Por José Tomás Labarthe*
Año triste. Tristura. Tristor. Damos por descontado, erróneamente, que los aniversarios son, por regla, algo que no son. Alegría alegría. La función de la disfunción. ¿Un centenario entonces? Éxtasis, júbilo, furor. El libro de Gabriel Zanetti, La continuación del mito, es el más lindo y más personal de todos los libros colocolinos que he leído este 2025, justamente porque nos devuelve el cuerpo al sillón. Sin pose. Sin rictus futbolístico. Sin grandilocuencia de sabelotodo sobre la historia de Colocolito consigue lo que pocos, este año, han conseguido: con la misma afinación de Carlos Caszely cuando recuerda a su difunta María de los Ángeles, nos trae a colación ese principio de David Arellano que aplica para el fútbol lo mismo que para el destino: “Tener el ánimo completamente preparado para recibir victorias, empates o derrotas”. Este valor del fundador es como un código en extinción. Tiene que ver con la pérdida. Aceptar perder. Algo que nos cuesta –porque Colo-Colo es Chile y a los chilenos todo nos cuesta–. En el primer capítulo de la serie The Sopranos, Tony Soprano, el “boss” de la mafia noventera en Nueva Jersey, le confiesa a su psiquiatra que los mafiosos de antes sí que tenían códigos. “Pienso en mi padre. Nunca hubiera llegado tan alto como yo, pero en muchas formas le fue mejor. Tenía a su gente. Tenían sus valores, tenían orgullo. ¿Hoy qué tenemos?”. Ese sentido de decadencia perseguirá a Tony toda la serie, ensalzado con un aire de grandilocuencia de ser la cabeza de una gran familia, en la que vemos cómo despiezan a personajes de cualquier generación. ¿Qué significa la continuación de un mito? Pienso en esto mientras reviso fotos de los jugadores de antaño y rara vez sonríen. Revista Estadio. Misael Escuti aparece serio, presto, bajo los tubos, 1955. Bigotes perfectos. El loco Páez figura enojado abrochándose los chuteadores. Elson Beiruth, Leonel Herrera, ambos circunspectos. Basay siempre estaba molesto. Al viejo de Zanetti no le gustaban los jugadores “pichuleros”.
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Me gusta que Zanetti sintonice con estas emociones más bien densas y domésticas. Recoge algo que las cototudas publicaciones del centenario seguramente eludirán, las pequeñas-grandes historias. Sería un error pensar que son solo los grandes eventos los que determinan la vida humana. Más bien son las catástrofes pequeñas las que tienen un impacto en la vida del ser humano, una vida que se constituye por la vida cotidiana. Es un acierto, pienso, además, que aparezca bajo una colección denominada “Vientos del pueblo” del Fondo de Cultura Económica. Ese nombre, cómo resuena… porque eso mueve, las ondas de la memoria de todos los que constituimos la institución civil más grande de Chile. ¿Colo-Colo es su gente, como la iglesia no es su templo si no su comunidad? Pasan los años, pasan los dirigentes, pero aquí está tu gente que te viene a alentar. ¿Y si eso no es lo conmemorable, qué será? Hay una nostalgia muy chilena en estos textos. A diferencia de la nostalgia facilera de Sacheri, de la fórmula de Barrio Bravo, Zanetti no enaltece la pasión, la padece. Bocetea, en cambio, escenas caseras de un realismo respirable. Su padre, ya no exultante, tranquilo, ligero, prende la parafina afuera de la Villa Frei con el excedente de paciencia que ahora le sobra porque ganó el Popular. Baña a las hijas, maestrea. Esas trazas de melancolía son también la felicidad verdadera, capturada, a la manera de instantáneas, como quien revive compactos de campañas noventeras en youtube una noche de insomnio: entra Leonel, hijo, y Carcuro acierta: “conságrese Herrera”. Una parte que me pega especialmente es la escena con su viejo esos días de partido esperando en la compraventa de Exequiel Fernández con Camino Agrícola. El ritual ahora con su hija Florencia sobre sus hombros pidiéndole que ya lo baje porque se le cae el pantalón. Ese caballero llorando en el partido contra Antofagasta, que ahora que lo leo, ya no lo encuentro tan meme, porque el autor le puso nombre, Omar Caruz. Esta historia, la historia grande de Colo-Colo, son todas nuestras microhistorias. Todas nuestras neurosis y nuestras histerias. Imposibles, por cierto, de confesar, de compilar. Pero veo, de todas maneras, a mi amigo Armando, una tarde sabatina cualquiera, descargando su frustración contra la reja del Estado Nacional, con la polera de Iron Maiden, en el codo norte, contra Católica. ¿Le erramos al arco? ¿Nos robaron? ¿Nos cobraron un penal? Él no me ve, aun no lo sabe, pero ese año seremos campeones en la quiebra. El año de la permanencia recaí en viejas manías de vidas anteriores para poder aferrarme a una viga maestra desde ese macabro 3-0 contra Wanderers. 2021, pandemia. Vivo en Curicó. Volví a llamar por teléfono fijo. Horas. Estudiaba la táctica fija de Cobresal, de O´higgins. Conocía las estadísticas de los reservas de Calera. Me he vuelto insoportablemente cabalero. Ya no reconozco el límite entre los tics nerviosos y las señales, entre la neurosis, las ceremonias y los rituales. La última vez
que vi a Colo-Colo contra la U de local fue esa tarde de Arilson, el cabo Garrido y Rivarola. Estaba con Chuchi, Jose y Charly detrás del arco norte. Después de eso, no perdimos más, por tanto deduje que mi ausencia era otro granito de arena para el invicto granítico de 23 años. Estoy dispuesto a no pisar una cancha nunca más si eso significa que ganemos. Una dulce condena. No ir al baño inclusive. El año pasado, cuando clasificamos contra Cerro Porteño, íbamos ganando 1-0 de visita en Asunción y en un momento ya se volvió imposible no ir hacer mi necesidad. Subí el volumen por todo lo alto. Corrí y mientras desaguaba, el relator gritó el gol de Cerro Porteño. De manera instantánea entendí que nunca más podré ir al WC cuando estemos defendiendo una ventaja tan exigua, pírrica y crucial.
