El frío 

El cronista enfrenta un bloqueo creativo y la rutina familiar en medio del frío de Santiago. Entre la cotidianidad y los recuerdos del padre, lucha contra la esterilidad literaria y las presiones del día a día, mientras el invierno se acerca cabalgando con la nostalgia.

Hace algunos días, Alejandro Jofré, el editor del cronista, preguntó por WhatsApp si todo andaba bien, si ocurría algo, como una forma de decir que no ha recibido ningún texto en su correo. El cronista dice ya va, he tenido mucho trabajo, lo que no es mentira ni tampoco la verdad de su esterilidad literaria. La situación real es que no soporta el frío. Con su familia, desde la ventana del comedor miraron por la tarde la lluvia con alegría, comieron sopaipillas con té y luego comenzaron el lento y tedioso proceso del fin del día, que consiste básicamente en acostar a la hija adolescente —que monopoliza el baño al menos durante una hora—, bañar a la más chica, meterla a la cama, leerle un cuento y, una vez dormidas, ordenar la cocina y meter sus colaciones a la lonchera.

La lluvia persiste, el matrimonio hace el amor. Recuerdan su estadía en el sur, donde es un milagro que los techos resistan la tormenta. Duermen plácidamente, cansados de rutina y sexualidad. El cronista se despierta con el ruido psicodélico por la mezcla, que hacen los ringtones de las alarmas de los tres celulares de la casa. Son casi las 7:30 AM, solo queda asumir que llegarán atrasados a colegios y trabajos. El escritor, como hábito, baja a preparar café, lo espera, lo sirve en una taza. Sube a apurar a la familia. Cuando baja ya está casi frío, no lo puede calentar porque su papá le enseñó que eso no se hacía. Se lo traga. Posterga el cigarro de cada mañana, no tiene dónde fumar.

La cordillera de los Andes es una verdad definitiva. El auto sube hacia La Reina al colegio y la nitidez del muro de piedra y nieve acuñado por Parra y luego por Zurita da para quedarse pegado, con la vista perdida de una lucha perdida, como un gol de último minuto, cuando se estaba jugando bien y viene el mazazo. Otra mañana. El escritor que se jactaba de no usar alarma, otra vez se quedó dormido. Por la noche hubo guerra por las frazadas y la helada que se colaba por las cortinas lo hizo ponerse de pie.

Se levantaba a más tardar a las seis de la mañana, el gato bajaba con sus pasos, le daba comida, para él café, cigarro y al balcón a escribir poemas o esbozos de crónica. El balcón, es su espacio de libertad. Intenta soportar los temblores del cuerpo, mira los árboles inmunes, piensa que se va a resfriar y entra a la cueva con la impotencia de haber perdido su lugar sagrado. Ni siquiera es invierno, piensa. De arriba le dicen que las parkas quedaron chicas a las niñas. El presupuesto se fue a la mierda.

El frío subraya la realidad y potencia recuerdos. De niño el frío parece una aventura, una excursión citadina. Su padre murió hace cuatro meses, gracias a Dios, en pleno verano. Alcanzó a comer sandía, frutillas, igual que el abuelo. El papá del cronista odiaba el frío, lo ponía de malhumor, lo desensibilizaba, lo que hoy entendemos por depresión. La Renoleta no partía e instalaba al hijo al volante, chupete a tope, cambio en neutro, mientras succionaba la manguera de la bencina, escupía la vereda y rociaba el carburador de combustible y gritaba ¡ahora! No partía a la primera, pero funcionaba a la segunda, tercera. El escritor recuerda sus parkas rojas, se creía piloto de Ferrari. Por primera vez piensa en cómo lo hacían para secar la ropa. Iba impecable al colegio. Siempre lo felicitaban.




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