El autor de Missing (2009) y Ciertos chicos (2024), se baja del bus un poco desorientado, tal vez pensando que Requínoa sería un pueblo con un terminal más chic o al menos con un paradero a orilla de carretera algo más elegante. Pero la realidad siempre supera a la ficción. Alberto Fuguet (1963) desciende cerca del mediodía, entre medio de matorrales y una caseta maltrecha que lo recibe para grabar el podcast “Narrativas en Juego”, ciclo de conversaciones radiales dirigido por estudiantes locales de la Escuela David del Curto, que busca acercar la lectura a las nuevas generaciones.
Su aspecto es sencillo pero evidentemente bien cuidado. Se presenta con una polera ringer negra, chaqueta de lino color crema, pantalón azul cuadrillé bien planchado, mocasines negros y opacos, sus clásicas gafas de aspecto intelectual y una barba canosa, que da cuenta que los años van pasando para todos los mortales, incluyendo al inagotable creador de Tinta roja (1996), No ficción (2015) y Aeropuertos (2010), entre otros títulos de culto para sus lectores en todo el mundo.
No por casualidad fue escogido por la revista Time y CNN dentro de los 50 líderes latinoamericanos del nuevo milenio. Pero él se mantiene directo, honesto, provocador y disruptivo como de costumbre. “No conozco al húngaro que obtuvo el Nobel, ¿cómo se llama? Para mí quienes ganan con estos premios son las personas de a pie, ya que tienen la oportunidad de conocer otras formas de comprender el mundo”, comenta Fuguet sobre el escritor László Krasznahorkai, recientemente distinguido por la Academia sueca.
Mientras grababa el podcast, adelantó que en los próximos meses retornará a las librerías con su libro Ushuaia (2026), bajo la sutileza editorial de Tusquets, casa que desde hace dos años está reeditando con pulcritud su extenso catálogo narrativo. Respecto a esta obra, el autor se mantiene hermético, aunque frente a la insistencia, entrega sugerentes pistas argumentativas: “Aborda aquellas historias de madres e hijos…de vínculos, de situarse en diferentes países, de crear lugares inexistentes y de establecerse donde jamás lo hubieras pensado”.

En septiembre de este año, la ministra de las Culturas, Carolina Arredondo, reconoció al magallánico Ramón Díaz Eterovic como ganador del Premio Nacional de Literatura 2025, al respecto, Fuguet es tajante: “Para mí esa distinción es una farsa decadente, siempre lo obtienen los amigotes del círculo político de turno. ¿Cuáles son los criterios? a esta altura nada me sorprende, menos en este tipo de decisiones tan incomprensibles”.
En esta entrevista para Barroquita, Alberto Fuguet ofrece una retrospectiva sobre su relación con la literatura, el periodismo y la cultura chilena. Reflexiona sobre la independencia creativa y su distancia del circuito mediático, donde la indiferencia de medios como El Mercurio hace años dejó de afectarle. Además, reflexiona sobre los cruces entre cine y narrativa, el valor de los clubes de lectura y la necesidad de entenderlos como un acto de conexión más que como un deber ser cultural.
–¿Cómo recuerdas tus inicios en el periodismo?
Partí en Las Últimas Noticias como practicante, en plena época de titulares sangrientos. Recuerdo que una vez llegamos a cubrir un atropello y el fotógrafo me dice: “no podemos tomar la foto porque está tapado con La Nación”. Así que fui al kiosco, compré el diario y le tapamos la cara con Las Últimas Noticias para poder publicarla. Era un mundo brutal, casi absurdo. Trabajaba con un fotógrafo que parecía un asesino en serie, y la gente no me creía cuando contaba estas cosas, pensaban que era ficción. Pero era real: el periodismo era sangre, velocidad y rating. Cada mañana competíamos por tener “el fiambre del día”, la portada más vendida. Así aprendí a escribir rápido, a seducir la atención del lector, a sobrevivir en ese ambiente donde todo valía con tal de vender un ejemplar más.
-¿Cómo influyó esa experiencia en tu manera de escribir?
