* Por Celeste Marcus
Una ligera emanación de desprecio impregna Las perfecciones de Vincenzo Latronico. Esta novela, breve y elegante, se publicó originalmente en italiano en 2022. A medida que se desarrolla la historia, el lector sospecha primero, y finalmente se encuentra rezando para que a Latronico no le gusten sus protagonistas, Anna y Tom. Anna y Tom son seres humanos, al igual que las plantas que adornan su sobrio apartamento berlinés son vegetación viva: innegablemente, pero también casi incidentalmente, vitales, desarraigadas, reemplazables. No necesitan estar aquí. “Aquí” es un espacio liminal.
Tal vez hayas oído hablar de Annas y Toms, tal vez incluso hayas discutido lo que representan con suficiente frecuencia para que ya tengas un nombre para su tipología. Las Annas y los Toms viven en Berlín porque es allí donde uno se va cuando uno preferiría no ser de ningún lugar. Berlín es una abdicación, es un escape del terrible período de la historia humana que quienquiera que lea esta reseña se ve obligado a vivir. Si estás leyendo esto, es muy probable que te preocupe profundamente un pedazo de tierra en el planeta que actualmente está asolado por la agitación política y social. Es más que probable que hayas perdido el sueño por algo tan importante e idiota como la política. Estás ansioso y molesto por al menos una elección. Te preocupa la seguridad y la trayectoria de tu país. Te importa un bledo. ¿Sabías, lector, que es posible desprenderse de todas estas terribles preocupaciones como de una piel irritante? Simplemente múdate a Berlín. Ágil y esbelto como la novela de Latronico, tú también puedes partir hacia la tierra del desarraigo como todas las Annas y todos los Toms han elegido hacerlo.
La pareja, se nos dice, está enamorada. Se nos tuvo que decir porque no hay absolutamente ningún tipo de calor en el libro; incluso la luz del sol que “inunda la sala desde el mirador, tiñe de esmeralda las hojas troqueladas de una monstera tropical grande como una nube y va a reflejarse en el suelo de madera color miel” evoca la luz del sol que inunda las habitaciones en fotografías de Airbnb cuidadosamente seleccionadas. Las fotos son una parte importante de la vida de Anna y Tom, y son herramientas importantes que usan a veces para comunicarse, pero con mayor frecuencia para falsificar su propia felicidad. Anna y Tom no son felices. Lo sabemos nosotros antes que ellos.
La infelicidad de Anna y Tom se les hace evidente a ellos a través de la tragedia; la de alguien más, obviamente. (Es poco probable que les importe lo suficiente algo en particular como para ser devastados por una calamidad). La crisis de refugiados sirios sacude su mundo limpio y nítido. No es que las Annas y los Toms no supieran de las crisis globales antes; sí las conocían, simplemente no tenían ninguna conexión con ellas.
Anna y Tom de Las perfecciones sabían que las políticas de devolución de migrantes eran inhumanas, comparables a las atrocidades que se veían a diario en la frontera entre Estados Unidos y México. Condenaban ambas y se sentían igualmente obligados a reconocer su privilegio y a compartir las condenas públicas que aparecían en sus timelines de redes sociales. Todos sus amigos sentían lo mismo. Anna y Tom habían añadido una organización de rescate marítimo a su lista de donaciones mensuales y firmaron peticiones pidiendo a Europa que hiciera más. Con el tiempo, la imagen de migrantes hacinados en botes inflables junto a grises patrulleras militares se convirtió en un elemento fijo de su paisaje informativo; sus ojos la procesaban de la misma manera que procesaban las fotos amarillas y polvorientas de las guerras en Oriente Medio o el rojo y azul cobalto de las granadas de humo en las protestas del G8.
Refugiados en Alemania.
Todo eso cambió con la fotografía del niño ahogado.
