Sergio Larraín: el universo de un fotógrafo vagabundo

Sobre la «infancia desdichada» en Valparaíso, a partir de la imagen titulada «Niños vagos, durmiendo», publicada en el libro del fotógrafo El rectángulo en la mano.

Se diría que en Londres Valparaíso el joven Larraín no encontró una ciudad sino el universo.
Roberto Bolaño, Los personajes fatales.

Para Walter Benjamin, el flâneur representa a ese personaje que deambula sin rumbo por las calles de la ciudad, inmerso en la multitud. Este sujeto encuentra placer en el simple acto de caminar, observando y explorando la ciudad. Inspirado en el poeta francés Charles Baudelaire, el flâneur adopta una mirada crítica hacia el capitalismo, reflejando las dinámicas de las ciudades del siglo XX. En ese contexto, Sergio Larraín capta una sociedad de consumo, donde la compra y venta de productos convierten a la ciudad en una especie de vitrina.

Sergio Larraín coquetea con la figura del flâneur, del viajero sin rumbo, especialmente a través de sus cartas. En ellas, expresa su filosofía de vida, marcada por un sentido espiritual ligado al vagabundeo. En una de sus cartas más célebres, Larraín aconseja a su sobrino vivir la vida con libertad, viajando, observando y fotografiando:

El juego es partir a la aventura, como un velero, soltar velas. Ir a Valparaíso, o a Chiloé, recorrer las calles todo el día, vagar y vagar por lugares desconocidos, y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y, así, tomar un tren, ir a donde uno sienta el impulso, mirar, dibujar también, y observar.

Larraín encuentra en el acto de dejarse llevar por las calles una filosofía de vida que le permite sentirse libre, como el antihéroe de Baudelaire. En El pintor de la vida moderna, Baudelaire señala que «estar fuera de casa, y sentirse, sin embargo, en casa en todas partes; ver el mundo, ser el centro del mundo y permanecer oculto al mundo, tales son algunos de los menores placeres de esos espíritus independientes, apasionados, imparciales, que la lengua sólo puede definir torpemente». A través de este enfoque, logra conocer y apreciar la vida dentro de la urbe, transformando el vagabundeo en un arte de contemplación, descubrimiento y también de investigación. En una de las cartas de Sergio Larraín recopiladas por Leiva Quijada, el fotógrafo señala que:

Estoy de vago en Buenos Aires, nunca sé lo que voy a hacer al día siguiente, estoy solo y sin plata y cada día encuentro gente, voy corriendo, lo único que estoy haciendo con constancia es un reportaje sobre la ciudad. Deambular el día entero por callejuelas y barrios haciendo fotos es un gusto.

Además del concepto del flâneur, Larraín incorpora filosofías orientales para proponer una puesta en escena geométrica basada en los principios del rectángulo en su primer libro, El rectángulo en la mano. En esta obra, Larraín se asemeja al flâneur al retratar a los hombres solitarios de Londres y el París de Baudelaire, así como la vagancia en Chile. Sin embargo, sus imágenes son mucho más crudas, presentando a niños vagabundos en Valparaíso. De hecho, ocho fotografías del libro tienen esta temática.

Publicado en 1963, este libro incluye cuatro imágenes sobre la ciudad de Valparaíso, tres que documentan grupos humanos de la zona andina como parte de un trabajo antropológico sobre las comunidades altiplánicas, y dos imágenes de un viaje por Europa.

Niños vagos, durmiendo.

En esta fotografía, Larraín captura lo que su biógrafo Gonzalo Leiva Quijada denomina como la «infancia desdichada». La imagen, titulada Niños vagos, durmiendo, retrata la pobreza extrema de dos niños vulnerados por un sistema capitalista implacable. En ella se observa la desprotección y el abandono de las infancias en Valparaíso, plasmando su desamparo y marginalidad.

En el Chile de aquellos años persistían problemas graves de pobreza, especialmente entre los niños, las mujeres y el sector manufacturero. Aunque el crecimiento económico era moderado, no se lograba superar las profundas desigualdades sociales y de género.

En Valparaíso, los ingresos a los que podían aspirar las mujeres alcanzaban, como máximo el 73% de lo que ganaba un hombre. Además, ocupaban trabajos menos remunerados y con escasas oportunidades de progreso, lo que muchas veces las obligaba a tener más de un empleo para subsistir.

Durante las décadas de 1950 y 1960, los menores también formaban parte de la fuerza laboral. Sin embargo, sus salarios eran extremadamente bajos. Según datos del Anuario de Finanzas y Cajas Sociales de la Dirección General de Estadísticas, el Anuario de Comercio Interior y Comunicaciones de la misma institución y el Boletín Mensual del Banco Central, en el gobierno del conservador Jorge Alessandri Rodríguez, los niños ganaban entre el 30% y el 60% del ingreso necesario para superar la línea de la pobreza.

En Niños vagos, durmiendo, Larraín retrata la realidad de estos menores, que se encuentran tiernamente abrazados, pero al mismo tiempo la imagen refleja una brutalidad visual ante la precariedad y explotación infantil. Larraín provoca una representación cruda de los sectores más desfavorecidos de la sociedad chilena del siglo XX: los niños pobres. Proveniente de un sector acomodado, Larraín critica las estructuras sociales y humaniza la imagen mediante la dualidad de la ternura y el abandono, tal como expone David Foitzik: «La fotografía de Larraín es tanto un retrato humanizado como un golpe contra la indiferencia, ya que provoca a un espectador a enfrentarse con esa realidad hasta ese momento rehusada».

En este sentido, la obra de Larraín dialoga también con la obra de Sontag, Ante el dolor de los demás, que, a pesar de que ella critica que muchas veces las imágenes banalizan el sufrimiento, también, como es en este caso, sirven y funcionan como herramienta crítica para generar empatía en la ética de los espectadores. Larraín no solo fotografía, sino que también documenta y retrata una época y un país que estaba sufriendo el olvido de las infancias vulneradas por las injusticias sociales.




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