Fue una escuela feroz, pero muy útil. Mi nombre apareció por primera vez impreso en una nota policial firmada “A. Fuguet”. Era verano, y como todos se iban de vacaciones, fui subiendo rápido. Aprendí que escribir también era narrar con ritmo, elegir las palabras que hacen que alguien te lea hasta el final. Recuerdo una crónica sobre un chico asesinado en El Quisco: yo le inventé una mochila con un libro de García Márquez, unos cassettes, un morral. Sin darme cuenta, empecé a mezclar realidad y ficción. Mis notas tenían personajes, atmósfera, hasta una especie de poética involuntaria. Sin saberlo, ya estaba escribiendo literatura, aunque disfrazada de noticia roja.
-¿Y cómo se fue formando tu mirada como escritor?
Siempre he dicho que mi verdadera inspiración fui yo mismo: escribí el libro que me habría gustado leer en el colegio. En esa época, los textos que nos hacían leer no tenían nada que ver con nuestras vidas. No hablaban de lo que escuchábamos, ni de lo que sentíamos, ni de la rabia o el desconcierto adolescente. Así que decidí escribir sobre los cabros de colegio, sobre la juventud urbana, sobre gente común que no aparecía en las novelas chilenas. Con el tiempo entendí que la identidad, el desarraigo y la marginalidad eran parte de mi propia historia: nací en Chile, crecí en Estados Unidos, y siempre me sentí un inmigrante en ambos lados. Esa incomodidad, esa sensación de estar fuera de lugar, terminó siendo mi mejor combustible literario.
-¿Qué te interesaba explorar con Mala onda?
Pensé en escribir una historia donde el protagonista no fuera un héroe ni alguien importante, sino alguien común, como cualquiera de nosotros. Me interesaba que el narrador no tuviera “peso” social ni político, que fuera invisible. Matías Vicuña parece un ganador, pero está lleno de dudas, de miedo, de sensibilidad. En el fondo es un tipo que no encaja, que llora a escondidas, que detesta el mundo que le tocó. Por eso conectó con la gente. Y lo situé en una semana simbólica, la del plebiscito de 1980, cuando se legitimó la Constitución de Pinochet. Nadie hablaba de eso cuando lo publiqué, pero hoy se volvió un tema central. Me causa gracia: la gente redescubre lo que estaba ahí desde el inicio.
-¿Cuándo sentiste que realmente podías ser escritor?
En la Escuela de Periodismo me estaban a punto de echar por malas notas. El profesor me llamó y me dijo: “Fuguet, tú no eres el más tonto del curso, pero sí el que tiene las peores notas. ¿Por qué inventas tanto?”. Y tenía razón. Completaba las entrevistas con respuestas falsas, mejoraba la realidad. A veces cambiaba lo que me decían los entrevistados o inventaba escenas en La Moneda. Era ficción pura disfrazada de reportaje. El profesor me explicó que el periodismo exigía objetividad, pero que esas “mentiras” podían servir para otra cosa: la literatura. Ahí entendí todo. No me estaban castigando por mentir, me estaban empujando a escribir mi verdad.
-¿Cómo te tomas que tus libros se lean en los colegios, considerando que no fueron escritos con ese propósito?
Nunca escribí para que me leyeran en el colegio. Al contrario, me da un poco de susto. Fui un mal estudiante, detestaba los libros obligatorios y siempre sacaba malas notas en literatura. Entonces, pensar que alguien pueda leer Mala onda porque “tiene” que hacerlo, o peor aún, que le pongan nota por eso, me incomoda. Con los años, algunos profesores me contaban historias insólitas: muchos fueron sancionados o incluso despedidos por usar mis libros. Y ahí entendí que tuve la suerte de toparme con docentes valientes, quizás de otro Chile, que se permitían correr riesgos. Los libros no deberían servir para reforzar las instituciones, sino para cuestionarlas, para abrir temas, para provocar conversación.
-Algunos leen Sobredosis y tus primeros cuentos como una crítica social al Chile de los noventa. ¿Era esa tu intención?
