes, etc. Además, todo el mercado de la representación ha cambiado.
3. El despertar de la ciudadanía
Vayamos al punto, esto es, a la ciudadanía. Estos desarrollos, sin embargo, obviamente no han resuelto los problemas de la representación y de quienes la pretenden. De hecho, los han complicado. La eliminación de las clases ha dejado sin aliento a la acción representativa llevada a cabo por los partidos mainstream. La representación mediatizada está fragmentada y provoca una extrema dispersión del electorado. Son bien conocidos los fenómenos de desapego de este último, entre los que destaca notoriamente el aumento del abstencionismo. Es necesario encontrar algún principio unificador. También es una cuestión de marketing. Pero también de fondo. Las clases sugerían un horizonte de largo plazo. La representación fragmentada no tiene horizonte. Los partidos de extrema derecha populista han estado pensando en esto desde su nacimiento, aproximadamente entre los años 1970 y 1980, encontrando su principio en el pueblo. Que es una fórmula antigua y lista para usar. En realidad, su idea del pueblo ocultaba el principio de nación, que no podían permitirse. Redescubrir la alteridad, para construir una comunidad más estable, era una operación muy fácil, que de hecho encontró una buena audiencia en todos los estratos sociales: no sólo, como nos gusta decir, entre las clases trabajadoras dañadas y maltratadas por el fin del fordismo. El pueblo de los populistas es, por tanto, un ethnos que se diferencia de cualquier otro por la historia, la cultura, la religión, sus tradiciones y, naturalmente, por la sangre. Gracias a las grandes migraciones, lo “otro”, lo diverso, estaba ahora al alcance de la mano: en las calles, en las escuelas, en los condominios, en los hospitales, en los medios de transporte. ¿Por qué no aprovecharlo?
Los partidos populistas, por lo tanto, se han salido con la suya con el pueblo/nación. ¿Cómo se quitaron del camino los partidos mainstream? Incluso aquellos de derecha han sucumbido a la tentación de redescubrir el nacionalismo. Tenían menos desventajas. El caso más ilustre es el thatcherismo. Que hablaba del pueblo, como siempre les ha gustado a los líderes de los partidos conservadores, pero insistió mucho en su britishness, su carácter británico. No es casualidad que Stuart Hall hablara de populismo autoritario. En palabras de Thatcher, la dosis de nacionalismo era enorme, dirigida principalmente en contra de los inmigrantes, aunque con cierta hipocresía —la seguridad— para edulcorarla o hacerla menos impresentable. Y se ofreció, como horizonte, ante todo a los contribuyentes (tax-payers), a las clases medias independientes, a las clases propietarias. Hubo dos golpes de genio de Thatcher. Uno, enviar la Royal Navy a las Islas Malvinas; el otro, entregar grandes empresas públicas y las council houses a pequeños ahorrantes, combinando identidad y propiedad.
Quienes se encontraron en problemas fueron los partidos socialistas y socialdemócratas, los huérfanos por excelenciade las clases sociales. En esas zonas también se sintieron algunos arrebatos de nacionalismo. Pero normalmente prefirieron buscar otros principios unificadores. Uno es la sociedad civil, otro la democracia, un tercero, la moral pública. Aún no lo han encontrado. Durante una breve temporada, la ciudadanía volvió a propósito. Eso tampoco funcionó, pero entró en el léxico político y posteriormente recibió una atención extraordinaria, en razón de las circunstancias.
También necesitamos entender a los partidos socialistas. Inicialmente, en la década de 1980, se vieron abrumados electoralmente por los partidos de la derecha liberal. Ellos también se habían reconvertido a la política mediática y no estaban acostumbrados a la labor de campo. Finalmente, también se convencieron de que su antiguo público estaba condenado a desaparecer y se adaptaron. El caso más interesante de todos, y la adaptación más lograda, es el del New Labour o Nuevo Laborismo de Tony Blair, que más que ningún otro se ha comprometido intelectualmente a conducir y legitimar su propia reconversión. En su elaboración, la ciudadanía ha obtenido un espacio que no había tenido hasta ahora en el lenguaje político. ¿Lo habría conseguido de todos modos? No lo sabemos. Sabemos que en aquellas circunstancias el concepto de ciudadanía se acercó a los de sociedad civil y civismo, este último puesto en boga gracias a las investigaciones de Robert D. Putnam (2004). Ocurre, no tan infrecuentemente, que conceptos de las ciencias sociales superan el cerco que aísla a la academia para acceder a circuitos mucho más amplios y políticamente relevantes. Quizá sucedió esta vez también.
