Estas conferencias constituyen, a mi juicio, una obra maestra de la filosofía política que debe convertirse con el paso del tiempo en un clásico. La filosofía del profesor Simon puede denominarse propiamente neotomismo. Sus fundamentos son Tomás de Aquino, y más allá de él, Aristóteles. Sus raíces son ese liberalismo auténtico y humano que se conserva mediante una extraordinaria adaptación. Su premisa última es la creencia religiosa —toda gracia dejada aparte— considerada como racionalmente necesaria para el sentido, el propósito y la dignidad del ser humano. Hasta donde puedo juzgar, este particular desarrollo y aplicación de la doctrina católica clásica al orden político moderno, y la juiciosa evaluación resultante de la naturaleza y defensa de los valores de la democracia, es una tan adecuada como muy necesaria. Su éxito constituye un desafío para el filósofo político naturalista en orden a desarrollar una teoría del hombre y del Estado igualmente eficaz para estos tiempos, sin postulados teístas. Su contenido es una advertencia crítica para los católicos, tanto laicos como clericales, quienes en muchos casos malinterpretan las implicaciones políticas y sociales de su religión con un espíritu esencialmente antiliberal, e incluso inhumano, uno completamente incompatible con la enseñanza cristiana. Del mismo modo, es, sin controversia ni intención directa, un desafío a ese gran número de no católicos que fácilmente identifican el catolicismo con la reacción, tanto política como social.
El profesor Simon en su primera conferencia, titulada “Teoría general del gobierno”, examina las cuestiones fundamentales de la naturaleza y necesidad de la autoridad y su relación con la libertad, o lo que él llama autonomía. Señala que un tipo importante de autoridad, que algunos críticos han confundido con su esencia misma, es la autoridad paterna, autoridad que protege y forma a aquellos que no están plenamente desarrollados. Tal autoridad, concede, puede y debe desvanecerse cuando los objetos de ella alcanzan la madurez. Insiste, sin embargo, en que existe una función esencial y creativa para la autoridad, que la hace indispensable, una condición necesaria al mismo tiempo para el bien común y para el pleno desarrollo de las personas. En particular, la autoridad es necesaria porque, aunque idealmente el yo puede identificarse con los demás, en la vida real es necesario, tanto para las personas como para la sociedad, que los individuos mantengan intereses y lealtades particulares, incluso frente a un bien total racional. Esa necesidad, apunto, es la tragedia esencial de la suerte humana, ya que su negación es el error de raíz de todo totalitarismo.
A continuación, Simon procede a analizar la naturaleza de la libertad democrática. Aquí desarrolla más las implicaciones de la primera conferencia; demuestra que la libertad y la autoridad están efectivamente en conflicto cuando la autoridad es paternal o sustitutiva; y nuevamente insiste en que, si bien dicha autoridad es necesaria hasta que se alcanza la edad adulta individual o social, a partir de entonces es solamente abuso e injusticia. En otros lugares, la libertad y la autoridad se suplementan y complementan mutuamente. Pero el papel de la autoridad justa es tomar medidas directas solamente en la medida en que sea necesario. Más allá de eso, su papel es propiamente uno habilitante: la presunción siempre está a favor de la gestión por parte de individuos o unidades más pequeñas en aras de la creatividad personal y la vitalidad institucional.
El llamado del profesor Simon es a la máxima actividad y responsabilidad personal y grupal allí donde haya verdadera capacidad. No está argumentando que el mejor gobierno es el que gobierna menos; mucho menos, como deja en claro la primera conferencia, que el ideal sea la anarquía, la ausencia de gobierno. Más bien, su afirmación es que, si bien siempre hay algunas funciones centrales necesarias y una sociedad política no es una mera confederación, los aspectos esenciales de una sociedad bien gobernada son el federalismo, el regionalismo, el funcionalismo y el pluralismo, el principio común de lo que aquí enuncia.
