Por Joseph P. Creamer. Traducción de Patricio Tapia
La civilización occidental: los derechistas quieren salvarla; los izquierdistas dicen que es solamente un mito. Algunos la ven como principalmente racista o ecocida, mientras que otros le atribuyen el mérito de haber inventado los derechos humanos y la democracia. Para algunos, la civilización occidental es sinónimo de cristianismo; otros la ven como una fuerza secularizadora en el mundo. Durante la Guerra Fría, “Occidente” significaba los países opuestos a la Unión Soviética. Mientras tanto, el curso universitario llamado “Civilización occidental” a menudo va desde Gilgamesh hasta Gorbachov, creando la impresión de que Occidente tal como lo conocemos tiene 7.000 años de antigüedad y se trasladó gradualmente del Tigris al Támesis. Es un desafío escribir un libro contra un concepto tan amorfo como Occidente, y tal vez eso explique algunas de las dificultades que encontré en el libro de la clasicista Naoíse Mac Sweeney, Occidente.
Mac Sweeney aborda la historia de la idea de Occidente a través de catorce retratos de personajes históricos tanto famosos (Heródoto y Gladstone) como menos conocidos (Phillis Wheatley y Tullia d’Aragona). Estos retratos son fascinantes e instructivos por sí mismos, en particular los de los personajes menos célebres. Cualquiera que sea la relación de Phillis Wheatley con Occidente, sus viajes transatlánticos, primero como prisionera en un barco de esclavos y luego como poeta de renombre, deberían ser más conocidos.
Con estos retratos, Mac Sweeney amplía nuestra concepción de Occidente, pero ese no es su principal propósito. En cambio, desea desmantelar la “gran narrativa” de la civilización occidental porque está distorsionada históricamente y es probable que se utilice para la política racista o chovinista de hoy.
Aunque Mac Sweeney identifica una serie de afirmaciones falsas sobre lo que es la civilización occidental, todas estas afirmaciones parecen desmoronarse en una idea errónea principal: que la antigua Grecia, la antigua Roma y la Europa moderna son parte de una única civilización coherente. Esto es un mito. El argumento de Mac Sweeney aquí no es nuevo ni controvertido; Oswald Spengler lo señaló hace 100 años. Pero Mac Sweeney tiene un público más amplio en la mira. Mucha gente cree que hubo una transmisión directa de la democracia, el individualismo y el racionalismo de los antiguos griegos al Renacimiento europeo. Estos relatos de origen inverosímiles son lo que Mac Sweeney tiene en mente cuando apunta a la “gran narrativa” de Occidente.
Si las personas razonables están de acuerdo en que la Europa antigua y la moderna no forman una sola civilización, ¿qué quieren decir en realidad cuando hablan de “civilización occidental”? En este punto, Mac Sweeney podría ahorrarnos una gran incertidumbre. Si simplemente hubiera observado que la gente suele referirse a la civilización europea cuando habla de civilización occidental, se aclararía la mayor parte de la confusión generada por la idea de que Roma, Grecia, Europa y Angloamérica son una civilización coherente. En este sentido, quienes dicen que la civilización occidental es un mito tienen razón, pero sólo semánticamente. A diferencia de “Occidente”, la civilización europea efectivamente es un concepto coherente, aunque, como cualquier concepto, no capte plenamente la realidad. En la Edad Media (500-1450), surgió en Europa central y occidental una civilización social, cultural y económicamente coherente, llamada con más precisión Cristiandad Latina. Esta civilización era una nueva síntesis de elementos germánicos, celtas, romanos y cristianos.
La influencia de la civilización europea se hizo global en los siglos XV y XVI a través de la exploración y la colonización. Como la colonización de América del Norte destruyó las civilizaciones nativas en regiones menos densamente pobladas, los colonos pudieron recrear una aproximación de su vida europea. Por estas razones, Estados Unidos y otras antiguas colonias de colonos a menudo se incluyen en la civilización occidental, aunque sean distintas de Europa. Sin embargo, sería más preciso decir simplemente civilización europea incluso cuando se hace referencia a estas antiguas colonias de colonos, porque comparten mucho de lo que hace distintiva a Europa.
Como todas las civilizaciones, la civilización europea ha tenido sus pros y sus contras, por decir lo menos. Mac Sweeney elige hábilmente ciertas figuras para destacar momentos clave en los que la historia podría haber resultado diferente. Elige al filósofo musulmán árabe al-Kindi para demostrar cómo la civilización musulmana heredó y desarrolló directamente la filosofía y la ciencia griegas cuando la cristiandad latina era un lugar más atrasado.
No era inevitable que Europa desarrollara la ciencia y el racionalismo modernos. La Europa occidental y central medieval gradualmente se definió significativa si no es que completamente en contra del Islam. Pero esto no tenía por qué continuar. Mac Sweeney nos recuerda que, durante la Reforma, Inglaterra intentó forjar una alianza con los turcos otomanos contra la Europa católica y que los protestantes holandeses se unieron bajo el lema “mejor turco que papista”.
De manera similar, en un excelente capítulo sobre el emperador bizantino Teodoro II Láscaris, Mac Sweeney muestra cómo las Cruzadas alejaron aún más a los bizantinos cuando podrían haber brindado una oportunidad de unir a los cristianos latinos y griegos. Todos estos “podría haber sido” sirven para recordarnos que la historia es contingente y que Europa podría haber tomado otros caminos hasta el presente, incluido uno menos imperialista y racista.
Sin embargo, si la civilización europea no es mejor que otras civilizaciones, eso no significa que no sea diferente. Y algunas de las cosas que la hacen diferente merecen ser compartidas con el resto del mundo. Como muestra el trabajo de los medievalistas Brian Tierney y Francis Oakley, muchas de las características más particulares de la civilización europea —gobierno limitado, distinción entre política y religión, el elevado estatus social de las mujeres (en relación con otras civilizaciones) y la creencia en la compatibilidad de la fe y la razón— surgieron dentro de la Cristiandad Latina en la Edad Media.
El gobierno limitado originalmente significaba restricciones al poder real e imperial, lo que permitía la libertad de la iglesia. El gobierno limitado fue transformado por parlamentos, constituciones y revoluciones a lo largo de los siglos en lo que hoy llamamos liberalismo (libertad del poder arbitrario).
Mac Sweeney no es posmodernista. Si bien derriba la gran narrativa de la civilización occidental porque se utilizó para justificar el imperialismo europeo en el pasado y se utiliza para justificar el racismo hoy, quiere reemplazarla con otra narrativa, a la vez diversa y dinámica, que se alinee con los valores liberales y pluralistas. Mac Sweeney espera que esta nueva narrativa sea más precisa desde el punto de vista histórico, pero también reconoce que ninguna gran narrativa puede contar jamás toda la historia; no obstante, reconoce que tendrá que surgir alguna historia que ocupe el lugar de la gran narrativa.
Las historias y las instituciones (¿nos atrevemos a decir tradiciones?) son necesarias para transmitir nuestros valores. Al igual que la vieja historia de Occidente, la nueva historia tendrá que responder a las preguntas: ¿Quiénes somos y qué valoramos? La historia no puede responder a estas preguntas, pero nosotros sí debemos hacerlo.

Occidente. Naoíse Mac Sweeney (Trad. F. Borrajo). 2024, Editorial Paidós. 412 páginas. Dónde comprar
Reseña aparecida en “America Magazine» 27.06.2024. Se traduce con autorización de su autor.

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