Hacia el final de la novela de Olga Tokarczuk, Un lugar llamado Antaño, uno de sus personajes principales, mientras inspecciona una tumba familiar, lee en voz alta unas palabras inscritas sobre la salida del cementerio: “Dios ve / El Tiempo huye / La Muerte acosa / La Eternidad espera”. Este escueto mensaje (una cita de un poema religioso del siglo XVII) resume acertadamente los temas de la novela. Mientras los personajes de un pueblo polaco llamado Antaño experimentan los sencillos placeres cotidianos junto con las grandes luchas y tragedias del siglo XX, muchos comienzan a cuestionar el lugar de Dios en sus vidas. Si bien los personajes generalmente no cuestionan Su existencia, sí se preguntan sobre Su papel en la vida humana después de la creación. Él ve, pero ¿interviene?, ¿provoca que ocurran tragedias? ¿O son los humanos los únicos responsables de su destino? Todo lo que podemos saber con certeza es que el tiempo avanza inexorablemente y el misterio de la otra vida aguarda. Aunque esto pueda parecer existencialista, la novela es mucho más expansiva. Las preguntas sobre nuestra existencia se exploran más con asombro que con resignación negativa. En última instancia, Tokarczuk está interesada en las formas en que los humanos se conectan entre sí y con su mundo, y es esta idea la que informa Un lugar llamado Antaño.
Las preguntas filosóficas sobre el papel de Dios se desarrollan de manera más significativa en los capítulos que explican el Juego, una especie de elaborado juego de mesa que se le dio al señor Popielski, quien “no dejó de creer en Dios, pero Dios y todo lo demás pasó a ser inexpresivo, plano, como los grabados de su Biblia”. Después de jugar El juego, se obsesiona con sus intrincadas reglas y desentraña el críptico libro que lo acompaña. Los capítulos posteriores dedicados al texto del juego entregan diferentes posibilidades de por qué Dios creó el mundo y su relación posterior con su creación. Al llamar la atención sobre el proceso de creación y si Dios ha abandonado su obra o retiene el control de ella, Tokarczuk enfatiza el paso del tiempo. Sin duda, la novela privilegia la temporalidad como una construcción organizadora. Los títulos de los capítulos como “Tiempo de Misia” (uno de los personajes principales de la novela) dirigen la atención a las acciones y el comportamiento de los personajes en la medida en que afectan los eventos posteriores en el libro (haciendo hincapié en una cadena continua y atemporal de acciones), en lugar de centrarse en estudios elaborados de los personajes que podrían anclar las acciones a un tiempo y lugar específicos. Incluso los lugares y los objetos (“Tiempo de Antaño”, “Tiempo de la casa”) se introducen temporal e implícitamente como conceptos que están bien establecidos y cuyas ideas siguen siendo significativas.
También se tiene que tomar en cuenta la propia formación de Tokarczuk y su interés por la psicología junguiana, que se aleja de las discusiones puramente teológicas o filosóficas sobre la existencia para argumentar la existencia de patrones arquetípicos. Un interés junguiano en el inconsciente colectivo permite a Tokarczuk explorar si los personajes pueden realmente compartir experiencias. Ciertamente, en un mundo asolado por guerras y luchas económicas y políticas, y uno donde Dios puede estar ausente, es probable que la gente se sienta aislada. En un momento dado se describe a un personaje “tendido de espaldas en el presente, áspero e impreciso, y sentía que ambos, segundo a segundo, se desvanecían en la nada”.
Más tarde, cuando los personajes se acercan a la muerte, se preocupan por cómo pueden dejar impresiones duraderas:
“Pero lo que más temían era que, en aquel ajetreo de la muerte —de la separación del alma y el cuerpo o de la muerte biológica de la estructura del cerebro—, Misia Boski desaparecería para siempre. Desaparecerían todas sus recetas de cocina, se perderían para siempre sus ensaladas con hígado y rabanillos, sus pasteles de cacao —con su capa de azúcar— y sus galletas de jengibre, y al final, sus pensamientos, sus palabras, los hechos en los que había tomado parte; hechos tan sencillos como su propia vida”.
El paso del tiempo y la inevitabilidad de la muerte aparentemente hacen irrelevantes el yo y las acciones que hemos creado mientras estábamos vivos.
Si bien estas preguntas pueden sugerir que cualquier impresión que podamos dejar es transitoria, un junguiano cabal probablemente creería lo contrario. La desunión y la desconexión son simplemente partes del proceso de la vida:
“Misia, como todo ser humano, nació fragmentada, incompleta, a pedazos. Todo eran partes independientes: la mirada, el oído, el entendimiento, el sentimiento, la intuición y las sensaciones. Su pequeño cuerpo se hallaba dominado por impulsos y por instintos. Todo el futuro de Misia debía consistir en recomponer aquella vida y en permitir, posteriormente, su descomposición”.
El trabajo de una vida consiste entonces en construir una identidad, dejando una marca indeleble en el mundo. Incluso si toda esa identidad se desmorona —en la muerte, por ejemplo—, esos pedazos serán recogidos más tarde por alguien más.
También es importante destacar la atención que se presta a la información sensorial aquí y a lo largo de la novela. Poco después, por ejemplo, el padre de Misia le da un molinillo de café que se describe en detalle desde su fabricación hasta su paso por las manos de Misia, “que, como todas las cosas, se impregnaba de la confusión del mundo”. Y, al final, “el olor a café recién molido se unió al molinillo, a Misia y al mundo entero”. Lo sensorial, un medio para asimilar el mundo personal y físicamente, se convierte así en un método posible para compartir la experiencia.
Tokarczuk explora la experiencia compartida en términos emocionales y literales. En el transcurso de la novela, la hierba sangra, una mujer experimenta el tacto de manera indirecta, una casa tiene alma, la ropa tiene memoria, se describe que los hongos poseen tiempo y los animales sueñan en imágenes. Se podría argumentar que estas construcciones son meras personificaciones figurativas o convenciones del realismo mágico, pero la insistencia de Tokarczuk en conectar las experiencias de la flora, la fauna e incluso los objetos inanimados con la experiencia humana, sin privilegiar nunca una sobre la otra, indica un deseo de unificar todas las experiencias de una manera vital para los temas de la novela. Estas construcciones son inherentemente empáticas. Tokarczuk sostiene, en última instancia, que compartir la experiencia entre todas las cosas del mundo es un prerrequisito para vivir. De hecho, si no podemos conocer la naturaleza de Dios o si es una ilusión o puede haberse alejado de nosotros, se nos deja con nuestros apegos, físicos y emocionales, en este mundo. Antaño nos muestra que en la turbulencia del siglo pasado la experiencia en sí misma puede ser el único medio que nos queda para compartir con los demás, y el único rastro que dejamos en el mundo.

Artículo aparecido en The Samartian Review 31-1 (2011). Se traduce con autorización de su autor. Traducción. Patricio Tapia

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