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Theodor Kallifatides: la herida de Grecia

Considerado uno de los más importantes escritores europeos vivos, el autor griego retrató en una trilogía de novelas un período trágico de la historia contemporánea de Grecia, desde que los nazis invaden el país en 1941 hasta el fin de la guerra civil en 1949, así como la miseria de la posguerra.

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Theodor Kallifatides tenía solamente dos años de edad en 1936, cuando el gran poeta griego Giorgos Seferis observó: “Dondequiera que voy, Grecia me hiere”. Desde entonces, sus palabras han sondeado las profundidades de la psique de cada escritor griego emigrado y Campesinos y señores da testimonio de lo punzante de su observación.

Traducido del sueco, la lengua de la tierra adoptiva del autor, este primer volumen de una trilogía sigue los acontecimientos de 1941 cuando los ejércitos alemanes de ocupación avanzan hacia Grecia y cambian totalmente la vida en el pueblo ficticio de Lalos en el Peloponeso. Presentado como una “crónica griega”, ofrece un microcosmos como metáfora del contexto griego más amplio. También plantea un caso divertido y provocador para considerar que la obsesión de los griegos por las apariencias externas —su deseo de ser vistos y causar la impresión adecuada— es tan asfixiante como los códigos sociales amontonados de un pueblo. Estas actitudes sumamente “provincianas” indican ensimismamiento, un profundo temor a parecer ridículo y una ausencia de conciencia de sí mismo. Kallifatides relaciona todo esto con una incapacidad de ver más allá de las propias narices y una predilección por creencias sexuales estereotipadas que, en varios episodios, comienzan con insinuaciones risibles y conducen inexorablemente a resultados trágicos. 

La historia de la sobreprotectora madre que también le permite a su hijo disfrutar de los dulces y que acaba convirtiéndose —¡horror de horrores!— en pastelero, termina con él siendo grotescamente acusado de homosexualidad (que en la tradición griega es mucho peor que la impotencia) y, finalmente, con su suicidio y la ruina de toda una familia. La rápida sucesión de acontecimientos tragicómicos hace que a veces sea difícil centrarse en el mensaje simple pero poderoso del escritor, que es que la sobreprotección es la otra cara de la autoridad opresora. A menudo él deplora la admiración de los griegos por la autoridad y le asigna un papel clave en el surgimiento tanto de los “señores” como de los intentos esporádicos de reemplazarlos, generalmente por otros nuevos. La adaptación a la sobreprotección fomentada por siglos de costumbres aldeanas significa que la gente debe parecer que actúa y piensa de acuerdo con reglas y costumbres incuestionables. Pero cuando la obediencia se vuelve intolerable, lejos de intentar abolir la autoridad, se convierte en una exigencia de ejercer libremente el mismo tipo de influencia paternalista que se le había negado. En resumen, la metáfora de Kallifatides implica que, en la historia social y política griega, la sobreprotección, ya sea por parte de poderes extranjeros o nativos, es esencial para su capacidad de ordenar y mantener la autoridad. Este tema es probable que se reanude en los futuros volúmenes, especialmente en relación con las ironías de los modos cavafianos de eludir la responsabilidad, al esperar siempre a algún tipo de “bárbaro”, como se señala en las páginas iniciales del libro.

Los asuntos esbozados aquí son también cruciales para la formación de Kallifatides como escritor. Los otros libros que siguen su crecimiento como huérfano durante la guerra civil y después y que exploran su maduración hacia la autoconciencia y el tipo de distancia crítica que solamente se podía comprar al precio de la emigración. Puesto que así es como él mismo ve su crecimiento como individuo libre, el tema de la búsqueda de la verdad sobre sí mismo está íntimamente ligado a la verdad sobre Grecia. En torno a esas verdades, Campesinos y señores elabora situaciones conmovedoras, cómicas, tristes y exuberantes que, desde la antigüedad hasta los tiempos modernos, recogen la verdad del folclore, la sabiduría popular, la historia y los reportajes cotidianos. El autor demuestra igualmente su habilidad para incorporar a esta crónica ingredientes de valor cultural dispar, desde la melancólica historia del puente de Arta hasta la hilarante historia del rígido peinado de colmena que a principios de los años sesenta convirtió la cabeza de su orgullosa y elegante dueña en una colonia de cucarachas.

El sentido griego de filotomo (autoestima) también se desmitifica con sensibilidad, pero con firmeza. En los intercambios públicos y, en particular, en los encuentros sexuales, los griegos se han entregado a un sentido exaltado del honor, que a menudo se invoca para justificar reacciones indignadas e incluso criminales ante su orgullo herido. En varios casos, Kallifatides cuestiona esta legendaria hipersensibilidad como algo deshonesto e infantil, ya que en realidad parece muy inmune a la vergüenza o al insulto cuando se trata de actos de iniciativa propia. Así, si bien es humillante verse estafado, engañado o ser el blanco de una broma, tratar de superar a otras personas en ese sentido es a menudo una señal de inteligencia y un motivo de fanfarronería, siempre que no lo descubra la “autoridad” en cuestión. Igualmente esclarecedoras son las expresiones griegas que, según Kallifatides, al exagerar la magnitud de un percance, una enfermedad o un accidente, anulan los acontecimientos malos al hacerlos innombrables o indescriptibles. La tendencia melodramática de los griegos a situarse en el centro de los graves golpes que les imponen las feroces fuerzas del destino, lejos de avergonzarlos, parece una legítima llamada a la compasión, por no hablar de una justificación para la autocompasión. Hace unos años, Patrick White, el Premio Nobel australiano, escribió un libro relacionado con Grecia que se centraba precisamente en esta actitud. Titulado Los calcinados con un subtítulo: Oi Kaymeno’h (el equivalente griego del título), que simplemente recalcaba la verdad sobre una de las expresiones más utilizadas en la vida diaria griega.

