Cuando yo era chico, adolescente, a mis papás les cargaba la música que yo y mi generación escuchábamos. Odiaban con toda su alma el rock latino, el techno pop, el new wave. No solo lo odiaban, sino que no lo comprendían: “Eso no es música, música era la de antes”. Para qué hablar de cómo nos vestíamos: aborrecían los adultos los pantalones amasados, las chasquillas peinadas con limón, las botas blancas, las zapatillas Topper, las poleras negras femeninas sin mangas. Y pensábamos en esa época que eso era simplemente porque ellos eran unos viejos chotos.
A medida que fuimos creciendo nos dimos cuenta de que esa dinámica siempre se daba entre generaciones: pasó del tango al bolero, del bolero a la Nueva Ola, de la Nueva Ola al Rock Progresivo, del Rock Progresivo al new wave. Y empezamos a sospechar, ya avanzados nuestros veintes, que eso nos iba a suceder también a nosotros. Y quizá para algunas o algunos de nosotros fue así, pero para otros como algunos amigos del alma y yo mismo no.
Así entrando nuestra tercera década de vida amamos el Brit Pop, luego a fines de los noventas entendimos perfecto la electrónica de gente como Paul Oakenfold, llegando los 2000 vacilamos como adolescentes con Franz Ferdinand y el Post Punk Revival, y vinieron luego a nuestros oídos los Arctic Monkeys o Taylor Swift incluso y disfrutamos sin envejecer.
Entonces pensamos que quizá esa regla de las brechas generacionales se había fracturado de una vez y para siempre.
Me pasa algo, sin embargo, con el reguetón, con el trap y con la música urbana en general: me resulta incomprensible e infumable, encuentro que NO es música, se ha eliminado la armonía y la melodía quedando solo las bases rítmicas y, para más remate, reiterativas hasta el hartazgo. La moda también me produce urticaria: esos pantalones hasta el muslo, los colgajos de cuentas brillantes (bling-bling) los cortes de pelo a machetazos, para qué hablar de ese corte que se hacen en la ceja, las zapatillas gigantes, las poleras cuatro tallas extra. Todo. Me parece horripilante. Y entonces agradezco con el alma al reguetón. Que me ha hecho darme por fin cuenta de algo que debería haber sabido hace años: que soy un viejo de mierda.

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