He pasado los últimos meses sometido a una rutina implacable. Casi todas las tardes, cuando logro hacer una grieta en la agenda, me apersono en una clínica para visitar a mi madre. Ella muere lentamente en una pieza de Unidad de Cuidados Intensivos. Está conectada a un monitor que devela sus más minuciosos signos vitales. Y de sus brazos cuelgan autopistas de sondas que ingresan a sus venas, que hacen fluir caudales de antibióticos, morfina, Midazolam o Metadona, que mitigan, de forma paliativa, el dolor. Cuando comenzó esta internación, en noviembre del año pasado, hubo esperanzas de cambio y diagnósticos. Hubo médicos que, mirándote a los ojos mientras tú llorabas frente ellos, te aseguraban que podían revertir su condición porque intuían, como si se tratase de capítulo de Doctor House, que algo habían revelado. Lo que puedo asegurar tras varios ciclos de diagnósticos y promesas (esta es su sexta internación), es que saben muy poco lo que hacen. No me refiero a que no conozcan el comportamiento médico de un cuerpo, su funcionamiento y detalles, sino que la certeza de sus tratamientos se basa en suposiciones, se asemeja a un juego de dados. Incluso se contradicen entre ellos y ante cualquier consulta responden: “Lo estamos viendo, no podemos garantizar nada”, por miedo a alguna demanda o porque sencillamente el protocolo dice así.
Hay días en que a mi madre le cuesta reconocer a quienes la visitan. A veces me confunde con mi hermano, o me habla como si aún tuviera veinte años. En otros está sonriente, con ganas de hablar, con ganas de recordar cosas. Esas son las tardes más luminosas, donde hacemos algunas dinámicas: escuchar canciones que marcaron su vida, temas de la Vieja Ola, Pimpinela, Juan Gabriel o Cecilia, la incomparable. Los ponemos en YouTube, nos tomamos las manos y cantamos: “Las olas al chocar parecen murmurar la canción que nunca calla”, mientras en sus comisuras brotan lágrimas. Yo también lloro. Liberando una mezcla de angustia y pena. Pero, sobre todo, en esos momentos, reflexiono sobre la perseverancia de la música, porque la zona donde se aloja en el cerebro, el lóbulo temporal, resiste los avances de la demencia senil y el alzhéimer. Todas estas escenas poco y nada interesan a los profesionales de salud que entran y salen de la pieza del piso cinco de la uci, donde mi madre ha pasado sus últimos meses. A veces pienso en comentarles que la musicoterapia es un probado tratamiento efectivo contra el deterioro cognitivo. O que en Suiza las clínicas utilizan lsd a pacientes que padecieron depresión —como le ocurrió a mi mamá—. Pero cuando lo intento nadie escucha del otro lado.
Si hay un estado que mi madre ha sostenido, estos últimos meses de forma implacable, es su deseo de abandonar la clínica. Recuerdo nuestro diálogo en la navidad pasada, donde todo el piso estaba teñido de rojo. “El único regalo que me gustaría sería irme”, dijo categórica, triste hasta el tuétano, por pasar un veinticuatro y veinticinco de diciembre, día en que además cumple años, amarrada a la cama. Cuando le pregunté al médico respondió que lo prudente era observar cómo evolucionaba un nuevo antibiótico. Que era su responsabilidad hacerlo. Y luego se fue a comer un trozo de torta que la familia de la 532 regalaba al resto de los asistentes y cuyo abuelo murió antes de año nuevo. Debo reconocer que su respuesta me generó rabia. Que pasé esas noches deseándole lo peor. Porque mi madre, decían ellos mismos, ya no tenía mejorías. Ya sólo le quedaba esperar su muerte. Entonces qué sentido tendría someterla al sufrimiento, a la pena, a la angustia de pasar su navidad y cumpleaños bajo estado de “monitoreo”.
¿Por qué era esa su responsabilidad?
Mi respuesta fue, como siempre, abrazarme a los datos.
Así descubrí que el interés por la salud normada en los inicios de lo que llamamos Chile fue casi nulo. En 1809 la cátedra de medicina impartida en la Universidad de San Felipe se clausuró debido a la ausencia de estudiantes interesados. En 1840, por decreto, se estableció que sólo podían ejercer la medicina quienes hubieran cursado estudios formales. Países como Alemania o Estados Unidos, para ese entonces, no tenían esa norma, porque muchos actores podían ejercer prácticas de sanación. En 1847 resurgió el estudio de medicina a manos de la Universidad de Chile. Pero pese al decreto, la gente desconfiaba de los jóvenes colegiados y prefería el saber popular. La historiadora María José Correa, que se ha dedicado a estudiar la relación entre salud y sociedad de consumo, comenta que “los mismos médicos nos les interesaba ir a hacer carrera a pueblos en los cuales tenían que competir con los curanderos o les pagaban con canastas de frutas”.