La imagen de Alan Kurdi, de dos años de edad, inundó las redes sociales de todo el mundo en septiembre de 2015. Obligó al mundo a prestar una atención fugaz pero significativa a las atrocidades que cometía Bashar al-Ásad contra su propio pueblo en Siria, y obligó a Alemania a abrirles sus fronteras. A fines de 2024, Assad finalmente fue expulsado del poder y una gran comunidad de refugiados sirios que se habían unido a los Anna y los Tom en tierras desarraigadas por fin pudo regresar a casa. Pero casi una década antes, la añoranza de su hogar, y la pobreza abyecta, el dolor y la crueldad que atestiguaban las masas hacinadas, conmocionaron a Anna y Tom. Ellos y sus amigos se lanzaron como voluntarios en favor de los refugiados, pero “a Anna y a Tom les costaba sentirse útiles allí”.
Se apuntaron para hacer turnos en la cocina, donde pasaban cuatro horas a la semana sirviendo platos de sopa. Llegaban a casa con dolor de cabeza y los labios agrietados por el viento y publicaban una foto de la fila para el almuerzo o un llamado a más voluntarios. Calentando sus manos con una taza de genmaicha caliente, veían cómo subían los likes y las veces que se compartía la publicación, y seguían seguros de que estaban haciendo lo correcto.
Al final, la crisis de refugiados los obligó a reconocer una carencia en ellos mismos. Y quizás esa carencia la sentía la comunidad de las Anna y los Tom, porque la gente empezó a casarse, a tener hijos y a mudarse. Anna y Tom se dieron cuenta de que el desarraigo no se queda quieto. El Berlín de la década del 2000 tenía una cultura particular y ofrecía un particular tipo de libertad que expiró antes de lo que Anna y Tom esperaban. Estaba tan sujeto a la decadencia como las anodinas ciudades europeas de las que Anna y Tom huían armados solamente con sus computadores portátiles y un inglés y un alemán aceptables.
Anna y Tom son profesionales “creativos”. “El término les sonaba vago e irritante también a ellos”. Su trabajo es un elemento esencial de su historia, ya que facilita su desarraigo. Como todos sus amigos, los títulos de sus trabajos “variaban de nombre según el lugar, aunque también en su país habrían sido en inglés: web developer, graphic designer, online brand strategist”. Y al igual que sus trabajos, el inglés es un elemento esencial en el arsenal de Anna y Tom, ya que también facilita su condición apátrida.
Su movilidad les permite a Anna y Tom salir de Berlín en busca de… ¿qué? ¿Realización? ¿Conexión? ¿Revivir la emocionante apatía que alimentó sus primeros días en Berlín? Sea lo que sea, ellos pasan un tiempo en Lisboa y Sicilia sin encontrarla.
Convenientemente, leí la traducción de Las perfecciones dos veces, en ambas etapas de un viaje a través del Atlántico. El inglés de aeropuerto que me rodeaba era la lengua vernácula de la novela. Me pregunté varias veces mientras la leía si el italiano podría ser tan nítido, clínico y estéril como la versión que tenía en las manos. Me pregunté esto mientras miraba un cartel en el aeropuerto Ben Gurión que decía “Bruchim Habaaim” y luego, debajo, “Bienvenido”. Al leer las dos frases, sentí que mi cerebro se alejaba del ámbito en el que reconozco que “Bruchim” es un cognado de la palabra hebrea para “bendición”, que connota una presencia divina y una relación humana con ella, y luego al ámbito en el que la esterilidad de la traducción al inglés es firme y familiar. ¿Es posible traducirse uno mismo fuera de contexto? Pregúntenle a Anna y a Tom. O pregúntenle a Latronico. El final de Las perfecciones bravuconea que tal traducción es imposible.
