El hombre vestido de Napoleón gótico baja las escaleras. Botas, sombrero, chaqueta de cuero hasta los tobillos. Apostaría que su caballo está estacionado allá afuera en la Avenida Paral-Lel. Vengo saliendo del baño de la Sala Apolo y lo enfrento en la escalera. Da un paso tras otro, lentamente, como si estuviera pensando para esta noche en alguna extraña estrategia militar. Lo miro. Me mira. El emperador me regala una sonrisa.
Horas antes estoy sentando en la sala de espera del Centro Médico Quirónsalud. Hace unos minutos recibí el informe del TAC que el doctor me mandó hacer por esa tos fea e insistente que arrastro hace unos meses. Leo: Enfisema Leve. Leo de nuevo: Enfisema Leve Centrolobulillar. El doctor demora en atenderme y hago lo que nunca se debe hacer cuando uno recibe un informe médico: Buscar su significado en Internet.
El Club Apolo tiene dos salas. La 1 y la 2. Esta noche en la Sala 1 se presenta el guitarrista Matteo Mancuso, un joven músico siciliano que navega entre las aguas del jazz fusión y el rock progresivo. En la sala 2 se presentan los infatigables Front 242 pioneros de la electrónica europea. En la calle, las dos filas de fans confluyen separados por una sencilla cuerda roja. Ambos bandos se miran de reojo, con una desconfianza amable.
Internet es implacable. Tener un enfisema es igual a tener un EPOC, una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, muy propia de los fumadores como yo. La info que descubro es demoledora: el EPOC no tiene cura y la esperanza de vida de las personas que lo sufren es de 10 a 15 años. El terror. Me hundo en el asiento, mientras una pareja de viejos catalanes discuten porque la mujer no recuerda porque está sentada en esa sala de espera. Soy un fantasma entre fantasmas.
Mi fila se mueve rápida. Hay ansiedad entre los asistentes. Nadie se quiere perder el Black Out – The Final Shows, la gira mundial de Front 242 que pondrá fin a la sólida carrera de los pioneros del EBM (Electronic Body Music). Una despedida de sonidos metálicos y duros y bailables que nos encerrará por hora y media en una misa industrial en un templo que derrocha nostalgia.
Me tiemblan las piernas frente al médico que, silenciosamente y frente a la pantalla del computador, revisa el informe. Miro su rostro para hallar algún tipo de gesto que decrete la condena o la salvación. El silencio flota en el aire. Miro el techo, la silla, mis manos, esperando la sentencia. No sé si le tengo más miedo a la muerte o a que el doctor me ofrezca un cigarro y me diga: vamos, fúmese el último cigarro de su vida. Un fumador nunca está preparado para fumar por última vez.
La sala 2 está repleta. A un costado, otra fila se mueve hacia el guardarropía donde dejan ordenadamente sus largas chaquetas de cuero. Un ejército de cabezas rapadas sub60 y de poleras negras se saludan como quinceañeros emocionados que han vuelto a clases después de 3 meses de vacaciones. Afino el oído. Los cabezas rapadas sadomasoquistas y veteranos no hablan de hazañas sexuales y bizarras. Los cabezas rapadas hablan de sus problemas de la próstata, de un bar de Sant Antoni que tiene la mejor tortilla de patatas de la ciudad y de la canguro rusa que cuida a sus hijos y que la tía está bien buena. Napoleón observa orgulloso a la tropa desde una esquina de la sala.
El doctor colombiano me dice con su voz profunda que no tengo EPOC pero sí el enfisema. Que tengo suerte. Que es leve. Que trate de seguir bajando la dosis de cigarros. Hace unos meses 12 diarios. Hoy alrededor de 8. Que cuando vaya por los 3 diarios tome un cupo que ofrece la salud pública para el tratamiento definitivo. Mientras habla me vuelve el alma al cuerpo. Mientras habla me visualizo en el bar del frente, tomando mi café con leche, mientras las cenizas del cigarro caen sobre las páginas de ese libro hermoso y aburrido llamado Johnny El Partisano de Beppe Fenoglio. Entonces no voy a morir mañana. Entonces no tengo que dejar de fumar de un día para otro. Entonces esta noche sí podré bajar con mi cerveza esa larga escalera que me lleva a la oscura sala de fumadores del Apolo antes del show de los Front 242.
Mi relación con la banda belga no es estrecha. Se remite a un viejo cassette TDK donde mi hermana con su hermosa letra gótica escribió el nombre de la banda y el título de su primer disco: Geography. El disco es de 1982. Mi cassette que, siendo sincero, escuché poco es de 1987. Tengo 17 años y me queda un año de colegio. Cuando tocaron en la Blondie (¿1999? ¿2000?) no los fui a ver. En esos años mi preocupación era juntar plata para comprar pañales.
La sala de fumadores del Apolo es oscura y está muy bien ventilada. Tanto que se cuela ese frío ártico que azota en estos días a toda Cataluña. La única iluminación proviene de una suerte de instalación de unas orejas hechas de resina y desde donde emergen unos lamentos rogando la salvación. Son los gritos de los fumadores condenados en el Infierno de Dante. Me siento en una banca para prepararme el cigarro. Se sienta otro tipo. Me dice que el show de la banda telonera flipa pero que sus ganas de fumar pueden más. Una voz aparece tras nuestras espaldas y nos dice ¿Queréis fumar algo de verdad?
Los integrantes de Front 242 aparecen sobre el escenario. La escasa iluminación solo deja ver sus siluetas, cubriendo con un velo el paso de los años. Los feligreses se arrodillan y el pulso del sonido industrial se apodera del lugar. La música es gélida (como el clima de allá afuera), la voz de Jean-Luc De Meyer es ronca (como la del doctor colombiano). Los tipos, todos vestidos de negro derrochan una energía que sorprende. Se mueven, gritan, bailan mal y lanzan entre canción y canción unos putamadre, que cojones, vamos a follar mientras el público se derrite. Son los reyes del mambo oscuro. Máquinas, músculos flojos de un pasado mejor y oscuros hits industriales azotan las murallas del templo de Apolo.
Por nuestras cabezas pasan las canciones como himnos militares que invitan a bailar. Until dead, Welcome to Paradise, Headhunter. Hits industriales que sacuden el polvo de miles de cassettes TDK. Los soldados levantan las manos, bailan como pueden, se caen los vasos de cerveza. La oscuridad se hace luz y la atmósfera fría calienta las almas perdidas. Es el grand finale de Front 242.
Mientras los veo apoyado en la pared del fondo, me pregunto si los integrantes de la banda también tienen enfisemas pulmonares. Me pregunto también sobre los problemas cotidianos de este ejército de viejos de cabeza rapada. Pero también me pregunto y quizás me obsesiono en la vuelta a casa del Napoleón que vi al inicio del show. De su vuelta a casa en metro, de su caminata por calles estrechas (apuesto que vive en el Born), del vaso de agua que se toma, de cómo se saca el uniforme y deja la ropa ordenada, de a qué hora pone la alarma del reloj y de qué diablos soñará esta noche.

Deja un comentario