Velocidad

En un mundo de extremos, la persona relajada y la madrugadora se enfrentan. Mientras una busca venganza contra el sistema en su tiempo libre, la otra sigue esclava de los horarios. Entre ronquidos y rutinas, el fin de semana parece un laberinto de emociones.

Si vamos hacia los extremos, es posible que existan dos tipos de personas: la relajada y la madrugadora. La primera, como casi todos, trabaja de lunes a viernes y el fin de semana se transforma en días en los que ejerce su naturaleza. Es una forma de vengarse del sistema. Aunque la persona relajada esté muerta de sueño y cansancio, ve una larga película o varios capítulos de una serie. Si estos seres son una pareja que vive bajo el mismo techo, el ser madrugador duerme a pesar del ruido del televisor; ronca casi exánime. No puede evitar levantarse temprano.

El sábado, la persona madrugadora no puede quedarse en la cama hasta tarde, se levanta a las ocho. De pie, en la cocina toma desayuno, lava la loza que quedó de la noche anterior, barre un poco y después, de puntillas, se mete a la ducha. No soporta estar despierto en pijama. Hace la mañana como puede —sale a lavar el auto, va a la peluquería—. Despertar al ser relajado es grave, por lo que, al regresar, abre la puerta con cuidado, evitando hacer ruido. Ya son casi las una de la tarde. Sorprende a la persona relajada picando fruta, tostando pan, calentando agua para un té.

La persona madrugadora, es, en el fondo, una esclava de los horarios. La estructura y las marcas del reloj le provocan estabilidad emocional. A pesar de estar acostumbrada, observa con desazón a la persona relajada pasearse en pijama, que después de comer algo lee un rato, hace yoga, ordena el clóset. La persona madrugadora abre el refrigerador; sabe que almorzará pasado las cuatro de la tarde, por lo que come algo de queso, fiambre, lo que encuentre. Sabe cocinar, aunque considera que puede ofender a la persona relajada si almuerza solo.

Son casi las tres de la tarde y la persona relajada recién se mete a la ducha. Se toma su tiempo, el secador de pelo suena infinitos minutos dentro del baño. Lo invitan a ir de compras. No va, vuelve a quedarse solo, puesto que su estilo de ir a la feria o al supermercado es ejecutivo: directo a los productos, tacha la lista, jamás compra algo que esté fuera de ella. Considera que aquella actividad es una pérdida de tiempo y lo atrasa. No tiene idea a qué llegará tarde, pero se apura. La persona relajada respira el tiempo. La madrugadora, lo persigue, como un piloto de carreras o un velocista. La persona relajada es más sana de cabeza y parece disfrutar, aunque la madrugadora goza con ese dibujo rígido: es un laberinto que conoce, aunque sean solo abetos verdes sabe dónde está la salida. Y así pasa el fin de semana: la persona relajada baja la escalera y la madrugadora la sube, se saludan y miran a los ojos. Se respetan, aunque es una empatía cultivada por los años y terapia. La persona madrugadora espera el lunes con ansias, donde todo funciona relativamente a sus parámetros, por no decir neurosis. La persona relajada sufre: odia la rutina, la agenda y el trabajo.




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