La paleta multicolor de Daniel Roche

El estadounidense Robert Darnton comenta un aspecto de la obra de su amigo, el francés Daniel Roche (1935-2023) y su interés por la vida cotidiana bajo el Antiguo Régimen. Son dos de los más prominentes historiadores del siglo XVIII francés, que ayudaron a cambiar la comprensión del Siglo de las Luces.

* Por Robert Darnton

La ciudad de la luz era oscura y gris en el siglo XVIII. Según Louis Sébastien Mercier, las casas altas que se alzaban sobre las calles estrechas y la atmósfera llena de humo apenas permitían ver el cielo: “El humo eterno que asciende de estas innumerables chimeneas oculta a la mirada las puntas de los campanarios”[1]. Cuando los historiadores abordan la experiencia sensorial de los parisinos durante el Antiguo Régimen, mencionan los ruidos (pregones callejeros, cascos de caballos y carruajes pasando sobre el empedrado) y los olores nauseabundos, especialmente en Les Halles o, hasta 1786, en los alrededores del Cementerio de los Inocentes[2].  Daniel Roche no subestima lo desagradable del mundo que experimentaban los pobres de París, pero ve un aspecto que ha pasado desapercibido para otros investigadores: el color. Así, nos revela un París multicolor, transformado por una nueva paleta cromática a finales de siglo, a pesar de la grisura del aire.

Daniel Roche no ve este cambio en la atmósfera y/o en el paisaje arquitectónico, a pesar de que la Plaza Luis XV (hoy Plaza de la Concordia), la demolición de las casas en los puentes y la expansión de los barrios hacia el oeste contribuyen a una cierta apertura de la ciudad. Es en el seno de la vida privada, donde predominan las “cosas banales”, como los utensilios de cocina, los muebles y, sobre todo, la ropa, donde descubre una “revolución sensorial” vinculada al color[3].

Me parece que este tema en la obra de Daniel Roche no se ha considerado lo suficiente, y atribuyo su importancia a su propia experiencia. Él era acuarelista. Pasaba los veranos cerca de Brantes, en la Alta Provenza, no solamente escribiendo sus obras maestras — Le Peuple de Paris (1981), La Culture des apparences (1989), o su Histoire des choses banales (1997), de la que extraigo las informaciones que siguen—, sino también pintando. Prefería los colores vivos, dominados por el verde de los cipreses y el azul del cielo. Puedo dar testimonio personal, ya que me regaló cuatro acuarelas que cuelgan en las paredes de mi departamento. Su esposa, Fanette Roche-Pézard, era historiadora del arte y alentó la pasión de Daniel, a la vez que la sometía a una crítica amable. Tras la muerte de Fanette en 2009, Daniel dejó de pintar, pero no de frecuentar exposiciones. Hasta cierto punto, era un ojo experto que apreciaba la paleta de colores del París del siglo XVIII.

Daniel Roche nos revela un París multicolor, transformado por una nueva paleta cromática. Artistas callejeros en la calle St. Antoine, París (pintura del s. XVII, Escuela francesa).

En mi opinión, la obra fundamental de Daniel es Le Peuple de Paris. En ella analiza de manera sistemática los objetos que rodeaban a los pobres —especialmente a los sirvientes y jornaleros— en sus hogares, que a menudo consistían en una sola habitación ocupada por cuatro o cinco personas. Su método serial y estadístico, aplicado a dos conjuntos de inventarios póstumos —200 para el período 1718-1722 y 200 para el período 1788-1792— le proporciona una recolección de cifras extraídas de las descripciones, bastante sumarias, de los notarios. Para interpretarlos, se basa en sus lecturas de todo tipo de obras del siglo XVIII, empezando por los escritos de moralistas, el Tableau de Paris de Louis-Sébastien Mercier o Les Nuits de Paris de Restif de la Bretonne, sin olvidar las obras de ficción como La Vie de Marianne de Marivaux.