Para nada, no escribo para criticar, sino para pasarlo bien. Si después alguien encuentra una crítica, genial, pero no es mi meta. La narrativa no es un programa de debate ni una editorial de El Mercurio en los 90. Si quisiera criticar Chile, escribiría un ensayo o haría un podcast. Mis libros surgen de la observación y del placer de contar historias, no de la necesidad de moralizar.
En tus libros hay una obsesión por capturar épocas —los ochenta, los noventa, ahora los años previos a los smartphones—. ¿Por qué te interesa tanto ese registro temporal?
Porque las épocas tienen textura, sonido, ropa, lenguaje. Me gusta congelar ese instante antes de que todo cambie. Por ejemplo, ahora estoy escribiendo Ushuaia que está ambientado en 2005, cuando existían los blogs, el Fotolog, la idea ingenua de que Internet nos conectaba. Todavía había algo humano, cierta ilusión. Ahora eso se vino abajo. Me interesa atrapar ese momento previo, cuando todo parecía posible y aún no nos habíamos saturado de tecnología.

Hoy las redes sociales permiten dialogar directamente con los autores. ¿Cómo vives esa cercanía con tus lectores y lectoras?
Es algo increíble. Que alguien en Guatemala, México o Requínoa lea un cuento mío y me escriba por Instagram es insólito y emocionante. Pero también hay que tener cuidado: uno no puede vivir todo el día respondiendo mensajes. Me gusta mirar, observar —ver qué frases resuenan, qué música comparten—, más que estar opinando. Las redes son una buena ventana para saber si algo de lo que uno escribió está haciendo sentido.
-Matías Vicuña de Mala Onda era un outsider. ¿Cómo sería un outsider hoy?
Sería alguien que no tiene teléfono o que decidió no tener redes. Una exalumna mía en la universidad no usa Instagram, y eso ya la convierte en una rara o extraña. Alguien que escucha vinilos, que no ve televisión, que se sale del ruido constante. Y todavía existen. Ser outsider hoy es tener el coraje de no seguir la corriente, de decir lo que se piensa sin miedo a que te “funen”.
-¿Crees que la literatura sigue siendo un espacio libre para decir lo que se quiera?
Curiosamente, no tanto. Antes había temas tabú, pero hoy hay otros nuevos. Vivimos en una época que se dice libre, pero no lo es del todo. Todavía hay cosas que no se pueden decir. Lo interesante es que la palabra sigue teniendo poder: provoca, molesta, mueve. Las peleas políticas o culturales siguen girando en torno a palabras —“traidor”, “cobarde”—. Y eso me gusta. Me recuerda que dedicarse a escribir todavía tiene sentido.
-A veces las adaptaciones no dejan conformes a quienes leyeron el libro. ¿Cómo ves la relación entre literatura y cine?
La adaptación es, en realidad, una forma de traducción. Se modifica, se transforma. Si uno quiere tener la mejor experiencia de un libro, tiene que leerlo; la película es otra cosa. No es mejor ni peor, solo distinta. Las novelas son para entrar en un mundo privado, las películas son algo más público y profesional. Por eso nunca he adaptado mis propios libros. En Perú, por ejemplo, se hizo Tinta roja y me gustó, aunque no me volvió loco. Lo divertido es que fue un fracaso en todas partes, menos allá, donde se convirtió casi en una película de culto.
-¿Y cómo ha sido tu relación con el público fuera de Chile?
En Argentina, Perú, Colombia, Estados Unidos, en general, me han tratado increíblemente bien. Es curioso, pero suele pasar que te valoran más afuera que en tu propio país. No es una crítica, es algo humano: siempre parece más entretenido estar donde no vives, como ir a tomar té donde los amigos en vez de en tu casa.
-Has mencionado la importancia de los clubes de lectura. ¿Qué valor les das?
Son fundamentales. Leer en colectivo es muy distinto a hacerlo solo. Se genera una conversación, un diálogo que hace crecer los libros. Ojalá algún día un club elija un título mío que no sea Mala onda, porque hay otros que me gustaría que descubrieran. En Chile, las comunas y regiones están llenas de gente que lee, que organiza clubes. Y muchas veces son las mujeres las que lideran esos espacios. Me emociona ver que la lectura está viva, no sólo en la academia o en las capitales.

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