4. Ciudadanía y tercera vía
El Partido Laborista, rebautizado como Nuevo Laborismo (New Labour) en la era Blair, era ante todo un homenaje a la tradición. Quien rediseñó por primera vez el concepto de ciudadanía fue el ya recordado Thomas H. Marshall, un sociólogo británico, que completó su carrera académica en la London School of Economics y era cercano al Partido Laborista. Cuando la experiencia reformadora —quizá incluso revolucionaria— del gobierno de Attlee estaba llegando a su fin, Marshall había definido la ciudadanía como pertenencia a la comunidad, en ese tiempo delimitada por el Estado. Era una pertenencia cuya intensidad había madurado históricamente, a través de tres oleadas diferentes de derechos: civiles, políticos y sociales. Lo cual, para Marshall, habría permitido, si no cancelar, al menos balancear y hacer soportables las desigualdades de clase. El capitalismo dividía, la ciudadanía reunía.
El homenaje a Marshall ofrecía una imagen, una fórmula, una palabra con la que la propuesta de representación del Nuevo Laborismo podía representar a toda su base. Es decir, podía convertirla en un cuerpo colectivo para contrarrestar el concepto de “pueblo”, tan apreciado por el thatcherismo y la incipiente derecha populista. Tony Blair se puso manos a la obra personalmente. Aunque parte de ello se encuentre en las páginas de su principal inspirador intelectual: Anthony Giddens, otro sociólogo de la London School of Economics, de la que también procedía William Beveridge.

Tony Blair, líder del Nuevo Laborismo
La recuperación del legado de Marshall, sin embargo, fue mucho más que un acto formal. La contribución de Giddens ni siquiera fue particularmente influyente. Mientras que para este último “la ciudadanía tiende a producir cohesión social, puesto que los derechos de ciudadanía los ostentan prácticamente todos los miembros de la comunidad nacional” (Giddens 1994, 71), Blair, interesado en la ciudadanía y también en la comunidad, pero no tanto en la cohesión social, intervino personalmente. En un texto de 1993, un año antes de su ascenso al liderazgo del partido y, por lo tanto, de la oposición, titulado Why modernisation matters (“Por qué importa la modernización”), esbozó su proyecto: “Reconstruir Gran Bretaña como una comunidad fuerte, con una noción moderna de ciudadanía al centro, es el objetivo político para la nueva era. El Partido Laborista debe transformarse en un vehículo creíble para lograrlo” (para una discusión de la experiencia del Nuevo Laborismo y la contribución de Blair, cfr. Bevir (2010); sobre la ciudadanía, cfr. Morrison (2018)).
Pero, ¿cómo se entendía la ciudadanía?
En primer lugar, la reintegración de los individuos a la vida colectiva no sólo se aplicaba a la esfera civil y social, sino que también se extendía al mercado. Para Marshall, la ciudadanía era una compensación. Para Blair, los ciudadanos también debían participar en el mercado como corresponde, aceptando el desafío de la competencia que este presupone, y no solamente disfrutando de derechos. De hecho, escribió: “Los derechos que recibimos deben corresponder a los deberes que tenemos”.
Lo que unía a la ciudadanía, para Blair, eran las obligaciones recíprocas: no era, de hecho, tarea del Estado garantizar a todos sus ciudadanos la igualdad de derechos a la luz de un principio de justicia social, sino que el Estado ofrecería a todos las herramientas, las “oportunidades”, para participar en la vida colectiva, aunque no a título gratuito: “Por cada nueva oportunidad que ofrecemos, exigimos a cambio responsabilidad”. En efecto, quienes no cumplieran con sus deberes perderían sus derechos o se encontrarían en una situación en la que se les negarían algunos de los derechos otorgados a otros ciudadanos. Dicho con mucha franqueza, para Blair: “Si invertimos en dar a los desempleados la posibilidad de encontrar trabajo, ellos tienen la responsabilidad de aceptarlo o perder el subsidio”.
