Cuatro mujeres que cambiaron la filosofía

Cómo un cuarteto de pensadoras inglesas (Elizabeth Anscombe, Iris Murdoch, Philippa Foot y Mary Midgley) llegaron a un enfoque filosófico radicalmente nuevo a mediados del siglo XX.

Animales metafísicos es a la vez un relato y un argumento. El relato es bueno. Elizabeth Anscombe, Iris Murdoch, Philippa Foot y Mary Midgley fueron estudiantes en Oxford durante la Segunda Guerra Mundial. Encontraron un mundo en el cual muchos de los hombres estaban ausentes. Los que se quedaron eran o demasiado mayores o tenían demasiados principios como para luchar. Era un mundo, como dijo más tarde Midgley, donde se podían escuchar las voces de las mujeres.

Si las cuatro hubieran llegado a Oxford antes de la guerra, se habrían encontrado con un escenario filosófico dominado por jóvenes hombres listos. El principal de ellos era A. J. Ayer, cuyo libro Lenguaje, verdad y lógica llevaba la marca de su autor —rápido, agudo, siempre apurado— y marcó el tono de la nueva filosofía. Ayer sostenía que la filosofía necesitaba un límite que le impidiera desviarse hacia el sinsentido. Lo que podía decirse de forma clara y comprobable tenía sentido; lo que no se podía era un sinsentido. Desaparecieron montones de filosofía, teología y metafísica. Lo que quedó fue el frío y duro mundo de la ciencia. Los hechos eran una cosa, los valores —nuestras expresiones de aprobación y desaprobación—, otra.

Anscombe, Murdoch, Foot y Midgley —de diferentes maneras y en diferentes momentos— se irritaron contra este consenso. Para Foot, fueron las imágenes de los campos de concentración las que obligaron a una reevaluación. La visión que tenía Ayer del mundo sostenía que la condena moral era simplemente una expresión de desaprobación sin fundamento en el mundo de los hechos. Pero, insistía Foot, ¿no queremos decir que nosotros tenemos razón y ellos están equivocados? Estas cuatro filósofas querían una nueva imagen, en la que el mal y la crueldad fueran tan parte del mundo como los ríos y las formaciones rocosas.

Iris Murdoch, Mary Midgley, Elizabeth Anscombe y Philippa Foot en su época de estudiantes.

La narración se trata de cuatro mujeres brillantes que encuentran sus voces, se oponen a la sabiduría recibida y desarrollan una imagen alternativa de los seres humanos y su lugar en el mundo. Ellas estudiaron entre académicos refugiados que enseñaban griego y latín en pequeños departamentos y llenaban las calles del norte de Oxford con sonidos de Europa del Este. Y ellas compartieron sus ideas: en cafés, en sofás, en salas de reunión. Es un relato que, con toda razón, llama la atención, no solamente en este libro, sino también en el excelente libro de Benjamin Lipscomb, El cuarteto de Oxford (2021; traducción Shackleton Books, 2023).

Hay complicaciones en el camino. Murdoch, en particular, tiene la costumbre de enamorarse y de dejarse enamorar. Casi irrevocablemente daña su amistad con Foot al provocar y luego romper un complicado cuadrilátero amoroso. Su admiración por Anscombe se funde en lo erótico. Pero, dentro y fuera de la órbita de las demás, ellas empiezan a encontrar formas alternativas de pensar sobre los seres humanos, basándose en intuiciones de Aristóteles, Tomás de Aquino y Wittgenstein. Anscombe y Foot desarrollan una reputación formidable en la filosofía académica. Los hermosos y desafiantes escritos filosóficos de Murdoch dan paso a una carrera como aclamada novelista y mujer de letras. Midgley es la que tiene más los pies sobre la tierra del cuarteto, llevando a la filosofía a conversar con la zoología y la etología y publicando el primero de sus 18 libros cuando tenía 59 años.

Hasta aquí el relato. ¿Qué pasa con el argumento? Mac Cumhaill y Wiseman consideraron que estas mujeres afirmaban que, en realidad, somos animales metafísicos: criaturas que utilizan el lenguaje, hacen preguntas y crean imágenes, que buscan lo misterioso y lo trascendente. Aquellos de nosotros versados ​​en el tipo de filosofía analítica que desciende de Ayer probablemente queramos más a modo de aclaración y apoyo. Pero tal demanda podría pasar por alto la otra parte del argumento del libro: que esta idea estaba disponible para el cuarteto solamente porque ellas vivían vidas llenas de amantes, dependientes, política y guerra. Para Mac Cumhaill y Wiseman, las ideas filosóficas de Anscombe, Murdoch, Foot y Midgley no son independientes del tipo de vida que llevaron.

Las autoras son amigas además de filósofos y el libro es a la vez producto y expresión de esa amistad. Su relato respalda su argumento: que la visión filosófica no se transmite principalmente mediante palabras escritas en una página, sino a través de una vida bien vivida. Los lectores tendrán que tolerar cierta reconstrucción y el uso de “quizá” para marcar las transiciones de un hecho a otro. (“Empapada, volvía por el césped a comer un huevo pasado por agua [Midgley], y es posible que en el camino divisara a…”). Pero leer esta historia es recordar las barreras institucionales que impiden a las mujeres estudiar filosofía, la convicción y la determinación de quienes deciden hacerlo de todos modos, y la forma en que la vida de la mente puede ser tan intensa y llena de acontecimientos como la amistad misma.

Animales metafísicos

Animales metafísicos. Clare Mac Cumhaill y Rachael Wiseman. 2024, Anagrama. 470 páginas. Dónde comprar

Reseña aparecida originalmente en The Guardian (10.02.2022). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia.




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