En general, los hombres activos, de juicio sólido y principios rígidos, no se preocupan de ver en una hoja más que tejidos vegetales, y están tan bien convencidos de una verdad moral útil, que no les choca como cosa nueva y notable cuando la descubren en algún modo simbolizada por la naturaleza material; de aquí procede el que presumamos al encontrar por primera vez en alguno cierta propensión a considerar los árboles como seres vivos y a enunciar aforismos morales sobre cada piedra que pisa, que esa propensión se debe a un temperamento desequilibrado como el de Shelley, o voluble como el de Juan Jacobo Rousseau. Pero cuando se cumplen noblemente los deberes de la vida activa y el espíritu se eleva a la contemplación clara y serena del mundo que nos rodea, la misma propensión se manifiesta del modo más sagrado: las formas más sencillas de la naturaleza se animan extraordinariamente por el sentimiento de la presencia divina; los árboles y las flores parecen en cierto modo hijos de Dios, y nosotros mismos, sus semejantes, formados del mismo polvo y sólo más grandes que ellos porque poseemos mayor porción del poder divino empleado en nuestra formación, y todos los signos comunes y formas palpablemente visibles de las cosas se subordinan en nuestro entendimiento a su gloria interior, a las misteriosas voces con que nos hablan de Dios y a los variados y típicos aspectos por cuyo medio nos demuestran la santa verdad y nos llenan de emoción obediente, gozosa y agradecida.
Al elevarnos del primer estado, de inactivo arrobamiento, al segundo, de útil meditación, es cuando han de aplaudirse los trabajos científicos. Pero, al limitarnos a esta segunda etapa y reprimir los impulsos hacia una contemplación más elevada, han de ser censurados o temidos.
Pueden en ciertos espíritus ser compatibles con esta contemplación, pero sólo por su esfuerzo; por naturaleza, le son siempre contrarios, con propensión a enfriar y moderar los sentimientos y resolver todas las cosas en átomos y números.
Para la mayoría de los hombres, un placer nacido de la ignorancia es mejor que uno nacido de la ilustración; mejor es concebir el cielo como una bóveda azul que como una cavidad extraña, y las nubes como un trono de oro que como una niebla de granizo. Mucho dudo que uno que sepa óptica pueda, por religioso que sea, sentir el placer de la reverencia en igual grado que un rústico iletrado al ver un arco iris. Y así está misericordiosamente ordenado, puesto que la ley de la vida con relación a las obras de un ser infinito ha de ser, para una criatura finita, siempre una ignorancia infinita. No podemos penetrar el misterio de una simple flor, ni se pretende que lo investiguemos, para que la investigación de la ciencia esté constantemente reprimida por el amor de la belleza y la exactitud.

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