En la segunda mitad de la década de 1940, el Partido Laborista creía estar encaminado hacia el socialismo, y para Marshall, Gran Bretaña ya era un país socialista. En el vino de Attlee y Bevin sus sucesores echarán mucha agua, pero les habrá quedado un poco de vino. Tras quince años de duras derrotas electorales, el Nuevo Laborismo adoptó sin reservas la interpretación del estado del mundo del neoliberalismo, salvo para revisar sus políticas, y llamaba de nuevo al servicio a la ciudadanía, si bien la enmendó: para Marshall, era la culminación de un camino de emancipación que se remontaba a siglos atrás; para Blair, “una noción moderna de ciudadanía otorga derechos pero exige obligaciones, muestra respeto pero lo exige a cambio, brinda oportunidades pero insiste en la responsabilidad. Por lo tanto, el objetivo de la política económica y social debería ser el de ampliar las oportunidades, eliminar las causas en la base de la alienación social, pero también debería incluir medidas severas para garantizar que se aprovechen las oportunidades ofrecidas”. Los derechos sociales habían quedado relegados a un segundo plano: “Debemos crear”, reiteró Blair en 1996, “una sociedad basada en la noción de derechos recíprocos y de responsabilidad… Como sociedad, aceptamos la obligación de dar a cada uno una perspectiva para su futuro. Y, a cambio, cada persona acepta la responsabilidad de responder, de trabajar para superarse”.
5. Ciudadanía y democracia
Este no es el lugar para hacer la exégesis del pensamiento de Blair y del Nuevo Laborismo. Pero se trata de simplemente avanzar una hipótesis. Blair es una figura política que puede ser juzgada de muchas maneras. Pero no se puede negar que fue el hombre adecuado en el momento adecuado y que presentó una propuesta de representación y gobierno que resultó exitosa durante más de una década. No sólo eso: también orientó el espíritu de la época. La han seguido todos los partidos de la familia socialista y socialdemócrata europea, al igual que los supervivientes de un importante partido ex comunista. ¿Fue la suya la única y más apropiada respuesta al cambio social y al gran “giro de mercado” (market turn)? Últimamente, muchos de sus antiguos entusiastas fruncen el ceño. Sinceramente, es muy difícil pronunciarse. La historia no ofrece pruebas en contrario, y cada uno tiene su propia respuesta. Lo que sí es seguro, sin embargo, es que el Nuevo Laborismo ha roto una tradición y creado otra, impregnada de moralismo e individualismo. Su distinción entre quienes son laboriosos y cívicos y quienes no lo son revive también un viejo vicio de muchos liberales: nos conceden ser libres, pero prescriben cómo serlo. Comparado con el paternalismo burocrático del que se acusaba al Estado de bienestar, ¿es un verdadero progreso? ¿ O, sobre todo, tiene el mérito de ser democráticamente más compatible que el pueblo constituido sobre una base étnica?
El plan de establecer un organismo colectivo de amplia base bajo el pretexto de la ciudadanía pronto cayó en el olvido. El Nuevo Laborismo se vio arrastrado por la política mediática y, de hecho, fue uno de los partidos que más y mejor la explotó. Pero el éxito posterior de la idea de ciudadanía —que es un éxito problemático pero indiscutible— quizá se deba en parte a ella. La iniciativa de la ciudadanía ha provocado una repercusión intelectual impresionante. En la rica bibliografía recopilada por Sergio Caruso, sólo hay un título anterior a la década de 1980: el famoso ensayo de Marshall. Le siguen una docena de títulos de finales de los años 80 hasta mediados de los años 90. Hay alrededor de un centenar de títulos posteriores. Quizá sea una coincidencia, pero quizá Blair ha tenido el mérito de haber destapado una imponente cantidad de estudios.

Las relaciones entre representación y democracia no son unívocas y pueden volverse complejas.
Para concluir, Marshall encontraba en la ciudadanía una oportunidad para el compromiso, o el equilibrio, entre la ambición democrática de justicia social y las expectativas de beneficios de la economía capitalista. El resurgimiento de la ciudadanía por parte de Blair ni siquiera representa una concesión a la baja. Las expectativas de ganancias pertenecen al orden natural de las cosas. Al observar los acontecimientos, se trató de una rendición, casi incondicional, de la democracia al capitalismo. Pero esta rendición fue del Nuevo Laborismo, no de quienes han reavivado el tema de la ciudadanía, que desde principios de la década de 2000 se ha convertido en el centro de un colosal debate, como demuestra la valiosa investigación de Sergio Caruso. Es un debate que se inclina más hacia Marshall que hacia el Nuevo Laborismo. Caruso también se suma a esta postura cuando reconoce el potencial congregante de la ciudadanía: “La razón liberal-democrática y la sociedad abierta también necesitan de ‘mitos’, o al menos de ideas fuerza y de consignas capaces de encender los corazones. La ciudadanía tal vez pueda satisfacer esta necesidad” (Caruso 2014, 51).
