Françoise Hardy (1944-2024), cuando las mujeres inventaron el pop

Desde su creación en el siglo XIX, el pop ha evolucionado gracias a nombres estelares como Aretha Franklin y Françoise Hardy. Este artículo explora la historia del pop, su influencia en la cultura global, y cómo figuras como Hardy han dejado una huella imborrable no solo en la música.

El pop fue creado originalmente en el siglo XIX, cuando una serie de géneros musicales en distintas partes del mundo arribaron a composiciones de unos tres minutos de duración. Tres minutos duraban las canciones del music-hall británico y las del Tin Pan Alley estadounidense, de la canción de Montmartre en Francia, del tango en la Argentina o de los cowboys también en Estados Unidos. Pero para mediados de los cincuentas del siglo XX, dichas fórmulas se habían agotado: entonces llegó Aretha Franklin.

Franklin, de la mano de Tom Dowd y Jerry Wexler —más conocidos como “Tom & Jerry”— para el sello Atlantic descubrieron que había una manera de superar las estructuras de aquellos géneros musicales decimonónicos que descansaban sobre las tensiones y resoluciones mediante dos frases melódicas alternantes, llamadas A y B, que se disponían en la secuencia AABA, 32-bar form, en el Tin Pan Alley, o alternando ocho compases entre estrofa y latiguillo como en el tango. La solución Franklin-Dowd-Wexler era la estructura estrofa-coro, a menudo resuelta en la secuencia: estrofa-estrofa-coro-estrofa-coro-coro-solo-coro-coro…

Dicha solución fue acometida por, y tuvo un impacto y fama sin precedentes a través de, cantantes femeninas, como las Girly Groups afrodescendientes en Norteamérica (The Shangri-Las, The Ronettes o The Supremes) y alcanzó cotas de máxima relevancia cuando se agregó al modelo el uso de backing-vocals a menudo también femeninas y afrodescendientes como los grupos corales ahora conocidos por nombres como The Blossoms o The Andantes.

Del otro lado del charco y desde el lado masculino, el modelo estadounidense del pop femenino fue respondido por la llamada Invasión Británica encabezada por The Beatles y su grito de guerra, “Yeah-Yeah-Yeah”. Eran los años sesentas, los años del Swinging London, donde el hedonismo, la moda, la celebración de la belleza y la juventud crearía una de las estéticas populares más hondas del siglo XX: el Mod.

Fue entonces que atravesando, esta vez, el Canal de La Mancha, en Francia se procesaron ambos influjos —el de las Girly Groups y el de Los Beatles— y nació el Ye-Yé (que era la manera gala de decir, “Yeah-Yeah-Yeah”), también capitaneado por mujeres como France Gall, Brigitte Bardot, Sylvie Vartan y…  Françoise Hardy.

Hardy comenzaría su trayectoria con la canción, “Tous les garçons et les filles” (1962), que rezaba, “Todos los chicos y chicas de mi edad/ se pasean por la calle de dos en dos./ Todos los chicos y chicas de mi edad/ saben bien lo que es ser feliz./ Y los ojos en los ojos, y la mano en la mano.// Se van, enamorados, sin miedo del mañana./ Sí, pero yo voy sola por las calles, con el alma en pena./ Sí, pero yo voy sola porque nadie me quiere.// Mis días como mis noches/ son en todo iguales,/ sin alegrías y con muchas preocupaciones,/ nadie murmura «te quiero» en mi oído”. Y esa letra tendría profundas resonancias en la sensibilidad y la identidad de una juventud que se sentía triste y abandonada, pero que celebraba la vida de manera intensa y con una máscara feliz.

Françoise Hardy

Hardy desde entonces se transformaría en un ícono de la juventud gala de los sesentas y sería una de las figuras capitales de la moda, al trabajar con personajes legendarios como Yves Saint Laurent o Paco Rabanne. Del mismo modo su noviazgo y matrimonio con el también cantante Jacques Dutronc les convertirían en una de las parejas centrales de la cultura francesa de la segunda mitad de la vigésima centuria.

Admirada por personalidades como Mick Jagger, perpetradora de un par de decenas de long plays, enseña fundamental del pop, Hardy también tendría un impacto en Latinoamérica. Y de dos maneras. La primera en que la publicación y el programa radial que promovía en Europa al Ye-Yé, Salut les copains, resultaría imitado en Argentina bajo el lema de Música en Libertad que luego sería calcado en Chile televisivamente como Música Libre. La segunda, porque por esos misterios de la música, la melodía de su obra esencial, Tous les garçons et les filles, sería usada como base de la canción de misa, Quiero cantar una linda canción.

Es verdad que en medio de la revolución social-juvenil de los sesentas (Mayo del ‘68) al Ye-Yé se le acusaría de superficial, en exceso festivo y sexuado, pero no hay que olvidar que la música de aquel mayo fue esta y no otra, y que en paralelo la Música Libre chilena, que recibía las mismas acusaciones, fue parte fundamental de la banda sonora de la Unidad Popular, toda vez que dicho programa era transmitido por las señales del canal estatal, el 7.

En sus últimos años Françoise Hardy sufrió dos agresivos cáncer —primero uno linfático y finalmente uno de faringe que fue el que cobró su vida— que significaron para su existencia el volver a la palestra cultural y social al abrazar el activismo por la legalización de la eutanasia, donde solicitó a Emmanuel Macron, una legislación de urgencia sobre dicho asunto, que estaba, de acuerdo con lo que informa ABC Cultural, “en vías de aprobación parlamentaria cuando el jefe del Estado decidió disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones anticipadas, el 30 de junio y el 7 de julio próximos”.

De este modo, y a lo largo de seis décadas, Hardy no solo fue una de las inventoras del pop moderno, sino que una representante esencial del legado de Francia para el mundo.




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