La preocupación primordial del libro es descubrir verdades espinosas sobre la política de una época que moldeó no sólo el carácter del propio autor, sino el perfil de la Grecia contemporánea en su conjunto. Se trata de una tarea tortuosa y cargada de emociones, que se agrava aún más por las altas restricciones literarias que se impone Kallifatides. En general, logra un feliz equilibrio entre el intento de desinflar las exageradas cualidades griegas y, al mismo tiempo, expandir su valor seminal: la exuberancia de la vida comunitaria cotidiana, la singular condición terrenal de las manifestaciones religiosas, el profundo sentido de la familia y el lugar y, tal vez sobre todo, la capacidad de inventar formas idiosincrásicas o incluso cuestionables de supervivencia, todo ello apunta a la inutilidad de los juicios en blanco o negro en medio de la ambivalencia ideológica y los dilemas socioculturales que enfrenta el país en la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial.

En Campesinos y señores, la narración de los hechos de la historia asume la voz adulta, seca, a menudo irónica y pedante de un maestro de escuela. En efecto, hasta que llegamos a la última frase del libro, el maestro de escuela de Yalós (que se llama sugestivamente Kalafatis) parece funcionar como el alter ego del autor pensando en Yalós alrededor de 1960. Sin embargo, si lo examinamos más de cerca, esto resulta engañoso: el libro utiliza dos voces o, más precisamente, dos ojos para mirar dos niveles diferentes de realidad y verdad. La vida cotidiana en Yalós es una serie de imágenes poéticas producidas por el ojo de una cámara. Es un tipo particular de verdad limitada a las apariencias cuya superficie opaca no permite al espectador relacionar la instantánea con una visión de más largo alcance y un panorama más amplio. Aquí es precisamente donde el tono cambia y la mirada inquisitiva de la autoridad de los hechos y la verdad histórica habla con la voz seca de los libros de texto escolares.

Hay aquí ciertos paralelismos con la trilogía U.S.A. de John Dos Passos, en la que el “ojo de la cámara” y las secciones de “noticiarios” son sólo algunos de los recursos narrativos que mantienen a un coro de voces hablando simultáneamente desde diferentes ángulos. Si Kallifatides prescinde de tales demarcaciones con el fin de establecer conexiones, los resultados no se pueden evaluar fácilmente. Por más veraz que sea, la mirada sobre la historia es a menudo concisa, sarcástica y distante hasta el punto de que su tono amargado (independientemente del grado en que esté justificado) hace que su pretensión de objetividad histórica sea sospechosa. Al mismo tiempo, uno de los puntos centrales del libro es que la noción de verdad históricamente objetiva es a menudo relativa y difícilmente libre de sospecha: “Cada cultura”, dice, “demuestra una relación particular con la verdad. Hay culturas en las que la verdad es respetada y buscada. Hay otras culturas en las que la gente asume que la verdad es precisamente lo que todo el mundo sabe y en las que, en consecuencia, la gente no tiene necesidad de buscarla. Por otro lado, pueden modificarla o adaptarla, o transformarla en otra cosa. Los yalitas adoptaron esta última visión de la verdad”.

En los capítulos finales del libro, la verdad poética y la verdad histórica convergen en la búsqueda de los caminos hacia la libertad abiertos al pueblo griego tras la retirada alemana. La simpatía política del autor por la resistencia y los soldados del Ejército Popular de Liberación Nacional invoca tanto la verdad poética como la histórica y mantiene un filo afilado al no dejar nunca libres a los comunistas o fascistas: a pesar de la caída de los nazis, la verdad histórica y la verdad poética son dos elementos que se pueden utilizar para explicar la verdad: “En Grecia, los nazis y los fascistas ganaron y quienes lucharon contra ellos fueron derrotados. La resistencia quedó desacreditada como en ningún otro lugar de Europa. Los colaboracionistas se hicieron con el gobierno. Los espías se convirtieron en presidentes de bancos. Los jefes de policía conservaron sus puestos y siguieron cazando comunistas como antes”.

Por otra parte, los comunistas tampoco merecían gobernar, pues habían juzgado mal el significado de la resistencia: “Los comunistas tuvieron su oportunidad durante y poco después de la ocupación. Después fue demasiado tarde. Pero su error de juicio tenía una base ideológica: creían en la capacidad de su ideología para despertar al pueblo y creían en la necesidad de la revolución. No fueron lo suficientemente astutos para explotar la estructura de la sociedad griega para sus propios fines. Y, sin embargo, no se puede obviar el hecho de que los comunistas organizaron y dirigieron la resistencia, aunque juzgaron mal sus causas”.

Equilibradas o no, estas son, de todos modos, las valoraciones de una mirada (histórica) algo nublada por la distancia y por la edad. Kallifatides tampoco se librará de ello. Es hora de que mire todo esto con los ojos del huérfano (que era) y con la conciencia no egoísta, pero muy sensible, de Lolos, el tonto del pueblo. Esto es justamente lo que promete al lector en sus últimas líneas, ya que, para un griego, la única manera de llegar a la verdad es preguntar a los tontos o a los niños.

Campesinos y señores. Theodor Kallifatides (Trad. C. Montes y E. Gamundi). 2024, Editorial Galaxia Gutenberg. 224 páginas.

 Este artículo apareció originalmente en Harvard Book Review 15-16 (1990). Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia

Por Eleni Mahaira-Odoni

Enseñó teoría política y derecho internacional y ha publicado artículos y reseñas para diversas revistas. Ha editado y traducido y ha codirigido el Grupo de Estudio Griego en el Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard.

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