Anatomía de Gray

Entre los más interesantes “peregrinos posideológicos” de la actualidad se cuenta el filósofo político John Gray. Su peregrinaje ha ido desde el thatcherismo a la crítica del capitalismo global, para adentrarse en la ecología “profunda”, aunque movido más por su desconfianza en el ser humano. Su cuestionamiento de los principios universales, sin embargo, lo mantienen,…

Por Danny Postel*

Vivimos, según se ha dicho, en una era posideológica. Tal vez sea más apropiado decir que estamos ideológicamente confundidos. De cualquier modo, no hay duda de que desde la caída del muro de Berlín las arenas ideológicas han estado moviéndose. Gran parte del mapa político ha sido reconfigurado, sus coordenadas intelectuales recombinadas con resultados que son a veces bienvenidos y horrorosos, pero casi siempre divertidos, al menos para mí.

Este camino de posguerra fría está pavimentado con los viajes personales de figuras intelectuales y políticas de diversas tendencias, muchas de las cuales se han entrecruzado a lo largo de la superautopista posideológica. Pensemos en la metamorfosis de Pat Buchanan de republicano convencional de la guerra fría a populista paleoconservador y antiimperialista de pleno derecho; el largo y extraño viaje de Michael Lind “desde el conservadurismo” a una especie idiosincrásica de nacionalismo socialdemócrata; el viaje de Joschka Fischer del nuevo izquierdismo revolucionario al pragmatismo “realista” y al intervencionismo humanitario; el editor de la revista Harper’s, Lewis Lapham, ha pasado de un centrismo difícil de definir pero más o menos conservador a una especie de liberalismo de izquierda patricio e indefinido y ahora a un antiimperialismo militante. Y luego, por supuesto, está Christopher Hitchens, que sigue construyendo el camino a medida que avanza, pero que mezcla elementos del postrotskismo, el internacionalismo liberal y lo que Ian Williams ha llamado inteligentemente “neo-neo-conservadurismo”.

Entre los peregrinos posideológicos más interesantes se encuentra el escritor británico John Gray, quien fuera profesor de pensamiento europeo en la London School of Economics. El recorrido de Gray lo ha llevado desde defender la revolución de Thatcher a convertirse en uno de los críticos más feroces de la globalización; de escribir Hayek on Liberty, un panegírico de 1984 al sabio austríaco de la economía de libre mercado, a escribir Falso amanecer, una jeremiada de 1998 sobre los “delirios del capitalismo global”; de frecuentar los think tanks de derecha de Washington a frecuentar las páginas de The Guardian y The New Statesman.

Perros de paja representa otro giro en el recorrido de Gray. Ahora se ha convertido a la cosmovisión de la ecología “profunda”. Ya no son los excesos del libre mercado o la globalización corporativa lo que preocupa a Gray. Está harto de la raza humana en sí. “La destrucción del mundo natural no es el resultado del capitalismo global, la industrialización, la ‘civilización occidental’ o cualquier defecto en las instituciones humanas”. Más bien, explica, es “una consecuencia del éxito evolutivo de un primate excepcionalmente rapaz”.

Esta noticia será bien recibida por los capitanes de la industria y los arquitectos de la economía global; la devastación ecológica que dejan a su paso, según Gray, no tiene nada que ver con sus hazañas. Y será una noticia terriblemente desalentadora para cualquiera que intente frenar las formas más feroces de degradación ambiental. ¿Qué sentido tiene el Protocolo de Kioto? ¿Para qué molestarse con las energías alternativas? 

Gray está harto no sólo de los humanos, sino también de su autoimagen autocomplaciente, del pernicioso esquema intelectual que ve como la fuerza animadora detrás de sus alborotos ecocidas: el humanismo. El humanismo, para Gray, comete dos pecados intelectuales imperdonables: afirma que los humanos poseen la capacidad de forjar sus propios destinos y que los humanos están por encima de otros animales.

Esta segunda afirmación se basa en una distorsión peculiar del humanismo, una que Gray agrava al postular idiosincráticamente un antagonismo entre el humanismo y la ciencia. Mientras Darwin “mostró que los humanos son como los demás animales”, los humanistas, afirma, “afirman que no lo son”. Una lectura extraña de la historia intelectual moderna, sin duda. La revolución darwiniana, por el contrario, fue aclamada por los humanistas desde el principio como uno de los puntos culminantes de la lucha del humanismo contra el irracionalismo religioso y la superstición. Sin embargo, en un extraño cambio de dirección, Gray ha convertido a los humanistas en enemigos de la ciencia y la evolución. No se proporciona ninguna explicación, ningún argumento, ninguna referencia a ningún humanista específico; sólo una afirmación general. Esto, me temo, es demasiado característico del método empleado en Perros de paja.