Dediqué 160 páginas a Anna y Tom, y lo hice dos veces. En ambas ocasiones aprendí muy poco sobre ellos. Se escapaban de mí, y no me pregunté nada sobre ellos. Sí me pregunté sobre Vincenzo Latronico. Me pregunté cómo alguien con una comprensión tan asombrosa de lo que la gente anhela podía escribir una novela que solamente revela esa comprensión en lo negativo. Miré a mi alrededor en la sala de espera del aeropuerto y me pregunté cómo sería mirar con los ojos de Latronico y observar lo que él debe observar en personas en espacios similares alrededor del mundo. Me pregunté cómo alguien tan manifiestamente sentimental podía saber todo lo que sabe sobre la anémica falta de alma de las Anna y los Tom. Latronico atribuye la inspiración de Las perfecciones a la novela Las cosas de Georges Perec, pero el autor junto al cual lo sentaría en la cena de mi propia mente es Bertolt Brecht, recordado por algo llamado “el efecto de alienación”, que utilizó para crear personajes con los que los lectores no pudieran identificarse. Por lo tanto, dijo, “la aceptación o el rechazo de sus acciones y expresiones [debe] ocurrir en un plano consciente en lugar de, como ocurre hasta ahora, en el subconsciente del público”. Anna y Tom no son personas completamente dibujadas, y la escasa percepción que tenemos de ellos no resulta admirable ni interesante. Pero no se supone que ellos sean agradables. Anna y Tom son la herramienta elegida por Latronico para explorar un estado del ser. Ellos nos fuerzan a lidiar con nuestra propia relación con nuestros orígenes, nuestras lealtades, nuestras apatías, y eso es lo que él pretendía.
La única página de la novela de Latronico que vibra con la presencia humana es la de los agradecimientos, que llevan la huella untuosa de un hombre reflexivo. Varias veces, en el curso de ambas lecturas, pasé a la última página y los devoré, sedienta de un vestigio de sentimiento humano:
“Esta novela se concibió como homenaje a Las cosas, de Georges Perec; lo que pueda tener de bueno deriva de ello. Pude empezarla gracias a la hospitalidad de la Fundación Santa Maddalena, en Donnini, y la he podido terminar gracias a la ayuda de una beca para escritores del Senado de Berlín”.
“Pese a la brevedad del libro, la lista de quienes han permitido su existencia (con su afecto, con su paciencia, con su propio trabajo) es larga. Doy las gracias a Natalia Latronico, siempre (…)”.
Latronico necesitaba a otras personas para escribir su libro, y su gratitud hacia quienes satisficieron esa necesidad es salvíficamente imperfecta. Es lo único en la novela que huele a falibilidad. La perfección es inhumana; no suda, ni sangra, ni llora. No puede enamorarse ni tener el corazón roto. Las perfecciones logra comunicar con gran sofisticación y control tanto sobre los cosmopolitas y desarraigados Annas y Toms, como sobre quienes los observan y se preguntan cómo serán sus vidas. Vivimos en este mundo con un horror tan inflamado y con tanto neón. Fue fascinante adentrarme en la versión de él de Anna y Tom. No podría llamar mi estancia allí un alivio, pero sí podría llamarla perfecta: un golpe de apatía, una abdicación fugaz y limpia. A lo largo de la novela, los horrores que ocurrían en los aeropuertos y sus alrededores por los que pasé se desvanecieron en un murmullo. Y cuando cerré el libro y los rugidos volvieron a todo volumen, las cacofonías adquirieron una nueva significación.
Artículo aparecido originalmente en “Bookforum” 31-4 (2025). Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia
“Las perfecciones”. Vincenzo Latronico. (Trad. C. García-Beamud). Editorial Anagrama, Barcelona, 2023, 168 pp.
* Celeste Marcus es la editora en jefe de la revista “Liberties”. Ha escrito para “The New York Review of Books”, “The Point”, “Salmagundi”, “New Statesman”, “The New York Times” y “The Washington Post” entre otras publicaciones. Es autora de “Chaim Soutine” (2025), una biografía del pintor ruso.
