El banquete en la Antigua Grecia era un evento privado e íntimo, reservado para hombres que compartían lazos de amistad o parentesco, personas de gran confianza. Durante estos encuentros, se disfrutaba de comida y vino en un ambiente de cálida hospitalidad. El vino tenía un simbolismo especial, ya que su consumo facilitaba la conversación sobre temas personales y profundos.
En El banquete de Platón, el tema central de la conversación es el amor. Los amigos de Sócrates ofrecen discursos al respecto, entre ellos Fedro, Pausanias, Aristófanes, Erixímaco y Agatón, quienes están dispuestos alrededor de la mesa en un orden específico, de izquierda a derecha. Este orden tiene algunas curiosidades, como la creencia de Agatón de que la sabiduría puede transmitirse por el tacto. En un momento, Agatón invita a Sócrates a sentarse junto a él, diciendo: “Para que, en contacto contigo, disfrute yo también de ese sabio pensamiento que se te ocurrió en el portal” (Platón, p. 274).
Agatón logra sentarse junto a Sócrates, y así comienzan los discursos, cada uno tomando su turno. El primero en hablar es Fedro.
Fedro sostiene que el Amor es un dios poderoso, el más antiguo de todos y aquel que otorga los mayores bienes. Según él, este tipo de amor es la mejor guía para una vida virtuosa, ya que genera en el amado un sentido de vergüenza ante su amante, lo que lo impulsa a actuar con honor. Como ejemplo, Fedro menciona al ejército ateniense, argumentando que debería estar compuesto exclusivamente por amantes y amados, ya que esa conexión emocional los haría invencibles. En sus palabras:
«Y si hombres tales combatieran en mutua compañía, por pocos que fueran, vencerían, por decirlo así, a todos los hombres, ya que el amante soportaría peor sin duda ser visto por su amado abandonando su puesto o arrojando sus armas que serlo por todos los demás, y antes que esto preferiría mil veces la muerte» (Platón, p. 280).
De este modo, Fedro afirma que el Amor motiva sacrificios extraordinarios, como dar la vida por el ser amado. En su opinión, el Amor no solo es el más antiguo y digno de los dioses, sino también el más poderoso para inspirar virtud y felicidad en los hombres. Como ejemplo de esta inspiración divina, menciona a héroes como Aquiles, quien fue enviado a las Islas de los Bienaventurados. Según Fedro, esto se debe a que es más divino el amado que ama al amante que el amante que ama al amado, ya que Aquiles eligió vengar a Patroclo, a pesar de saber que ello lo llevaría a su muerte a manos de Héctor.
Pausanias interviene para matizar la postura de Fedro, señalando que no todo amor es digno de elogio. Solo merece ser alabado aquel amor que impulsa a amar de manera bella y virtuosa. Según Pausanias, existen dos tipos de Eros, derivados de las dos Afroditas: Afrodita Urania, hija de Urano y sin madre, que representa un amor elevado y espiritual; y Afrodita Pandemo, hija de Zeus y Dione, asociada a un amor más vulgar y carnal.
Pausanias argumenta que ninguna acción, incluido el amor, es inherentemente bella o fea; su valor depende de cómo se realice. Utiliza ejemplos cotidianos, como beber, cantar o conversar, para ilustrar que estas actividades pueden ser agradables y nobles si se ejecutan de manera adecuada, pero torpes si se hacen mal.
En palabras de Pausanias:
«Es hombre vil aquel enamorado vulgar, que ama más el cuerpo que el alma y que, además, ni siquiera es constante, ya que está enamorado de una cosa que no es constante. Pues tan pronto como cesa la lozanía del cuerpo, del que precisamente está enamorado, se marcha en su vuelo, tras mancillar muchas palabras y promesas. En cambio, el que está enamorado de un carácter virtuoso lo sigue estando a lo largo de toda su vida, ya que está inseparablemente fundido con una cosa estable» (Platón, p. 287).
Para Pausanias, el amor asociado a Afrodita Pandemo es vulgar porque se enfoca exclusivamente en lo físico, en lo efímero del cuerpo. En contraste, el amor de Afrodita Urania es moral e intelectual, vinculado a lo masculino, lo viril, lo fuerte y lo inteligente, valores que trascienden lo carnal para alcanzar un nivel superior de conexión espiritual y virtud.
Cuando llega el turno de Aristófanes, un ataque de hipo provocado por la “hartura” le impide hablar. En su lugar, interviene el médico Erixímaco, quien además se encarga de aliviar el malestar del cómico. Desde su perspectiva profesional, Erixímaco aborda el tema del Amor desde una óptica médica, señalando que el Eros se manifiesta claramente en el cuerpo. Explica que, al igual que en la medicina se distingue entre un cuerpo sano y uno enfermo, en el Amor también existe un amor saludable y otro dañino. Según Erixímaco, es necesario reconciliar estos opuestos, de la misma manera que se equilibran elementos contrarios como lo caliente y lo frío, lo seco y lo húmedo, o las musas Urania y Polimnia.