Aún más importante para Gray es la cuestión de dar forma a nuestro destino. De hecho, el conflicto esencial hoy, sostiene, se está librando “entre los humanistas con una minoría que entiende que los seres humanos no pueden ser más dueños de su destino que cualquier otro animal”. Para Gray es de suma importancia que descartemos la fantasía voluntarista de controlar nuestro destino. “La epidemiología y la microbiología constituyen, pues, mejores guías para conocer nuestro futuro”, escribe, “que cualquiera de nuestras esperanzas o planes”. Gray se refiere aquí a nuevos patrones de enfermedad que prometen, en sus palabras, “mermar seriamente la población humana”. Desde el punto de vista del recién descubierto antihumanismo de Gray, el espectro de epidemias calamitosas que se extienden por el planeta no es nada alarmante. Por el contrario, la desaparición de grandes cantidades de “homo rapiens” (su término cariñoso para referirse a la especie) sería una purga saludable de la “plaga de personas” que ha afligido a la sobrecargada Tierra, un acto de ecolimpieza autoequilibrante.

Gray incluso se entusiasma con el potencial de las nuevas tecnologías de guerra como instrumentos de reducción de la población. El impacto de este desarrollo “podría ser considerable”, escribe. “No solamente son las armas de destrucción masiva —sobre todo las armas biológicas y (en breve) las genéticas— más temidas que nunca”. “Sino que, además”, se entusiasma, “es probable que su efecto en los sistemas de mantenimiento vital de la sociedad humana sea mayor”.

Gray toma el lenguaje de la “plaga de personas” de uno de sus nuevos gurús, James Lovelock, autor de varios libros que describen la así llamada hipótesis Gaia. Como muchos neófitos, Gray se adentró en su nueva Weltanschauung con embriagadora emoción y se olvidó de examinar la voluminosa literatura crítica al interior de la ecofilosofía. Si lo hubiera hecho, habría aprendido que la obra de Lovelock es considerada casi universalmente por los pensadores verdes como una broma. El lenguaje de Gaia se abandonó como una mala costumbre hace años en los círculos ecológicos.

Lo mismo puede decirse de las diatribas neomalthusianas sobre la sobrepoblación. Estos sentimientos han estado presentes en el movimiento ecologista durante mucho tiempo, particularmente en el grupo de acción directa de sabotaje no violento Earth First!, cuyo boletín publicó un artículo que celebraba el SIDA como castigo de la Madre Naturaleza a los humanos por su capacidad destructiva (así como un mecanismo de corrección de la “capacidad de carga” de sustentación ambiental). Pero esas opiniones fueron atacadas con la misma rapidez por otros miembros del movimiento ecologista, sobre todo por Murray Bookchin. Hay que reconocerle al fundador de Earth First!, Dave Foreman, que abordó las críticas de Bookchin de manera productiva y llegó a repudiar gran parte de la misantropía en la perspectiva de su grupo. De hecho, el diálogo entre ellos se publicó en forma de libro en 1991 con el título Defending the Earth, un texto que Gray habría hecho bien en consultar.

No sólo es intelectualmente torpe que Gray saque a relucir estas cosas ahora como si estos debates nunca hubieran tenido lugar, sino que es francamente vergonzoso. Un mejor editor le habría asignado hace una pequeña tarea de estudio sobre la tradición intelectual que ha llegado a abrazar.

Pero la inclinación de Gray por nociones como Gaia y su entusiasmo por los escenarios apocalípticos no tienen que ver en última instancia con la argumentación o la reflexión crítica, que son, después de todo, reliquias del moribundo proyecto del humanismo. Él ha desarrollado una repulsión visceral hacia sus semejantes humanos, un impulso profundamente misantrópico que disfraza con el sonoro lenguaje de la “biofilia”.

La tarea de los amantes de la Tierra, escribe Gray, no es trabajar por un planeta ecológicamente más equilibrado, sino más bien esperar un momento “en el que los humanos hayan dejado de importar”. Teniendo en cuenta esto, no hay razón para temer la perspectiva de un futuro poshumano en el que la tecnología haga que las personas queden obsoletas. “Concebir nuestros cuerpos como naturales y nuestras tecnologías como artificiales es dar demasiada importancia al accidente de nuestros orígenes. Si las máquinas acaban sustituyéndonos, supondrá un cambio evolutivo en nada diferente del que se produjo cuando las bacterias se combinaron para crear a nuestros primeros antecesores”.

