Pobre diabla 

Por Martín Vicuña Me parece lamentable no manejar bien la cueca. En el colegio, cuando se acercaba septiembre, empezaban los zapateos en una multicancha de hormigón. No era sorprendente que algunos se pusieran tímidos y tímidas por tener que tomar el brazo de sus parejas. Dar vuelta de aquí para allá; aplaudir con las manos arriba; hacer…

Por Martín Vicuña

Me parece lamentable no manejar bien la cueca. En el colegio, cuando se acercaba septiembre, empezaban los zapateos en una multicancha de hormigón. No era sorprendente que algunos se pusieran tímidos y tímidas por tener que tomar el brazo de sus parejas. Dar vuelta de aquí para allá; aplaudir con las manos arriba; hacer de los pies escobas; acercarse y alejarse; envolverse en los pañuelos blancos; secretearse al oído mientras corre el arpa de fondo. 

Deberían habernos enseñado más del arte de acercarse y alejarse. Se dice, que la cueca a diferencia del tango, no es sensual. No estoy de acuerdo, ese breve paseo que se hace entre el huaso y la chinita es íntimamente erótico. No es explícito pero los pares caminan sonriendo y mirándose. Los espectadores solo vemos un inocente paseo, pero es solo la previa a estridentes movimientos, donde el metal de los estribos resuenan con el piso. El huaso bordea el perímetro de la chinita y se aplauden mirándose a los ojos, se envalentonan con mirada deseante. El tango es sensual pero como lo es la narrativa: explícito, los movimientos son claros, no hay un misterio sobre el deseo en el baile argentino. Esto no significa que sea menos bello, es sin duda un hermoso baile. La cueca en cambio es más próxima a la poesía no solo por los cantos en décima que suenan de fondo, sino porque su componente dionisiaco es escondido, está cifrado entremedio, en el intervalo de los aplausos, vueltas y movimientos de pies.

La cueca es el baile de lo no consumado. Se persiguen estridentemente los bailarines, se aproximan, se envuelven con los pañuelos, se tensiona el ambiente pero nunca pasa algo. Es tensión eterna. Cómo eso no va ser erótico ni sensual. El problema o la confusión, es que la conclusión de la cueca es dolorosa. No hay desenlace, el gallo y la gallina quedan donde mismo. Es un baile alegre, lleno de sonrisas, melodías agudas y eufóricas. Es al fin y al cabo, la celebración del deseo en sí mismo. Por eso requería valentía bailarlo de niño, ya que se devela un deseo que no llevara a nada. Es un baile de fracasos, es una tragedia griega, es la fiesta de los pretendientes de Penélope en Ítaca. 

Los amores de metro nos enseñan sobre este dolor, se ve a la persona deseada y no solo eso, se ven entre sí en el mejor de los casos. Pero apenas uno de los dos llega a su estación se acabó. Se pierde ese amor entre las multitudes de señores y señoras tristes. Uno se transforma en uno más de esa tristeza subterránea. En el dieciocho de septiembre todo se llena de sonrisas empapadas en terremotos y ahogadas en empanadas. Estas, sin embargo, esconden la profunda tristeza que se esconde en el subsuelo santiaguino. 

Habría que prestar atención a esa tremenda melancolía contenida y distendida en esa semana de cuecas y viejos que se cagan encima. Si hubiera una musa de los chilenos, estaría con una sonrisa fácil, para ocultar una pena, y una botella de vino en su mano derecha. En la izquierda cargaría un copihue o “copün” que en mapudungun significa: estar boca abajo. Tal como están muchos patriotas en fiestas patrias, pero no solo en festivos sino que en la calle, en sus trabajos, en los malls, en el metro. También porque la flor de nuestros fósforos, habla del amor entre el guerrero Maitú y la joven Rayén, la cual espera de la guerra, sin logro a su amado. 

En Chile la única alegría es la del amor y el deseo. Pero lamentablemente el amor es causa de dolor y no de felicidad. Por eso la botella de vino en la derecha, la mano más inútil. La que se usa para esconder los movimientos de la boca o tapar las náuseas. La mano, a fin de cuentas, más popular pero desabrida. 

Tuve un amor de metro que solo pude ver gracias a la libertad de mi mano hábil.  Uso la derecha para afirmarme en el metro o la micro, porque es mi mano débil y la que menos me importa ensuciar. Gracias a eso, quede en un ángulo perfecto para mirar a esa mujer. Nos miramos con un par de sonrisas sutiles. Me bajé antes y con ganas de bailar cueca. La excitación y la frustración comulgan con las ganas de golpear la tierra, de removerla. Pero en el subway no se puede golpear la tierra. Ya se penetró. 

El infierno debe escuchar todos los dieciochos, el repetido zapateo y escobilleo de este largo y angosto país. En el infierno, debe haber varios diablos y diablas frustrados, que se cruzan pero no les sucede absolutamente nada. Qué sucedería si zapatearan allá abajo. Quizás alguna grieta se abriría, algún chiflón de aire entraría. Algo que les ventile los sesos a esos cornudos desgraciados. Sería lindo una cueca de diablos. Como esos huasos payadores de la película de Raúl Ruiz. El diablo al recibir una copa de vino de otro campesino deja de ser diablo y el que convidó el trago hereda el rango infernal. En una cueca diabólica, el que se transformaría en el diablo sería el que sucumba con su baile al otro. El que caiga ante los movimientos de su par se transforma en humano. 




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