Sobre las Afroditas, afirma:
«Y es éste el Amor que es bello, el que es ‘celeste’, el que procede de la musa Urania. En cambio, el de Polimnia es el ‘vulgar’, que se debe aplicar prudentemente a quienes se aplique, para recoger, llegado el caso, el placer que proporciona sin que dé origen a ningún exceso; así, en nuestra profesión es sumamente delicado manejar bien los apetitos relativos al arte culinario, de modo que se recoja el fruto del placer sin que se origine enfermedad» (Platón, p. 293).
Erixímaco recomienda tratar con cautela el amor vulgar o carnal, asociado a Polimnia, pues la falta de prudencia puede dar lugar a enfermedades o incluso la muerte. En conclusión, el médico sostiene que el problema no es la ausencia de amor, sino amar de manera incorrecta o desordenada. Para él, amar bien significa encontrar el equilibrio y armonía que promuevan la salud del cuerpo y del alma.
Aristófanes, el cómico, inicia su intervención anunciando que adoptará un tono diferente al de Erixímaco y Pausanias, con frecuentes bromas dirigidas al médico por su hipo. Con su característico humor, Aristófanes presenta una visión mítica del Amor, comenzando con la afirmación de que en la antigüedad existían tres géneros humanos, no solo dos como en la actualidad. Además de hombres y mujeres, existía el andrógino, una combinación de ambos.
Según Aristófanes, las personas de entonces eran muy diferentes de las actuales: tenían forma esférica, cuatro manos, cuatro pies y dos rostros unidos por la espalda. Estos seres se clasificaban en tres tipos según su origen: los formados por dos hombres, que correspondían al Sol; los formados por dos mujeres, que se asociaban a la Tierra; y los formados por un hombre y una mujer, vinculados a la Luna.
El cómico explica que estas criaturas intentaron escalar al cielo para desafiar a los dioses. En respuesta, Zeus, tras deliberar con el resto de los dioses, ideó una solución para controlar su desenfreno y reforzar el dominio divino:
«Ahora mismo voy a cortarlos en dos a cada uno de ellos y así serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros, por haberse multiplicado su número» (Platón, p. 297).
Zeus partió a los seres en dos, los giró para que pudieran contemplar a su otra mitad y, en su afán por reunirse, intentaron copular. Sin embargo, debido a la posición invertida de sus sexos, no lo lograron y terminaron muriendo de hambre y tristeza. Compadecido, Zeus ajustó sus cuerpos nuevamente, girando sus rostros hacia los sexos para que pudieran unirse físicamente.
De esta manera, Aristófanes concluye que el amor surge del deseo de «reunirse y fundirse con el amado, convirtiéndose de dos seres en uno solo». Según sus palabras, «lo que llamamos amor, por consiguiente, es el deseo y la persecución de ese todo» (Platón, p. 301). Así, el mito explica por qué el amor es una búsqueda constante de nuestra otra mitad, aquella que nos completa.
Para Agatón, Eros es el más afortunado entre los dioses, el más bello y el mejor, además de ser el más joven, al contrario de lo que piensa Fedro. Fedro es el pensador del ejercito, Pausania el de la belleza, Erioxímaco de la medicina y el cuerpo, Aristófanes el de la comedia y podemos decir que Agatón es el pensador poeta. Nuestro poeta dice:
En primer lugar, para que honre también yo a nuestro arte, como Erixímaco al suyo, diré que es el dios poeta tan hábil que puede incluso crear otro. Al menos se hace poeta todo aquel, por negado a las musas que fuera anteriormente, a quien toque el dios. Y de esto conviene que nos sirvamos como testimonio de que el Amor es un excelente poeta general en toda clase de creación relativa a las artes de las musas (Platón, p. 307).
Es la poesía un excelente general para la creación, dice Agatón, pero no sólo la poesía, también nos explica que es la templanza necesaria en la vida, porque ella domina los placeres y los deseos del Amor y así se va haciendo más fuerte y sabio.
Luego del discurso de Agatón, Sócrates comienza a dialogar con él. Las preguntas que hace Sócrates es que uno ama y desea lo que no se tiene, a lo que Agatón siempre responde con una afirmación. Sócrates pregunta “Se siente deseo por lo que no tiene a su disposición y no está presente, lo que o posee, lo que él no es y aquello de que carece. ¿No son éstas o cosas semejantes el objeto del deseo y el amor?” (Platón, p. 313). Sócrates dice que siempre anhelamos lo que nos falta, porque de lo contrario ya estaríamos satisfechos y ya no lo desearíamos. Con esta conclusión Sócrates comienza a hablar sobre Diotima, su maestra sacerdotisa que le enseñó sobre el Amor. Ella le enseñó que el Amor no es ni bello ni bueno. El amor, dice Sócrates en este punto, es un ser de doble naturaleza, humana y divina. “El amor es un gran genio”, dice Diotima a Sócrates, “pues todo genio está entre lo divino y mortal”.

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