Ese es el tema con el que comenzamos: la representación y la política no pueden quedar aprisionadas en la superficialidad del marketing electoral, porque morirían de asfixia. Necesitan conferir a su labor un valor más noble y respetable que la mera sumatoria de intereses privados y emociones momentáneas. Caruso incluso retoma el tema, en el doble frente de la representación y la ciudadanía. La sociedad está hecha de muchas esferas. ¿Por qué limitarlas a la esfera política? ¿Podría el futuro de la representación política, que actualmente no se ve muy luminoso, residir no en su repliegue, sino en volver finalmente a la ofensiva al lado de la ciudadanía?
Bibliografía
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Bourdieu, Pierre. 2001. “La représentation politique” y “Délégation et fétichisme politique”, en Id. Langage et pouvoir symbolique. Paris: Fayard. [Hay versión castellana de ambos textos: “La representación política”, en Id. 2001. El campo político. Trad.: N. Larrazábal y E. Capdepont (dirs.), La Paz: Plural; “La delegación y el fetichismo político”, en Id. 1996. Cosas dichas. Trad.: M. Mizraji, Barcelona: Gedisa].
Caruso, Sergio. 2014. Per una nuova filosofia della cittadinanza. Firenze: Firenze University Press.
Giddens, Anthony. 1994. Beyond Left and Right. The Future of Radical Politics. Londres: Polity. [Hay versión castellana: Anthony Giddens. 2001. Más allá de la izquierda y la derecha. Trad.: M. L. Rodríguez, Madrid: Cátedra].
Kelsen, Hans. “Essenza e valore della democrazia”, en Id. I fondamenti della democrazia e altri saggi. Bologna: Il Mulino. [Hay versión castellana: Hans Kelson. 1977. Esencia y valor de la democracia. Trad. R. Luengo Tapia y L. Legaz y Lacambra, Barcelona: Guadarrama].
Marshall, Thomas H. 1976. Cittadinanza e classe sociale. Torino: Utet. [Hay versión castellana: T. H. Marshall y Tom Bottomore. 1998. Ciudadanía y clase social. Trad.: P. Linares, Madrid: Alianza]
Morrison, David. 2018. “New Labour, citizenship and the discourse of the Third Way.” En S. Hale, W. Leggett, L. Martell (eds.). The Third Way and Beyond. Criticisms, futures, alternatives. Manchester: Manchester University Press.
Putnam, Robert D. 2004. Capitale sociale e individualismo. Crisi e rinascita della cultura civica in America. Bologna: Il Mulino. [Hay versión castellana: Robert D. Putnam. 2002. Solo en la bolera. Colapso y resurgimiento de la comunidad norteamericana. Trad. J.L. Gil Aristu, Barcelona: Galaxia Gutenberg].
Saward, Michael. 2010. The Representative Claim. Oxford: Oxford University Press.
Schumpeter, Joseph A. 1954. Capitalismo, socialismo, democrazia. Milano: Edizioni di Comunità, Milano. [Hay versión castellana: Joseph Schumpeter. 1968. Capitalismo, socialismo y democracia. Trad. J. Díaz García, Madrid: Aguilar].
Zaccaria, Giuseppe. 1987. Lessico della politica. Roma: Edizioni Lavoro.
Artículo aparecido originalmente en el libro La cittadinanza tra giustizia e democrazia (Firenze University Press, 2023), editado por Stefano Grassi y Massimo Morisi. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia
* Alfo Mastropaolo es profesor emérito de la Universidad de Turín. Se ha interesado por el fenómeno de la antipolítica, los parlamentos y la representación, así como las aporías de la democracia. Es autor de, entre otros, los libros: La mucca pazza della democrazia. Nuove destre, populismo, antipolitica (2005), Il parlamento. Le assemblee legislative nelle democrazie contemporanee (con Luca Verzichelli, 2006), La democrazia è una causa persa? Paradossi di un’invenzione imperfetta (2011) y Fare la guerra con altri mezzi (2023).
Dos aportaciones al estudio de la representación política

La representación, su idea y su práctica, qué es y qué puede ser, es un asunto de vital importancia para la política. Inicialmente no relacionado con la democracia, el significado de la representación política evolucionó hasta estar fuertemente asociado a ella.
La representación tiene una larga historia en la teoría política y social. Se refiere a la noción de que los representantes electos hablan por la ciudadanía en los parlamentos y a través de otros espacios políticos. Pero las democracias liberales de todo el mundo se enfrentan a diversos desafíos, que incluyen la disminución de la participación electoral, la poca representación de grupos sociales oprimidos y la falta de congruencia entre el voto popular y el número de escaños. Estos fenómenos han producido, en parte, una “crisis de representación”, en un clima general de desconfianza e insatisfacción con las instituciones democráticas.
