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Cómo dirigir un imperio, según Mary Beard

Emperador de Roma, el magnífico nuevo libro de la clasicista británica, combina novedosos detalles, trabajo riguroso y algo de escepticismo sobre lo que creemos saber sobre esa época y sobre lo que la reseñista llama “la resbaladiza realidad de la Roma imperial”.

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En una sátira de sus propios predecesores imperiales, Juliano, el emperador romano del siglo IV describió al primero de ellos, Augusto, como un “camaleón”. Era una metáfora adecuada. Un emperador no tenía una descripción escrita de su trabajo y gran parte de su éxito residía en su capacidad para adaptarse, o engañar. Tenía que presentarse como el primero entre los senadores y divinamente apartado para su supremacía; a la vez comandante de los ejércitos y uno de los soldados en el campo.

El asunto se complica aún más por la naturaleza de nuestras fuentes. Los emperadores reescribían continuamente su propia historia y la de los demás, glorificándose a sí mismos con inscripciones y deificaciones, demonizando a sus predecesores asesinados al destrozar sus estatuas. Los senadores se escabulleron para reflejar estas narrativas, los satíricos para subvertirlas, antes de que lo que quedaba fuera registrado y reelaborado por historiadores antiguos con sus propias agendas, cuando, claro está, hubo en definitiva algún registro.

En este contexto, Mary Beard se ha propuesto la gigantesca tarea de investigar casi 300 años de gobierno unipersonal en Roma, desde su establecimiento bajo César y Augusto hasta las transformaciones provocadas por el surgimiento del cristianismo y la fractura del imperio a mediados del siglo III d.C. Salvo un curso intensivo sobre la caída de la república y el surgimiento de la autocracia, su enfoque no es cronológico: en lugar de encontrarnos con cada gobernante individual, giramos en torno a la elusiva figura de “el Emperador”. Lo encontramos en diferentes momentos de su carrera (ascendiendo al trono, en campaña con sus ejércitos, convirtiéndose en un dios) y en diferentes momentos de su día (lidiando con la correspondencia, reclinándose durante la cena, siendo examinado por su médico). Conocemos a las personas que lo rodean (consejeros libertos, parásitos senatoriales, amantes) y lo vemos a través de los ojos de una variedad de observadores (historiadores antiguos, poetas de la corte, escritores de graffiti).

En cada caso, Beard se basa en una rica variedad de historias, rastreando patrones en el comportamiento imperial y los rumores que lo seguían. Estos patrones revelan las persistentes ansiedades romanas sobre los riesgos del gobierno de una sola persona y nos recuerdan que, bajo tales regímenes, el individuo suele estar subsumido por la institución, incluso cuando ese individuo es el propio gobernante. No es casualidad, señala Beard, que las estatuas de emperadores sin ningún parentesco a menudo sean sospechosamente parecidas. En otras manos, el volumen y la variedad de evidencia puesta en juego aquí podrían haber resultado abrumadores. En un párrafo se ven nada menos que nueve emperadores distintos enfrentando finales cada vez más espantosos, desde el apuñalamiento de Calígula hasta el consumo, por parte de Antonio, Pío de una cantidad mortal de su queso favorito.

Lo que se desarrolla, sin embargo, es una extraordinaria investigación sobre el abismo entre la experiencia y la narrativa de la autocracia romana. En un capítulo, el médico imperial prescribe supositorios a Marco Aurelio; en otro, un equipo de médicos pretende evaluar el estado de una figura de cera de un emperador ya fallecido. Sin pretender conocer la psicología de ningún emperador individual, Beard nos recuerda que el gobernante era humano, desmintiendo, a medida que avanza, viejas fantasías de reyes filósofos, genios militares y sádicos dementes sexuales.

Al argumentar su salida de lo habitual y anecdótico, Beard también demuestra que este era un sistema construido menos sobre la teoría política y la gran estrategia que sobre un equilibrio, desordenado y en constante evolución, de experimentación, práctica y precedentes. Su éxito dependió del mantenimiento de una ambigüedad interesada y, a veces, francamente engañosa. Al mismo tiempo, a pesar de su interés por los emperadores mismos, Beard nunca olvida los elementos menos visibles de la sociedad romana. Nos encontramos con un esclavo imperial con 16 subesclavos propios y sentimos el creciente pánico del administrador egipcio encargado de hacer los preparativos logísticos para Adriano y su séquito. Es un astuto reflejo del funcionamiento del imperio: un emperador no estaba solo.

A Beard le preocupan no solamente los papeles que desempeñaban los romanos comunes y corrientes en el mantenimiento de la autocracia, sino también cómo la juzgaban. ¿Qué evidencia, pregunta, tenían realmente los observadores antiguos para evaluar la “bondad” o la “maldad” de sus gobernantes? En Ankara, de habla griega, el propio relato de Augusto sobre su vida y sus logros fue grabado no solamente en latín sino también en griego, con las letras pintadas con pintura roja para hacerlas más legibles, pero ¿cuántas personas realmente habrían sido lo suficientemente alfabetizadas para leerlo? ¿Y qué virtudes imperiales esperaba las personas que se desplegaran? ¿Qué esperaban que el emperador hiciera por ellas?

Libro impecablemente honesto sobre lo que no podemos saber, Emperador de Roma nos da una idea de la experiencia de hacer historia antigua. Beard separa capas de significado en las fuentes antiguas, lucha contra las frustraciones de la estratigrafía palatina y evalúa lo que queda con una satisfactoria combinación de conocimiento experto y sentido común. Beard pasa por alto las historias más extravagantes sobre la mala conducta imperial, aquellas tan llamativas que inicialmente atraen a muchos hacia este período de la historia romana, y ella, en su lugar, teje un tapiz deliciosamente variado de detalles a lo largo de casi tres siglos. En algún lugar entre los asuntos mundanos del imperio y la extraña teatralidad de ser su gobernante, perdemos nuestra ansiedad por leyendas de locura tiránica y encontramos algo más interesante: la resbaladiza realidad de la Roma imperial. 

Artículo aparecido originalmente en “The Telegraph” 09.09.2023. Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia

Emperador de Roma

Emperador de Roma. Mary Beard (trad. S. Furió). 2023, Editorial Crítica. 565 páginas.

Por Honor Cargill-Martin

Estudió arqueología e historia antigua en la Universidad de Oxford e Historia del Arte en el Courtauld Institute en Londres. Es autora del libro Messalina. A Story of Empire, Slander and Adultery.

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