Por Dan Kois*
¿Qué piensa Paul Murray acerca de la novela?
Por una parte, sigue publicando unas de gran tamaño: su ambiciosa nueva crónica de la vida familiar irlandesa contemporánea, La picadura de abeja, tiene más de 700 páginas, siguiendo los pasos de la comedia sobre la crisis financiera The Mark and the Void y la épica sobre un internado escolar Skippy muere. Es de suponer que él dedica gran parte de su día a escribir novelas, lo que implicaría cierta devoción por esa forma.
Por otro lado, Murray nos presenta, cientos de páginas al interior de La picadura de abeja, a un profesor de literatura del Trinity College de Dublín, quien nos ofrece una polémica sobre los orígenes corruptos y el nefasto propósito del género novela. “Hoy en día, en el mundo desarrollado, la gran amenaza para el orden político es que la gente preste atención a su entorno”, dice el profesor. Por lo tanto, ha surgido una gran red de distracciones para cegarlos ante la verdad. “La novela”, advierte, “fue el primer ejemplo de lo que en el siglo XXI ya se ha convertido en una industria del entretenimiento enorme y en constante proliferación, una maquinaria casi infinita diseñada para distraernos y quitarnos el poder”.
¿Es ese realmente el objetivo del novelista, distraernos de lo que es real y verdadero? ¿Acaso una novela realmente no otro propósito mayor que, por ejemplo, los opiáceos para las masas? Cuando un autor deja que uno de sus personajes —un profesor de literatura, nada menos— hable sin parar de la novela, es una invitación a leer cuidadosamente. A menudo, estos grandes pronunciamientos equivalen a la declaración de intenciones de un novelista, introducida de contrabando en el mundo ficcional: una charla motivadora personal a la que puede recurrir de vez en cuando si se siente agotado. Pero creo que Murray, a quien le encantan las buenas bromas, está haciendo algo más divertido. Él piensa que el profesor está lleno de esto. La novela, cree Murray, puede ayudar a los lectores a ver con claridad, escuchar con atención y pensar profundamente. Como prueba, presenta el resto de La picadura de la abeja, una novela que se esfuerza por conectar con el mundo en cada abarrotada página.
En el centro de La picadura de la abeja se encuentra una fábula, un cuento de hadas sobre personajes de cuentos de hadas, recordados por Imelda Barnes, esposa de Dickie, madre de Cass y PJ. La propia Imelda fue alguna vez una especie de personaje de cuento de hadas: la belleza sin dinero que se casó con un miembro de una familia rica, pero los Barnes atraviesan momentos difíciles debido a la recesión, lo que está arruinando el concesionario Volkswagen de Dickie. Ahora ella recuerda la fábula que le contó su misteriosa tía: “Una advertencia”, piensa Imelda, “antes de que ninguno de ellos supiera que no había ningún peligro del que advertir”.
En la historia, un viajero cansado, atrapado a la intemperie en una noche fría, descubre una puerta en la ladera de una colina, y al otro lado, un gran salón de banquetes lleno de comida, bebida, música y gente rubia de ojos azules que, al ver al viajero, «prorrumpieron en vítores como si lo hubieran estado esperando desde antes de empezar». El viajero come, bebe y baila, y cuando despierta a la mañana siguiente, helado y rígido en la ladera de la colina, no ve rastro de la puerta. Y más tarde ese mismo día, llega a su pueblo y lo encuentra todo cambiado, su casa un montón de piedras, su esposa e hijos muertos hacía tiempo; pues mientras él bailaba y bebía, pasaron cien años, para nunca ser recuperados.
Me encontré dándole vueltas a esta historia, una que podría tener ese toque particular de duendes y facundia que los irlandeses llaman irlandesidad. Es lo que resalta en esta novela decididamente moderna, cuyos personajes se enfocan en el dinero, la universidad, los videojuegos y el cambio climático, de parte un decididamente moderno novelista dublinés, cuya carrera parece dedicada a un retrato sin sentimentalismos ni clichés de su país. Y, sin embargo, no podía dejar de pensar en ese pobre viajero, que descubre, tras un baile vertiginoso, que su hogar le resulta desconocido para siempre. Hay que imaginarlo vagando por el campo, preguntándose dónde se había ido el mundo que una vez conoció.
La familia Barnes pasa mucho tiempo preguntándose qué pasó con el pasado, es decir, cuando no están sumidos en el presente o aterrorizados por el futuro. El negocio tambaleante de Dickie los afecta a todos. Imelda vende sus cosas más bonitas en eBay. PJ, de 12 años, se enfrenta a una amenaza existencial por parte de un matón local que cree que Dickie le ha robado. Y Cass, soñando con ir a la universidad en Dublín, siente las miradas desde todas direcciones en un pueblo donde no hay tiendas de verdad, ni Starbucks ni McDonald’s, solamente estúpidas cafeterías locales donde “no te podías ni comprar una salchicha en hojaldre sin tener que contarle tu vida a alguien”.