Sobre la representación política, el libro póstumo de Óscar Godoy Arcaya (muerto en 023) está dedicado a revisar el concepto de representación desde sus orígenes hasta los problemas actuales en las democracias liberales. Mezcla de análisis filosófico, histórico y político, es una obra inacabada, en que consideraba siete partes que correspondían a siete momentos del gobierno representativo y que el autor pudo redactar de forma completa seis. La parte inacabada, justamente abordaba la reciente “crisis” referida, que seguramente hubiera mostrado la misma claridad e impecable erudición. El autor aclara que, a diferencia de la democracia directa de la Antigüedad clásica, en la democracia representativa la ciudadanía participa a través de otro, al que se ha elegido, autorizado o habilitado para gobernar. Y señala: “En este texto se expone un análisis conceptual y genealógico de la teoría y a práctica de la democracia representativa, vigente en una proporción importante de los regímenes políticos que actualmente gobiernan en el mundo”. Considera la “democracia antigua” de la Edad Media (siglos XIII a XV). Pero el libro se plantea como una investigación sobre el Estado moderno y, por lo tanto, su punto de partida está justamente en la fundación del mismo en los siglos XV a XVII, y considera como protagonistas en este punto a Maquiavelo, Bodin y Hobbes. Es entonces cuando el Estado hace suyo el régimen monárquico y que deviene en el absolutismo. Luego los críticos del absolutismo, como Locke y los filósofos de la Ilustración, desarrollan una nueva teoría del gobierno representativo, que crean las condiciones de las revoluciones inglesa y un siglo después la estadounidense y la francesa. Ya en el siglo XVIII se centra en filósofos ilustrados como Montesquieu, Rousseau, Sieyès y Kant. Y en el siglo XIX, en autores como Constant, Tocqueville y Stuart Mill, así como los movimientos que dieron lugar a la democracia representativa en el siglo XX y su relación con los partidos políticos, a través de autores como Schumpeter y Dahl.
Por su parte, El sistema representativo, de Felipe Rey, presenta y discute distintas concepciones de la representación en los estudios empíricos y normativos sobre el tema, adoptando un interés fundamentalmente normativo (el teórico “no puede cambiar los comportamientos de las audiencias. Sí puede, no obstante, considerar seriamente los argumentos allí planteados, pulirlos y cuestionarlos o apoyarlos”). Deja en claro que considera la representación política como intrínsecamente valiosa porque promueve la inclusión, la deliberación y otros valores democráticos.
Sin embargo, piensa que la defensa contemporánea de la representación (el “giro representativo”) asume una visión estrecha que no da cuenta de los beneficios que tiene no solamente para los ciudadanos individuales, sino para la ciudadanía en su conjunto. Habría dos enfoques para abordar la representación política: uno “reduccionista” y uno “sistémico”: el primero se enfoca en la representación de ciudadanos individuales por representantes individuales (por lo general, legisladores); el segundo lo hace en la representación de la ciudadanía por el sistema representativo como un todo. Es decir, este enfoque se propone evaluar la representatividad del sistema, en lugar de la representatividad entre individuos (representados y representantes) y no solamente en un momento, sino a largo plazo. De esta forma, lo importante es que el sistema como un todo sea representativo, no que cada uno de los actores del sistema lo sean. Un ejemplo podrían ser los jueces y tribunales constitucionales. La discusión de si hay representación judicial de los ciudadanos por los jueces constitucionales: los defensores de esta idea sostienen que aunque los jueces constitucionales, a diferencia de los legisladores, no representan electoralmente a los ciudadanos, sí pueden entenderse como representantes “argumentativos” o “reflexivos”, dado su deber de argumentar y justificar sus decisiones en términos de principios constitucionales, de manera que representarían así el interés de los ciudadanos. Rey entrega elementos para pensar que la justicia constitucional puede cumplir funciones representativas “sistémicas”, sin ser una institución representativa. Y propone criterios para determinar las condiciones mínimas que deben cumplir los sistemas representativos para ser considerados democráticos, elementos para diferenciar distintos niveles de representación y criterios para juzgar la representación en los términos que llama sistémicos.

“Sobre la representación política”. Óscar Godoy Arcaya. Editorial FCE, México, 2025, 284 pp.

“El sistema representativo”. Felipe Rey. Editorial Gedisa, Barcelona, 2023, 380 pp.

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