No creo que tenga que convencer a los lectores de la naturaleza perturbadora, y muy posiblemente perturbada, de esta perspectiva. Gray ha esbozado un programa de pasividad política total. No tiene ningún sentido que intentemos hacer del mundo un lugar menos cruel o más habitable. Esas cuestiones están fuera de nuestro control, y pensar lo contrario es una arrogancia humanista. Si la guerra se vuelve aún más ruinosa, si nuevas enfermedades matan a multitudes insondables, si la tecnología vuelve inmateriales a nuestros cuerpos, pues que así sea. El problema no es el sufrimiento inimaginable que causarían esos desarrollos, sino la estupidez de los humanistas al pensar que las cosas podrían ser de otra manera.

El largo y sinuoso camino ideológico de Gray lo ha llevado de esta manera desde el fanatismo del libre mercado hasta el anticapitalismo de “centroizquierda” y ahora al antihumanismo verde. Esta podría parecer una trayectoria extraña incluso en una era posideológica. Pero es posible decir que hay un método en la locura de Gray, un patrón en su incesante cambio de engranajes intelectuales. Podría tener algo que ver con lo que su viejo amigo Norman Barry llama la “promiscuidad filosófica” de Gray. Barry, compañero de ruta de Gray durante los años de Thatcher, dijo a la revista Lingua Franca en 2001 que incluso en sus días como anarcocapitalista, Gray “siempre estaba revoloteando de persona en persona, de filósofo en filósofo… No podía formar una relación estable con ningún pensador”.

Y aunque era un devoto del capitalismo de libre mercado —lo que Irving Kristol llamó alguna vez “la menos romántica concepción de un orden público que la mente humana jamás haya concebido” — Gray se acercaba a su política con euforia. En lugar de diseñar modelos de elección racional, componía poemas en prosa a los dioses del mercado. Esos dioses, por supuesto, le fallaron. Y, como vemos, también lo hicieron los dioses de la centro-izquierda. ¿Podría Gray, de hecho, prepararse para una desilusión perpetua al sumergirse, una y otra vez, en aventuras ideológicas?

Si bien Gray indudablemente ha recorrido un largo camino hasta el terreno intelectual que actualmente ocupa, considero su posición actual como una especie de regreso a un terreno conocido. Aunque ya no exalta la magia del libre mercado ni las pasiones humanas que creía que este desataba, pienso que hay algo inequívocamente conservador en el antihumanismo, ya sea en sus variedades religiosa, heideggeriana, althusseriana, posestructuralista o “biocéntrica”. La persuasión humanista, en su mejor expresión, es sobre posibilidades. Es la creencia, como dice Richard Rorty, de que “si podemos trabajar juntos, podemos convertirnos en aquello que seamos lo suficientemente inteligentes y valientes como para imaginar que podemos llegar a ser”. La hostilidad hacia ese impulso emana de lo que no puedo evitar pensar que es un lugar conservador 

En cierto sentido, Gray ha cerrado el círculo, pero, en consonancia con su inquietud intelectual, ha vuelto a barajar su mazo teórico, al menos un poco. Su último libro, Al Qaeda y lo que significa ser moderno, aunque no está exento de problemas, está repleto de observaciones interesantes y reflexiones estimulantes. Aunque Gray presenta este breve libro como una especie de secuela conceptual de Perros de paja, el nuevo volumen contiene argumentos que se las arreglan para emerger intactos de los restos que dejó su predecesor.

En Al Qaeda, Gray pretende desengañarnos de la idea de que el drama fundamental de la geopolítica contemporánea es una confrontación entre las fuerzas de la democracia liberal moderna, por un lado, y las del antimodernismo atávico, por el otro. Rechaza la idea de que la modernización como tal sea el boleto hacia la emancipación y la felicidad. Dos de los experimentos políticos más mortíferos de la historia, el nazismo y el estalinismo, fueron profundamente modernos, señala. Si bien la modernidad fue testigo de la democracia liberal y el pluralismo, también fue testigo de los campos de concentración y los gulags. Por el contrario, citando la tolerancia practicada “en la India budista, en el Imperio otomano y en los reinos moros de la España medieval, y en China”, sostiene que “no hay nada peculiarmente liberal, occidental o moderno en la coexistencia pacífica de comunidades que tienen diferentes valores y creencias”.