La cama constituye el principal elemento del patrimonio de los pobres de Peuple de Paris. En sus alojamientos la ropa de cama es de lana blanca, sarga verde y a veces con una manta roja, aunque las colchas pintadas aparecen hacia el fin del siglo. Frente a la cama, alrededor de la chimenea, los utensilios de cocina —platos, escurridores, salseras, ollas de agua— dan testimonio de la desaparición el estaño y la llegada de la cerámica de colores, la loza blanca, a veces incluso ollas de porcelana Wedgwood. El mueble clave era el armario de roble, nogal o pino que poco a poco sustituyó al arcón. Bajo Luis XIV, las sillas de madera blanca con asiento de paja solían cubrirse con un modesto tapiz; bajo Luis XVI aparecieron algunos sillones de terciopelo de Utrecht o en satén de Brujas. Las paredes están adornadas con tapices de Bérgamo, pero los sirvientes más adinerados adoptan innovaciones decorativas como cortinas fijas, papeles pintados y espejos con marcos de madera dorada. “En general, para la mayoría, la decoración sigue estando dominada por el verde de los tapices de Bérgamo o el gris crudo de las sargas, rara vez el rojo, para una minoría, las escenas de fantasías históricas, los colores vivos, los motivos, las rayas, las flores, el follaje, introducen una más variada tonalidad a imitación de las clases privilegiadas”[4]. La creciente variedad de colores refleja una mejora de las condiciones económicas y la transformación del consumo, a pesar de la pobreza endémica de los trabajadores asalariados.

La expansión de la gama cromática de la vestimenta y el crecimiento de los guardarropas reflejan los cambios que se producían en el siglo XVIII. Daniel Roche lo ve como una “revolución en la indumentaria”[5].  El número de prendas en los guardarropas se duplicó entre 1700 y 1775, pasando de 4 o 5 elementos a una decena para los hombres, y de media docena a 14 para las mujeres. A finales de siglo, los hombres comenzaron a usar chalecos, a veces verdes y amarillos, y se inclinaron por los estampados de rayas y cuadros. Las mujeres abandonaron el predominio del negro, el gris y el café para usar el rojo, el amarillo y el azul, “y, sobre todo, innumerables tonos suaves y apagados […] café rojizo, canario, malva tórtola, gris tornasol, burdeos, morado”[6]. El espectáculo de la calle se había transformado. Ahora, la gente del pueblo compra su ropa en tiendas de segunda mano y comerciantes de ocasión, donde se pueden adquirir prendas usadas, pero más coloridas, que pertenecen a gente adinerada. “La joven trabajadora se arregla como una burguesa, el aprendiz viste como un señorito”[7]. Además, la vestimenta ya no es un buen indicador de la posición social de quienes pasean. En cuanto a las murallas de la ciudad, se vuelven cada vez más coloridas a lo largo del siglo, gracias a letreros y carteles. Daniel Roche puede describir la “audaz policromía” de las imágenes que adornan las calles, donde “los leones son rojos y los caballos son verdes”[8].

La expansión de la gama cromática de la vestimenta y el crecimiento de los guardarropas reflejan los cambios que se producían en el siglo XVIII. Antoine Raspal: «Taller de costura en Arlés» (1760).

Estas ideas y estas coloridas descripciones se desarrollan en las obras posteriores de Daniel Roche. En La Culture des apparences, estudia la vestimenta en cada detalle, explorando los guardarropas de los burgueses y de los nobles, así como los armarios de los pobres. Enfatiza temas novedosos, como “la invención del lino” y “el prestigio del uniforme”. Para comprender mejor el surgimiento de una nueva paleta de colores, extiende su investigación a los talleres de tintoreros, un mundo repleto de 250 maestros artesanos y más de 500 aprendices, divididos en tres comunidades, cada una con sus privilegios. “Los maestros de los tintes mayores eran los únicos que podían utilizar los diecisiete colores secundarios del escarlata, desde el rojo escarlata hasta el escarlata grisáceo; manejaban cinco tonos de gris y verde, desde el gris parduzco hasta el gris castor, desde el verde hierba hasta el verde mar”. Los maestros de los tintes menores tenían a su disposición “los tonos barriga de ciervo, canela, amigo triste, pan moreno, almizcle y castaño”. En cuanto a los tintoreros de seda, lana e hilo, se especializaban en una sola tela y podían utilizar otros tonos[9]. El lector queda deslumbrado por esta sensibilidad erudita, que supera su capacidad de observación e incluso su vocabulario.