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Esto lo intuía, ahora lo refrendo. Ahora que Zanetti narra las cábalas de Juan Pablo Parra (nos parecemos en el dolor: los días posteriores a las derrotas sufre espantosas jaquecas, pero también tuvo un hijo llamado Borja –que en paz descanse–, mismo nombre de mi hijo menor); ahora que Zanetti cuenta que Benjamín “La Enciclopedia” Arellano” solo bebe Pepsi para mantenerse fiel a la bebida que nos bancó en la quiebra, siento que si todo se derrumba y tuviésemos que armar un grupo de antiayuda entre adictos a estos colores, a la insignia de esta camiseta, no estaría tan solo. La ironía es tristeza disfrazada. Ahora, confesemos, nuestra salud mental este año está hecha mierda. Si no ganamos, no hay descarga. La pena no se drena. ¿Cómo se lidia con tanta cosa mal hecha? No da ni para resumen. 3 muertos en el estadio. No hay sonrisa ni grito de gol. La dentadura no se destensa. Nadie lo sabe en la pega, todos lo intuyen en la casa, pero mi humor taciturno depende en buena parte de este quitapena. No haré una lista detallada pero aquella noche contra Fortaleza concentra la tragedia. Zanetti armó una pauta de evaluación para jornadas excepcionales de Copa que incluyen grescas y goles memorables (pensando en Boca, el perro Ron y el gol de Barti; en Flamengo, Pedro Reyes al arco y el gol del Cabezón). ¿Cómo calificar el ambiente que envuelve la muerte de Milán y Martina –los hinchas que fallecen a manos de carabineros– y luego la destrucción de tu propia casa a manos de tu propia gente? Esto no lo vi nunca, en ninguna otra cancha, en el equipo de nadie. Los códigos han cambiado, desde Rosario Moraga a Tony Soprano, desde María Colo-Colo a Johnny Bombo, del Huinca a Pancho Malo. Hasta ese minuto 73’ (número del terror), vestíamos la camiseta blanca, la más blanca y hermosa del mundo (carísima por cierto, la sigo pagando en cuotas, como toda la indumentaria de Adidas
de este año). Esto sonará medio fatídico, medio fantástico, pero es como si algo se hubiese desencerrado esa noche en el Estadio Monumental David Arellano. El caos organizado que suele ser el “hoyo de Macul” –al decir afectuoso de Vladimiro Mimica– pareció tornarse en un esperpento que recreó escenas de la historia y la literatura chilena, como queriendo decir algo que ya nadie quiere ni puede comprender. La continuación de un mito, para intentar retomar otra vez el bestiario del libro, se alzó como un golem, insubordinado; un cuerpo informe compuesto de cal y canto: Lautaro agonizando en la ribera del Mataquito, La Tirana y Los Sea Harriers, los primeros versos de La Araucana (“Chile, fértil provincia y señalada (…) Que no ha sido por rey jamás regida, ni a extranjero dominio sometida”), la angustia todavía por el robo de Avellaneda, por la derrota contra Pachuca, el asesinato del Mero, el estallido fallido, la ultra violencia heredada desde la Colonia, un etcétera subconsciente que se nos revela cada tanto gutural, una pulsión que viene como desde adentro de una cámara magmática, presionando, cuando no somos los eternos campeones, cuando no es una noche excepcional, igual que una olla mitológica, despichando embutidos de ángeles y de bestias, como dijo Nicanor Parra en Epitafio, que, no tan distinto a nuestro Arellano, era “hijo mayor de profesor primario y de modista de trastienda”. Igual, el negro es mi color favorito. La camiseta de recambio del aniversario es la más linda que hemos tenido, con la insignia original. La seguiré pagando hasta el próximo abril en comodísimas cuotas, aunque nunca más la volvamos a ocupar. Los fines de semana visto la tenida de cancha completa y me siento más ordenadito que Testigo de Jehová. De todos modos el domingo pasado ganamos el clásico y ya se me va quitando la pena. El aire se torna leve. El archirrival se va tronchando. Así se lavan las heridas. Somos un pueblo duro pero fácil. Un país finis terrae a la espera de burlarse del dolor. El único equipo del mundo que honra 100 años un luto. Hazte esa Santa Teresa. Esa no la cuenta ni el Liverpool, ni el Athletic de Bilbao. El negro Vasconcelos sonríe en la revista Estadio con la camiseta Cerveza Cóndor. El tigre Sorrel aparece dichoso peinado a la cachetada en el equipo campeón invicto del año 41’. Paredes menea las caderas en el Estadio Nacional. Es bueno estar en algo desde el principio. Lo sé. Llegué muy tarde. Cuando uno siente que lo mejor ya terminó, sirve recordar la historia, da igual el momento. Estamos llamados a encarnarla. No hay mito sin memoria. No hay memoria sin continuidad.