Los personajes de Murray luchan por desentrañar su drama a escala humana de los terrores mayores, existenciales: la recesión que podría no terminar nunca; el asesino en el pueblo de al lado; la inundación centenaria que arrasa el pueblo. “¡Nada importaba!”, se dice Cass a sí misma cuando, en lugar de estudiar para los exámenes, pasa las noches en citas con hombres asquerosos en los peores pubs locales. “Todo se estaba terminando, todo estaba cerrando, todo se lo había llevado la inundación”. Más tarde, Dickie, absorto en la idea de “protección estratégica”, reflexiona sobre aquella inundación y la sequía de cien años que le siguió, y se pregunta: “Quizás sea eso lo que va a suceder a partir de ahora: en vez de un cataclismo definitivo, una serie de ‘anomalías’, cada una de las cuales durará más, mientras que los periodos de lo que llamas vida normal se irán espaciando cada vez más entre sí, hasta que un día te des cuenta de que ahora la vida normal es eso”. Es una escalofriante premonición de cómo podría degradarse la civilización debido al cambio climático, pero también una descripción bastante acertada de lo que es convertirse en adulto.
La familia Barnes también sufre su propia serie de anomalías —la bebida de Cass, los planes de fuga de PJ, el interés de ambos padres por otra persona—, hasta que la familia descubre que su mundo ha cambiado, es irreconocible. En el escritorio de Dickie, en el concesionario, guarda una foto navideña de los Barnes en un parque de atracciones cinco o seis años antes, con los niños pequeños, todos felices, “a pesar de que PJ se había mareado en las Tazas Locas”. La distancia entre entonces y ahora parece insalvable.
La epopeya familiar de Murray alterna puntos de vista cada cien páginas aproximadamente, y cada miembro de la familia da su opinión, en una estructura que yo llamaría el Franzen Estándar. El giro de Murray reside en que las voces divergen según el personaje: algunas secciones están en primera persona, otras en tercera, algunas en presente, otras en pasado. Las secciones de Imelda están escritas en una corriente joyceana que sigue el torrente de sus pensamientos, siempre en movimiento. La narrativa se sumerge en el pasado, en las dos historias recurrentes que parecen haber cambiado radicalmente la vida de los padres Barnes: la vez que Dickie, mientras estudiaba en la universidad en Dublín, fue atropellado por un auto y tuvo que volver a casa; y el día de su boda, cuando Imelda, picada por una abeja, mantuvo el velo bajado durante la ceremonia para ocultar su ojo hinchado. Se revelan secretos del pasado y del presente, incluso a medida que los miembros de la familia se distancian cada vez más. Pero, al leer el libro, uno sabe que de alguna manera encontrarán el camino de regreso y, de hecho, la maquinaria de la novela los lanza al reencuentro hacia el final, aunque no precisamente de la manera que uno esperaría o desearía. En ese diluvio final, las voces del libro se alternan en una ráfaga acelerada, y puede que uno se tarde varias páginas en darse cuenta: Murray las escribe todas en segunda persona ahora. Los personajes son todos «tú».
Al recomendar la anterior obra maestra de Murray, Skippy muere, suelo decirles a mis amigos que no se dejen intimidar por su apariencia de tope de puerta. El libro es tan inventivo, tan divertido, tan extravagantemente entretenido, que preocuparse porque es demasiado grande es como preocuparse porque el matrimonio sea demasiado feliz. ¡Qué problema! En La picadura de abeja, Murray trabaja de una forma menos efervescente y más portentosa, y hubo momentos en que eché de menos el humor travieso que mantenía a Skippy muere en marcha. (Aún se ve aparecer de vez en cuando, seco e irresistible, como cuando Imelda recuerda al padre adinerado de Dickie recorriendo su finca, “señalando los árboles especiales con su bastón”). Pero si La picadura de abeja es un libro un poco más serio, bueno, vivimos en tiempos serios, y es alentador tener un escritor con la energía de Murray dedicando tanta atención a la vida contemporánea.
La picadura de abeja son más de 700 páginas de observación minuciosa, las que animan a los lectores a identificar las desconexiones y los malentendidos que nos invaden a todos, los pequeños desastres personales que nuestro miedo y deshonestidad transforman en apocalipsis. Contra la visión cínica del profesor de Cass, la novela puede y debe ayudarnos a prestar atención al ahora. Porque ¿cuál es la alternativa? ¿Pasar nuestras vidas en sueños, bailando y bebiendo, o en pesadillas, encogidos de miedo, solamente para despertar y encontrar que el mundo en el que éramos felices se ha ido para siempre? Imelda conduce, en una tarde oscura, hacia el campo y descubre que las colinas amarillas, los viejos monumentos, toda Irlanda, no ofrecen respuesta a los problemas que la atormentan: “En el cruce de carreteras un pub clausurado un letrero de Guinness ennegrecido El campo te devuelve la mirada como si fuera un espejo sin nada en él”.
Artículo aparecido originalmente en Slate 10.08.2023. Se traduce con autorización de su autor Traducción: Patricio Tapia

*Dan Kois es escritor y editor. Es autor de cinco libros, entre ellos, la novela “Vintage Contemporaries” (2023) y la memoria “How to Be a Family” (2019).

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