Los colores abundan en Histoire des choses banales y saltan a la vista en los capítulos dedicados a la vida cotidiana. Así también en la comida, donde aparecen nuevas verduras en las mesas de los bon vivants: los espárragos y las alcachofas añaden matices de verde, y “el discurso gastronómico […] se vuelve más exigente en materia de colores”[10]. Con el auge del alumbrado urbano y la “lucha contra la noche”, nuevas luces, nuevos destellos se extienden durante las festividades nocturnas, en el teatro y en la iglesia[11]. Con estadísticas como apoyo, Daniel Roche mide el avance de la claridad: 2.736 linternas de vela en 1697; 6.400 en 1740. Cuenta 7.000 faroles de aceite en 1766 y estos difundían la luz con mayor eficacia, haciéndola más pura gracias al cristal de Bohemia[12].

Libros de Roche: Le Peuple de Paris (1981), La Culture des apparences (1989), Histoire des choses banales (1997).

La evolución de la paleta cromática de París en el siglo XVIII refleja varios aspectos de la historia social: la difuminación de los rangos dentro de una cultura de apariencias transformada en la década de 1780, por ejemplo, o incluso el comienzo de una sociedad de consumo. Pero Daniel Roche apreciaba los colores en sí mismos. Los evocaba para “hacer más rigurosa una historia impresionista”:

«La idea principal es que existe un subsuelo en la civilización, un ámbito donde la rutina, la inercia y la escasa conciencia ejercen su máxima influencia, un espacio donde reina el silencio por sobre las experiencias comunes, pero vividas principalmente en privado, una temporalidad larga, marcada por rupturas sutiles, cambios apenas visibles, donde predominan los hábitos, las costumbres y las tradiciones, desafiando las dataciones fáciles y las divisiones sociales reconocidas”[13].

A través de sus ricas observaciones, el historiador-acuarelista nos ha revelado un mundo desconocido, habitado por gente común que constituía y sigue constituyendo la gran mayoría de la humanidad.

Artículo aparecido originalmente en “Revue d’histoire moderne et contemporaine” 71-3 (2024). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia


[1] Louis Sébastien Mercier, Tableau de Paris, éd. Jean-Claude Bonnet, Paris, Mercure de France, 1994, t. I, p. 34.

[2] Ver, por ejemplo, David Garrioch, The Making of Revolutionary Paris, Berkeley, University of California Press, 2002, pp. 1-2; Patrick Süskind, Das Parfum. Die Geschichte eines Mörders, Zurich, Diogenes, 1985 [Hay versión castellana: Patrick Süskind, El perfume, trad. P. Giralt, Barcelona, Seix Barral, 1985].

[3] Daniel Roche, Le Peuple de Paris. Essai sur la culture populaire au XVIIIe siècle, Paris, Aubier Montaigne, 1981, p. 176.

[4] Ibidem, p. 154.

[5] Ibidem, p. 197.

[6] Ibidem, p. 177.

[7] Ibidem, p. 183.

[8] Ibidem, p. 231.

[9] Daniel Roche, La Culture des apparences. Une histoire du vêtement (XVIIe-XVIIIe siècles), Paris, Fayard, 1989, pp. 270-271.

[10] Daniel Roche, Histoire des choses banales. Naissance de la consommation dans les sociétés traditionnelles (XVIIe-XIXe siècle), Paris, Fayard, 1997, p. 261.

[11] Ibidem, p. 127.

[12] Ibidem, pp. 35 y 137.

[13] Ibidem, p. 13.

* Robert Darnton (1939) es un muy destacado historiador estadounidense. Ha sido profesor en las universidades de Princeton y de Harvard. Estudioso de la Francia prerrevolucionaria y de la historia del libro. Es autor de una amplia obra y entre sus últimos libros se cuentan: “Un magno tour literario por Francia” (2018; FCE, 2022); “Piratería y edición” (2021; FCE, 2024), “El temperamento revolucionario” (2023; Taurus, 2025) y “The Writer’s Lot” (2025).




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