Al Qaeda es también en parte una repetición de Falso amanecer. Gray se propone fustigar las fantasías de los globalizadores económicos y de los universalistas liberales por igual. “Los utópicos neoliberales esperaban que la globalización llenaría el mundo de repúblicas liberales, vinculadas entre sí por la paz y el comercio”. En cambio, informa Gray, “la historia está respondiendo con un florecimiento de la guerra, la tiranía y el imperio”. Por si el mundo necesitaba que le recordaran que la visión modernista de un futuro moldeado por la difusión de valores universales era peligrosamente engañosa, Gray sostiene que lo consiguió el 11 de septiembre de 2001, con una venganza.

Al Qaeda, sostiene Gray, es un organismo completamente moderno. Es moderno “no sólo en el hecho de que utiliza teléfonos satelitales, computadoras portátiles y sitios web encriptados”, sino en su predilección por “encuentros espectaculares en los que la difusión de imágenes de los medios es una estrategia central”. Pero, se podría replicar, se trata de apropiaciones puramente técnicas, no de afinidades ideológicas; Al Qaeda hace un uso pragmático de los medios modernos, pero en busca de sus fines decididamente antimodernos. La respuesta de Gray es que la ideología de Al Qaeda es un “típico híbrido moderno”, mezclando elementos de la tradición con el concepto bolchevique de la vanguardia revolucionaria. En los talibanes, él encuentra resonancias no tanto con el medievalismo como con esa criatura quinta esencialmente del siglo XX, Pol Pot.

Pero incluso las características premodernas de Al Qaeda, sostiene Gray, le permiten operar eficazmente en la hipermoderna complejidad de la globalización. Con sus “sistemas bancarios informales (hawala) de alcance mundial y cuyas operaciones son efectivamente imposibles de rastrear”, y con “las estructuras celulares de los cárteles de la droga y las redes aplanadas de las corporaciones comerciales virtuales”, Al Qaeda no resiste las fuerzas de la globalización, sino que las aprovecha. (Una pequeña objeción: llamativamente, en este análisis no se menciona Jihad vs. McWorld de Benjamin Barber, una obra que efectivamente prefiguró la formulación de Gray por casi una década. Al menos una referencia pasajera hubiera estado bien).

Rechazando el prisma moderno/antimoderno, Gray ve la naturaleza del conflicto global actual en términos de “crecimiento demográfico, disminución de los suministros de energía y cambio climático irreversible”, “enemistades étnicas y religiosas y el colapso o corrosión del Estado en muchas partes del mundo”; el surgimiento de “organizaciones políticas, milicias irregulares y redes fundamentalistas” se volvió aún más ominoso dada la difusión de armas altamente letales. Visto en conjunto, sostiene Gray, estos desarrollos presagian un desastre casi seguro.

En realidad, se puede prescindir del “casi”. En Gray hay una veta sorprendentemente determinista y fatalista. A lo largo del libro se encuentran formulaciones como: “La población de la Rusia europea quedará más que diezmada”; “la agitación geopolítica es inevitable”; “no hay nada que hacer sobre esto”; “es una consecuencia del hecho universal de la entropía”. ¿Suena familiar? El tono de inevitabilidad férrea es uno de los remanentes de Perros de paja. Como señaló recientemente Adair Turner en la revista inglesa Prospect, el rígido determinismo de Gray es más que algo irónico dada su crítica despiadada del positivismo por su insistencia en que el crecimiento del conocimiento científico conduciría inevitablemente a un futuro utópico, uno de los temas centrales de Gray en Al Qaeda.

Pero esta tensión palidece en comparación con un problema mucho más fundamental en el proyecto de Gray. A pesar de todas sus observaciones sobre nuestra situación geopolítica y sus advertencias sobre el peligroso camino que estamos recorriendo, cuando uno lee los dos libros a la vez, el efecto es el de una insensibilidad moral. Si uno sigue el argumento de Perros de paja (como sólo podemos asumir que hace Gray), ¿qué diferencia hay en que la especie humana evite su curso de colisión con la perdición? Si debemos esperar un tiempo “en el que los humanos hayan dejado de importar”, como Gray nos exhorta a hacer en Perros de paja, ¿qué sentido tiene siquiera considerar las propuestas que ofrece en Al Qaeda para diseñar un futuro menos calamitoso? ¿Cómo puede conciliarse el antihumanismo apocalíptico de Perros de paja con la afirmación, en el capítulo final de Al Qaeda, de que “necesitamos pensar de nuevo sobre cómo los regímenes y las formas de vida que siempre serán diferentes pueden llegar a coexistir en paz”?