A inicios del siglo veinte la cosa no cambió mucho. Los hospitales eran lugares que había que evitar, porque ahí la gente se moría. La gente acaudalada prefería “tratarse” en casa y luego, a costear las costosas casas de orates. La confianza en el boticario del barrio, quien preparaba remedios a pedido, era todo a prueba hasta que en 1969 el código penal tipificó que su ejercicio sería “penado con presidio menor en su grado medio”. Cuando emergió la producción serial de medicamentos, cuyas patentes eran secretas, se produjo un cambio cultural muy grande. Se dudaba de la “píldora”, se decía que “caía pesada al cuerpo”, aparecían casos de intoxicación e incluso muerte debido al consumo desregulado. La empresa Bayer promocionaba la heroína, sin ningún impedimento legal, como el mejor antídoto para la tos y el aleado perfecto para las “estaciones lluviosas”. En fin. Puedo llenar varias páginas sobre la verdadera guerra que sostuvieron los médicos con los curanderos. Pero un dato reciente podría ser más alegórico. Entre 1990 al 2022 el sistema de isapres chileno acumula ganancias de 1.3 billones de pesos. Sólo en tres años ha tenido resultados negativos a lo largo de treinta años. La salud es, qué duda cabe, uno de los negocios más importantes del país que habitamos.
Pero volvamos a mi madre. Tras los varios meses que pasó internada, en ese ir y venir de diagnósticos cruzados y promesas falsas, apareció un médico que reaccionó por primera vez a la voluntad de Maritza. Cuando pedía el diagnóstico diario —que a veces debes esperarlo tres horas y otras ni siquiera te lo dan pese a que el costo diario de pieza sea superior al del Sheraton—, me dijo, algo triste, que mientras le hacía una pulsión lumbar mi madre lo miró, llorando, y le dijo muy claro “no quiero estar aquí”. Su respuesta no era rara. Lo decía siempre cuando podía. Lo único diferente fue que, del otro lado, no había una máquina que entendía por “responsabilidad” someter a cuidados a una persona cuyo motivo de internación estaba perdido. Entonces nos citó a una reunión. Mi padre, él, y mi hermano al teléfono. Nos habló lento. Nos dijo lo que ya sabíamos. Y, tras un abrazo, se comprometió en que ningún colega suyo pudiera intervenir a mi madre. Luego se fue, como si se tratase de un arcángel. A diferencia de los, me atrevería a decir, más de cien médicos con los que he hablado los últimos años, nunca lo vi usando algún traje distintivo, nunca lo vi “uniformado”. Era un tipo civil. Calmado. Humano. Gracias a él, mi madre salió de la uci a una cama intermedia. Ahí nos tocó enfrentar el último escollo. Un médico de turno nos citó el viernes pasado para darnos una noticia. Dijo con voz trágica que si no operaban a mi madre podía morir ese mismo fin de semana. Pero segundos después dijo que si la operaban tenía también riesgo de morir. Dijo que su cuerpo no aguantaba volver a casa, que moriría en la ambulancia. Dijo que su hígado no hacía coagulación pero que sus plaquetas, quizá, podían hacerlo. Dijo que su único interés era que ella no sufriera mucho. Dijo que teníamos que decidir pero que él quería operar. Mi madre, con mínimas fuerzas, masculló: no me opere, quiero salir de aquí. A coro junto a mi padre y hermano asentimos y hasta le tuve que decir que la ley nos amparaba. Nos miró algo desencajado, quizá pensando en las estadísticas de las isapres, prometió hacer un informe y se fue. Tengo todo el diálogo grabado.
Hace exactos cinco días mi madre está de vuelta en su departamento. La reciente ley del buen morir, promulgada el veintiuno de abril del 2022, amparó su retorno. El estado chileno al fin garantiza, aunque no la eutanasia, al menos “una muerte libre de estrés y sufrimiento evitable para la persona enferma, su familia y cuidadores, de acuerdo con los deseos de la persona enferma y su familia”. Es un verdadero calvario asistir, a diario, a una institución médica para cuidar a alguien que amas y cuya salud no tiene mejora posible. Es un paisaje de horror donde todo pasa a segundo plano, el autocuidado, las amistades o las planificaciones. Tu vida se vuelve el sonido de un monitor registrando signos vitales. Incluso cosas horribles, como las traiciones que puedes sufrir de personas que dicen ser cercanas, te importan poco o casi nada. Estás ahí, pegado-angustiado a la pieza de la clínica si tienes, como yo, privilegios. Y más horroroso aún en el sistema público. Pero ahora no. Ahora le puedo dar de comer a mi madre tranquilo. Oímos canciones, reímos, vemos capítulos de su programa favorito: Caso cerrado. Esperamos, en conjunto, una buena muerte. Ayer sábado, mientras recordábamos las semanas anteriores, nos dijo: “Eso no puede ser. Que vuelvan la salud un dinero. Es muy evidente”. Creo que, para ella, el mejor premio en este día de la madre fue este: poder abrazar una buena muerte.

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