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Homenaje

Germán Carrasco 5+1

El 9 de febrero de 2026, murió el destacado poeta nacional. Tenía 54 años. A manera de homenaje, reunimos cinco de sus poemas y uno escrito para él por otro poeta chileno, Thomas Harris.

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Bajo el insidioso sol de verano ocurrió la sorpresiva muerte del poeta Germán Carrasco.  Nacido en Santiago, en 1971, estudió Literatura en la Universidad de Chile. Fue autor de una amplia obra, en verso y en prosa.

Como poeta, publicó los libros de poesía Brindis (1994), La insidia del sol sobre las cosas (1998), Calas (2001), Clavados (2006), Multicancha (2005), Ruda (2010), Mantra de remos (2016), Metraje encontrado (2018) y Cripsis (2023); una antología de su poesía es Imagen y semejanza (2016). Su obra fue traducida a varios idiomas y formó parte de antologías en América Latina, Estados Unidos y Europa. Obtuvo, entre otros, los premios Jorge Teillier, Enrique Lihn, Sor Juana Inés de la Cruz, Pablo Neruda.

Tradujo a Shakespeare, John Landry y Robert Creeley. Escribió también crónica y ensayos. Entre sus libros de este género se cuentan: A mano alzada (2013), Prestar ropa (2019), Retrato de la artista niña y otros apuntes (2019) y La mantis en el metro (2021).

Gustaba del montañismo y las caminatas, y practicaba el boxeo.

Como una manera de recordarlo se entregan cinco de sus poemas, más uno escrito en razón de su muerte por Thomas Harris.

Cinco poemas de Germán Carrasco

 

Del Titanic y el Zeppelin

Recuerdo la lectura de poemas, el eco de la ovación.
Una rubia bautizaba la proa de la nave con champagne: espuma
de mar, semen liviano del que nacen acróbatas
y bardos (cada metro el latigazo de una ola)
como el que despedía a la tripulación en ese momento épico
del poderío imperial: magnitud y misterio solo comparables
al del Zeppelin, sombra, majestuoso velo
sobre la insidia del sol. Recuerdo
metáforas colosales, aunque lamentablemente poco prácticas
cuya historia, junto a la de Babel, escribimos
con sumo cuidado
en barcos de papel —Titanic—, granos de arroz —Zeppelin—.

Alta poesía

A veces quemo la vela por ambos cabos.
A veces quemo el aceite de la medianoche
y hurgo en libros como con herramientas,
contundentes herramientas. Golpean:
Ӈbreme, samaritano, tengo a mi hija en el hospital
y necesito monedas para el microbús”
¿Cómo saber si dicen la verdad?: Se cacha al tiro
y creo no equivocarme en estos casos:
con alguna herramienta contundente
como por ejemplo una pala de jardín
—cualquier herramienta es un arma
si se la empuña adecuadamente—
permanezco alerta a palabras y sonidos
de la calle, a la vez que del libro
o mi boceto, garabatos; me detengo
en una palabra, creo asirla, y esta vez
siento que forcejean con ganzúa. Los espero
con una contundente herramienta de jardín
en una mano. Con la otra leo Oda a un ruiseñor.

Naturaleza muerta

Le suplicaba a mi hermana que no cortara
la parte oxidada de las flores que le había regalado.
Cámbiales el agua si quieres pero no elimines
esas hojas, deja que caigan solas esas partes
y cuando caigan, déjalas un tiempo en la mesa,
al menos un día, pule la mesa sin tocar esas hojas;
además, algunas partes que sueles podar
ni siquiera están oxidadas del todo. Y otra cosa:
deja un minuto los platos con residuos
sin desesperarte por lavarlos de inmediato,
ya los lavaré yo luego, no te preocupes;
descansa un segundo, fuma, tírate en la cama
por el amor de dios, échate en el sofá, permíteme
un segundo, te voy a leer unas páginas de Tanizaki
acerca de las pátinas y vestigios del tiempo sobre las cosas;
te vas a reír cuando habla de los excusados japoneses. Descansa.

Pero nunca lo hizo. Nunca lo hacen.
No saben hacerlo.

Lo que dijo el montañista

no se puede rezar en una parroquia pequeña
que más parece una pasarela
llena de currutacos y cotorras.
Demasiado olor a propiedad privada.
La claustrofobia y el acento atroz
de los feligreses abeceocho
proyecta fugaz un Columbine cristiano
en el ecrán de mi mente y espíritu
culposo y non sancto
sediento de alivio remanso agua agua.

Solo en el anonimato de las grandes catedrales
llenas de oficinistas y secretarias
moribundos suicidas y deudores
se puede dar un respiro en este trekking
y, claro, en las alturas.
Gloria a dios en las alturas.

La camisa del difunto

Esta es la camisa del difunto:
un tesoro de popelina impecable
comprado en la ropa de segunda.
La parte de las axilas y la espalda
huelen a desesperación y sonrisa
a caminata y alivio.
Se podría hacer un perfume
que imite esta mezcla de olores
y bautizarlo como Oxímoron o Paso.

Poema de Thomas Harris

El clavadista
(A Germán Carrasco, uno de los mejores)

Los clavados, Germán, ya sea
en Acapulco, México,
o en las rocosas Torpederas de Valparaíso,
eran parte fundamental de la ”vida peligrosa”,
y tú lo sabías por eso titulaste tu mejor libro de poemas peligrosos de leer, —eso demás que era tu deseo—,
”Clavados”, desde el lenguaje y su riesgo,
desde la palabra y su agón,
desde la felicidad de tirarte sin red a la palabra,
al mar de la poesía, de las mejores, feroces y tiernas,
ahora todos los que quedamos clavados a ese madero
de la muerte, te leeremos como corresponde:
el poeta que arriesgaba todo en cada verso,
porque desde cada verso se tiraba al mar más profundo
de la chilena poesía de estos años
más crueles; pero la dicha del clavadista,
del poeta que fuiste la llevaremos
todos ahora con algo de rubor y mucho de ti, poeta,
que nos enseñaste, a veces, no sólo con un clavado,
sino con un necesario combo en el hocico
para que aprendiéramos de qué se habla cuando se habla de un clavado en el proceloso mar de los versos.

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