Como era de esperar, la visión política que Gray ofrece en Al Qaeda es una complicada mescolanza posideológica (por lo general desconfío de las visiones políticas que no sean complicadas y, en cierto sentido, posideológicas). Dicho esto, hay varios indicios de una forma pre-posideológica de conservadurismo. Gray caracteriza al libro El retorno de la antigüedad. La política de los guerreros, de Robert Kaplan, como “brillante”. “Incluso los regímenes intolerables”, señala, deben ser tolerados “siempre que no representen un peligro para los demás”. Esta visión que parece superficialmente inobjetable resulta estar arraigada en una comprensión profundamente conservadora de la soberanía estatal y del orden global, y una en la que no hay problema con los tiranos genocidas y los asesinos en masa siempre que se limiten a torturar y aniquilar a sus propios súbditos.

Además, el rechazo de Gray al universalismo liberal mismo está arraigado en una creencia arquetípicamente conservadora en las diferencias humanas esenciales, una ontología de derecha de la alteridad. Las expresiones particulares del universalismo liberal que Gray decide atacar —el positivismo, el neoliberalismo de libre mercado— son lo suficientemente aborrecibles como para que sus críticas aguijoneen con facilidad. Pero el problema de Gray no es sólo con ellas, sino con el concepto mismo de universalismo, cosmopolitismo o internacionalismo, ideas que los conservadores han aborrecido durante siglos. Por eso, cuando Gray ataca a los modernistas liberales por su ceguera ante las diferencias fundamentales e inmutables entre culturas que son inherentes a sus esquemas universalizadores, podría sonar como si estuviera hablando el lenguaje anticapitalista del movimiento por la justicia global o el lenguaje antiimperialista del movimiento contra la guerra. Pero no es ese, para nada, su punto de vista. Está hablando el lenguaje del conservadurismo organicista, un credo de jerarquías naturales y divisiones culturales congénitas. Y en ambos libros late otro ingrediente que define la mente conservadora: una visión profundamente oscura y pesimista de la naturaleza humana.

El esencialismo conservador de Gray está cortado por el mismo patrón que la creencia huntingtoniana en la inconmensurabilidad de las civilizaciones. “¿No podemos aceptar que los seres humanos tienen valores divergentes y conflictivos, y aprender a vivir con este hecho?”, se lamenta Gray. Desde esta perspectiva, es un hecho que las civilizaciones del mundo son monolíticas, cada una hablando con una sola voz. Pero no lo son: son campos de batalla internamente disputados de ideas, intereses, clases, visiones y posibilidades opuestas. Pensemos en Irán, por tomar sólo uno de los innumerables ejemplos. Sería imposible entender su situación interna en los términos monocromáticos de Gray.

Gray está en lo correcto razón cuando sostiene que la gran mayoría de las sociedades del mundo no desean que se les imponga la globalización en forma de neoliberalismo corporativo al estilo estadounidense. Pero lo convierte en un argumento contra el universalismo como tal, lo cual no es así. Los activistas de derechos humanos en todo el planeta están librando las correspondientes luchas. Como ha señalado el sociólogo y disidente egipcio Saad Eddin Ibrahim, cuando los activistas de derechos humanos de distintos países se reúnen e intercambian opiniones, invariablemente descubren que, a pesar de las grandes diferencias geográficas, culturales y religiosas, comparten muchas de las mismas experiencias y hablan un idioma admirablemente común. No es casualidad que quienes integran el movimiento internacional de derechos humanos tiendan a considerarse, en este sentido, como universalistas.

Gray no dice ni una palabra sobre este tipo de universalismo. O, en realidad, sobre los movimientos de solidaridad en todo el mundo que reúnen a personas de sociedades y tradiciones divergentes en luchas comunes por la justicia económica y la resistencia a la dominación, muchas de las cuales se ven a sí mismas como personas que actúan en nombre de principios universales.

Hegel aconsejó adentrarnos en las fortalezas más que en las debilidades de los argumentos de nuestro adversario, algo que Gray rotundamente no hace en estos dos libros; atacar el universalismo apuntando al positivismo y al neoliberalismo es ganar puntos fáciles mientras se evitan cuestiones más desafiantes.

Aunque Al Qaeda y lo que significa ser moderno muestra varios signos de avance con respecto a Perros de paja, a fin de cuentas, sigue plagado de los impulsos subyacentes que animan la obra de Gray en general. Por mucho que se haya movido y por mucho que haya cambiado de ruta, sigue siendo conservador después de todos estos años.

Artículo aparecido originalmente en The Nation 22.12.2003. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia.

Perros de paja. John Gray (trad. A. Santos). 2023, Sexto Piso. 240 pp. 

*Danny Postel es editor de política en New Lines Magazine. Es autor del libro Reading Legitimation Crisis in Tehran (2006).




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