El tercer capítulo, titulado “La autoridad en la democracia”, se ocupa de la fuente última de autoridad en la sociedad, la delegación de autoridad y el ejercicio del control sobre esa delegación. Simon insiste en que la obligación política es una verdadera obligación. Se basa en la naturaleza de la vida comunitaria. No se trata simplemente de lo que es útil para el individuo o de su posesión de la fuerza. Sostiene, además, que la autoridad política última en la Tierra reside en la comunidad colectiva. En una democracia, esta comunidad puede ejercer esa autoridad directamente o puede transmitirla a otros, con un sistema regulado para exigirles responsabilidad. En otros tipos de regímenes, el poder de la comunidad para exigir responsabilidades a los gobernantes solamente puede ejercerse en muy raras ocasiones de emergencia y de forma extraconstitucional. Por lo tanto, un argumento a favor de la democracia es la continuidad y la estabilidad sin sobresaltos. Pero en la democracia representativa, donde el poder se transmite, su transmisión crea obligaciones por parte de quienes lo han transmitido. Tratar a sus gobernantes representativos como meros agentes implica engaño y deshonestidad. De hecho, en el orden representativo, el pueblo colectivo conserva funciones deliberativas o de expresión de opiniones. Pero, salvo en situaciones de emergencia, la organización de la opinión pública de tal manera que amenace e intimide, en lugar de informar e influir, a quienes se les ha otorgado la autoridad del gobierno, es en realidad algo destructor de la democracia misma y contrario a un genuino orden político. En resumen, Simon defiende la doctrina de un poder constituyente último, pero afirma que su ejercicio contra aquellos en quienes se delega el poder de gobierno solamente está justificado cuando abusan gravemente de ese poder, o cuando no hacen pleno uso de él para la comunidad. Esta conferencia, la más difícil de las cinco, es sin embargo una presentación sensata, equilibrada y razonada de las superioridades de la democracia representativa basada en una obligación genuina; ya que es una protesta efectiva contra un individualismo anárquico y un colectivismo de masas igualmente anárquico, además de tiránico. Sobre todo, es una insistencia en que, si bien el gobierno y la propia sociedad política involucran y dependen del poder, la sociedad política no puede basarse únicamente en la fuerza y el beneficio, y el poder no puede funcionar de manera eficaz solamente a través de la fuerza y el beneficio.
El profesor Simon más bien destaca, en la conferencia que sigue, la igualdad fundamental de los hombres como portadores de la personalidad. Combate la idea absurda de que tal doctrina implique un concepto de igualdad o identidad real, que convertiría a los hombres en robots. Insta a la necesidad de hacer efectiva la igualdad de oportunidades, mediante la equiparación económica. Pero señala el carácter destructivo de una igualación puramente estatista mediante la eliminación externa de distinciones. Porque su consecuencia es la privación de la libertad mediante la destrucción de las particularidades institucionales que son las condiciones mismas del aprecio y el florecimiento de las personas. Distingue efectivamente entre las desigualdades de localización y formación que no solamente deben ser soportadas, sino incluso protegidas, por el bien mismo de la persona, y aquellas otras desigualdades, políticas y económicas, que implican privilegios para las otros y el forzamiento, ya sea económico o político, ejercido sobre la persona de tal manera que la priva de las condiciones efectivas para su desarrollo. La doctrina de Simon es una defensa de la variedad, así como una adhesión a lo que es propiamente aristocracia. Pero es un ataque apasionadamente razonado a la explotación, un análisis incisivo y preciso de la naturaleza de dicha explotación en la actualidad, y un alegato efectivo para su eliminación.
El último capítulo, sobre democracia y tecnología, plantea un problema esencial al que se enfrenta la civilización occidental, y en particular la estadounidense. La tecnología moderna, con el dominio que otorga sobre la naturaleza y la rica base material para la buena vida que proporciona, es en esa medida pura ganancia. Sin embargo, puede convertir al hombre en instrumento y reducirlo a mecanismo. Una vida agraria anterior, con todas las necesidades y estrecheces de la aldea, tenía sin embargo algo útil y saludable. Las cualidades morales y la percepción estética del hombre en comunión con la naturaleza y en íntima relación con una unidad más pequeña de organización social no pueden ser abandonadas sin perder una profundidad de conocimiento esencial para la persona. Bajo las condiciones del mundo actual, tenemos que reafirmar e institucionalizar adecuadamente para nuestro tiempo la antigua visión de Aristóteles sobre los valores de combinar el habitar la ciudad y el campo. Este logro, como indica Simon, se basa en un conocimiento y habilidad para alcanzar, relacionar y armonizar ambos; y, sobre todo, en un correcto concepto de la persona y de la comunidad política como criterios para asegurar la libertad requerida a través de una organización necesaria y útil.
El logro del profesor Simon es haber aclarado cuestiones fundamentales de la filosofía política y haber relacionado los conceptos resultantes con la escena contemporánea de tal manera que también se haya aclarado la naturaleza de las cuestiones que enfrentamos hoy. Dirige eficazmente la atención hacia cuáles son los problemas reales que tenemos que afrontar, y la aleja de las cuestiones falsas que tan a menudo y con tanto ardor discutimos. Aparte de algunos puntos específicos, esta auténtica iluminación es persuasiva incluso para quien no acepta su fe, ya que sigue siendo válida independientemente de las creencias. Considero que la obra es, a través de un argumento silenciosamente contundente, una defensa precisa de lo racional y un alegato en favor de la democracia como el gobierno más adecuado para hacer frente a las condiciones de la sociedad occidental moderna. Ese gobierno, insiste Simon, es el único que permite a los seres humanos, mientras utilizan todo el conocimiento que poseen y ejercen todo el control que tienen o pueden tener sobre la naturaleza, perseguir la buena vida, con posibilidades de éxito mayores que los que hasta ahora se les han garantizado.
Filosofía del gobierno democrático. Yves R. Simon (trad. D. Contreras). IES, 2023. 382 páginas
Artículo aparecido originalmente en “Political Science Quarterly” 67-2 (1952). Traducción: Patricio Tapia
