Una idea que toda persona que haya tomado un curso introductorio de lingüística conoce bien es que el número de oraciones que se pueden potencialmente hacer / decir en una lengua es ilimitado. Una forma en que las y los profesores de esa disciplina enseñan esto es explicando que se puede hacer siempre una oración más extensa que la anterior añadiendo un “y…”, como en “María cantó y Juan bailó y los niños aplaudieron y los papás se emocionaron y…” o un “de…” como en “La casa del tío del abuelo del sobrino del primo del…”. Esa idea es una de las Leyes del lenguaje y ha sido descubierta y redescubierta muchas veces: por la Escuela de Port Royal en el s. XVII, por la lingüística francesa mediante el concepto de “doble articulación”, y por Noam Chomsky, que le ha dado el nombre que más se usa hoy para referirse al fenómeno, recursividad.
Esa noción ha permanecido como uno de los fundamentos de los estudios del lenguaje, entonces, por siglos.
Pero esta idea trastabilló en 2007.
Ese año salieron a la luz una serie de hallazgos realizados por el lingüista Daniel Everett que señalaba que en la lengua Pirahã, hablada en el Amazonas por unas trescientas personas, no había recursividad. Esto es, no tenía ni recursos como el “y…” o el “de…” ni nada parecido.
Las personas que trabajan en lingüística entraron entonces en un intenso debate sobre este tema y se escribieron más de cuatro mil papers sobre el mismo —según datos de Google Scholar—, pero ¿tenía Everett razón y con ello se derribaba no solo la recursividad, sino que todo el edificio teórico que había levantado desde mediados de los cincuenta el propio Noam Chomsky?
Al parecer no; Everett estaba equivocado.
¿Cuál era el origen del debate?
No un libro ni un paper de Everett; no una publicación en una revista indexada Q1 o con revisión de pares con doble ciego; no una conferencia con postulaciones mediante abstracts y revisiones de un comité de expertos: un longread del New Yorker.
El texto que originó aquel debate se llamaba “The Interpreter” y era firmado por una de las plumas canónicas de aquella prestigiosa revista estadounidense, John Colapinto. El texto de Colapinto era realmente fabuloso, y lo era tanto para las personas especializadas en los estudios del lenguaje como para los legos. Lleno de imágenes notables, desde la foto en que Everett sumergido en las aguas del Amazonas asoma solamente su cabeza, junto a un miembro del pueblo Pirahã sobre una canoa, hasta viajes en avioneta o helicóptero hacia el Mato Grosso, amén de cuñas de los mayores expertos en las áreas que cubría el extenso texto, y citas a personalidades eméritas de las Ciencias Cognitivas como Benjamin Lee Whorf, Herbert Simon o Michael Tomasello.
¿El problema?
Que todo el entramado del longread no era otra cosa que aquello que se podría en llamar, La Técnica del New Yorker.
¿En qué consiste dicha técnica?
Lo leí hace años en un blog que ya no recuerdo, pero va más o menos así, paso a paso:
- Ubique a un oscuro académico de alguna aún más oscura universidad que tenga alguna idea que contradice la “doxa” en su área.
- Siga a este académico en su odisea personal por contradecir a las luminarias internacionales académicas de dicha área.
- En el intertanto muestre en su longread que usted ha indagado tal área casi como en una “operación rastrillo”, ojalá citando o entrevistando a los mayores expertos y expertas mundiales en el campo.
- Cierre diciendo que se trata de un “debate en curso”.
- Siéntese a esperar la reacción de la comunidad académica.
Esta técnica es un recurso habitual no solo del New Yorker, sino que también del New York Times (ver, por ejemplo, el tratamiento del Deep Learning de ese texto iniciático que se llama, “The Great AI Awakening” de 2016) o el mismo The Guardian, así como de otras plumas tales como la de Colapinto, como las de Malcolm Gladwell o el ahora defenestrado Jonah Lehrer. Sobre la mención al Guardian, me gustaría compartir que mi esposa, la Carmen, tomó durante la pandemia un taller hecho por uno de los más eximios longreadristas de aquel medio inglés y me contó que la forma en que debía escribirse un longread consistía en tener al menos tres líneas de acción o arcos, como el seguimiento de un personaje principal, el desarrollo de los pormenores del tema por abordar, y las citas a distintas personalidades del campo, todo ello enlazado como una “trenza María”. Ah, y era importante que el personaje del arco principal tuviera un antagonista (el medio en que se desplegaba, un rival, un antiguo enemigo). Esto le daba un sabor a storytelling al relato.
Me he extendido en la historia de Everett y en el detalle de cómo se hace un storytelling y un longread disruptivo, para llegar al punto.
No es muy distinto lo que hace el New Yorker —¡el New Yorker!— de lo que han hecho los medios, como La Tercera, con Lucy Oporto.
Como sabemos doña Lucy Oporto, filósofa, fue entrevistada por La Tercera el fin de semana recién pasado, hablando sobre que “La veleidad y travestismo de Boric es parte de un plan y una forma de manipulación”. Dicha entrevista fue comentada por el politólogo Alfredo Joignant diciendo en Twitter que, “sinceramente, no entiendo este afán de la prensa en consagrar a Lucy Oporto, quien nadie conoce ni la lee en la academia, como una intelectual interesante: una extravagancia”.
Luego ese comentario de don Alfredo fue contradicho por una columna en la misma La Tercera por Pablo Ortúzar, aduciendo que:
“En la academia se busca la validación de la producción intelectual por los pares académicos, mientras que en la opinión pública se busca la validación de una opinión por quienes participan del debate público. En un caso [la academia], entonces, hay barreras de entrada a la discusión, y en el otro no [la opinión pública]. Por lo mismo el debate académico discurre en revistas y libros especializados, mientras que el debate público lo hace en medios de comunicación y publicaciones masivas”
Visto, sin embargo, a la luz de La Técnica del New Yorker, lo que ha hecho La Tercera con doña Lucy Oporto es muy similar a lo que hizo John Colapinto con Daniel Everett, crear un debate, que en este último caso dio origen a más de cuatro mil papers. En ese sentido, y contradiciendo tanto a don Pablo Ortúzar como a don Alfredo Joignant: los vasos comunicantes entre academia y opinión pública son más fluidos de lo que tanto un lado como el otro, son capaces o se atreven a reconocer.

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