Los primeros mapas no eran configuraciones espaciales que buscaran representar lo geográfico, sino simples guías con trayectorias realizadas o por hacer; caminos con los que volver al origen como advierte Dionne Brand en su ensayo Un mapa a la puerta de no retorno (2001) traducido al español por primera vez por el sello local Banda Propia. Su angustia y la razón de este texto es que no hallará en ningún mapa la trayectoria de sus antepasados en África, pero hay un camino que debe recorrer, una búsqueda con la que tal vez pretende corroborar un vacío por medio de un trabajo de memoria, en aviones atravesando continentes, transitando en sórdidas carreteras, habitando lo cotidiano de un pueblo alejado y también serpenteando por la propia escritura, por momentos lírica al ritmo suelto y veloz de un buen rap.
Cuando la autora, nacida en Trinidad y Tobago en 1953, que es poetisa, ensayista y novelista, toma conciencia de que su abuelo no recuerda la procedencia de su familia, la atraviesa un abismo descorazonador. “Mi abuelo que lo sabía todo había olvidado el nombre de la tribu en ese desconocido lugar de antes de la trata”. Es así como nace el concepto de la Puerta de no retorno como un lugar imaginario que representa el momento en que fueron capturados. Pero este dolor no es algo que intente moderar imaginando un pasado idílico en África. Brand insiste: no hay nostalgia para ella.
Ni tampoco busca encaminar ningún resarcimiento delatando la marginación o la estigmatización en Canadá donde vive desde los 17 años. No son sus temas, si bien los bordea. Prefiere quedarse en un solo instante, y quiere que nosotros nos quedemos con ella: cuando los rostros de sus antepasados descubrieron que los habían sacado por la fuerza y puesto en un lugar que no entendían. El desconcierto “ese desgarro psíquico” es el sentimiento que simula y la protege del olvido que se impone por la fuerza.
Así la conexión no está irrevocablemente rota: “Imaginamos a personas tan atónitas por sus circunstancias, tan descorazonadas que no aceptan la realidad. Nuestra herencia en la diáspora es habitar este espacio inexplicable. Ese espacio es la medida del paso de nuestros antepasados a través de la puerta en dirección al barco. Estamos atrapados en esos pocos metros que hay entremedio. El marco de la puerta es el único lugar de existencia real”.
¿Es lealtad? ¿la culpa del sobreviviente? ¿una curiosidad que se basta a sí misma? ¿o es asirse a la única posibilidad de conectar la historia personal con la colectiva para conseguir identidad? Pero luego va a cuestionar los conceptos de identidad y pertenencia hasta desarticularlos: los lugares son ficciones y los mapas a los que recurre intermitentemente en el texto, una burla que la irrita.
Lo contrario a los mapas son los rostros ofuscados con los que se encuentra de repente y les pone la máxima atención; el trauma intergeneracional aparece milagrosamente en lo cotidiano: “No he visitado la Puerta de no retorno, pero con pedazos aleatorios de la historia y las memorias no escritas de los descendientes de quienes la atravesaron, incluyéndome, estoy construyendo un mapa de la región, atendiendo a los rostros, a lo desconocido, a los involuntarios actos de retorno, a las sensaciones frente a los umbrales. Todo acto de memoria es importante, incluso las miradas de consternación e incomodidad. Cualquier vestigio de un sueño es una evidencia”.
Brand se cuestiona lo irónico de vivir en condiciones climáticas de un frío incompatible con la vida misma. ¿Hasta allá tuvo que llegar su diáspora? O llama la atención sobre el enorme estacionamiento que es esta civilización como la describe: parches de cemento que con descaro llaman hogar. “En Canadá todos estamos involucrados con este sentido de origen. Es un origen fabricado, que sin embargo juega con nuestra necesidad de hogar, aunque sea tiránica”.
Un mapa a la puerta de no retorno recoge distintas fuentes y géneros para conformar este “esquema cognitivo” que tanto hacía falta para Brand. Así va intercalando sus propias memorias con cartas de traficantes de negros, noticias sobre el tráfico actual de personas y otras de abusos brutales, citas, apuntes sobre su formación literaria o críticas al racismo de Coetzee, o a Naipaul por volver a India y darse el lujo de sentir enojo. Y varias veces recurre a Pablo Neruda que la interpreta: “Tengo la fe puesta en que Neruda escribió un poema hace cincuenta años y yo puedo sentir ahora su compañía”.
Como se va viendo, la evolución del texto avanza hacia un estilo más poético por las últimas páginas, párrafos como de corriente de conciencia en que salpica sentimientos e ideas desacopladas con intensidad, agudeza, ritmo y precisión. Quizás nos esté diciendo que la poesía es la única conexión que espera: la que se da entre las palabras que nos remecen pese a su contigüidad improbable. Como esta parte bajo el título “Rutero para los abandonados en la diáspora” donde describe la desesperación y sensación de naufragio que se combate mal: “Ella deshace soledades, salvajismos alcohólicos. Esta borracha no dice nada, arrojada en su bote, retirada del mundo. Esta susurradora, esparcidora, moledora, diacona, soldada, está abandonada…”.

Un mapa a la puerta de no retorno: notas a la pertenencia. Dionne Brand. 2024, Banda Propia Editoras. 216 páginas. Dónde comprar

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