La vida no es muy seria: en cinco días más —el 13 de mayo del año de la guerra mundial inminente—, Shellac lanzaría su nuevo disco. La portada de Wire Magazine lo anunciaba con una carátula que recuerda a la estética del Nevermind the bollocks de los Pistols: amarillo chillón y rosado. Los tres miembros del grupo, dibujados como una pandilla de mutantes salidos de alguna ciudad posindustrial. “Shellac: The return of the noise rock squad”, titularon.
Repito: la vida no es muy seria. Hoy, 8 de mayo, Steve Albini, cuyas credenciales musicales son de sobra conocidas —produjo a los Pixies, PJ Harvey, Nirvana, pero también los rudimentarios demos de unos jovencísimos Slint—, muere de un infarto al corazón a los sesenta y un años. Un amigo recuerda con asombro la vez que lo vio tocar con Shellac en el Galpón Víctor Jara, Plaza Brasil, en marzo del 2008, por la módica y ahora absurda suma de ocho mil pesos chilenos: un tipo esmirriado con cara de ñoño y pelo corto, lentes de montura delgada, y una guitarra que sin muchos artificios se te mete en los oídos como un rallador de verduras oxidado.
Big Black, su primer proyecto, es una especie de versión cruda, hardcore, del sonido de Suicide. Acaso la respuesta californiana al no wave niuyorquino. Con Shellac, la banda capital que montó junto a Bob Weston en el bajo y Todd Trainer en batería, grabó cuatro discos y tres EP que sintetizan, a su manera, el sonido underground del siglo veinte: un minimalismo ruidoso, abrasivo, que coquetea con el postpunk, uno que otro aire al jazz más free con sus compases enloquecidos y la serialidad maquinal e industrial del krautrock. Escuchen, si no, Spoke, el track que cierra Excellent Italian Greyhound: actualización en clave irónica del primitivismo que funda el gesto punk con Albini y Weston dialogando como dos tarados que quieren hablar y les sale espuma.
Ese mismo disco, para redondear esta brevísima necrología, parte con el que para mí es una de sus mejores canciones: The end of the radio, que seguro habría gustado al teórico de medios alemán Friedrich Kittler. Es, quizás, el tipo de canción escrita por un músico plenamente consciente de su condición de ser-entre-aparatos: carne, huesos y cuerdas vocales ampliando sus posibilidades sonoras a través del demonio de la electricidad. “¿Está prendida esta hueá? ¿Me escuchan?”, parte diciendo Albini mientras el bajo de Weston marca una línea de bajo repetitiva para un headbanging en cámara lenta. “Oh dios / ¿está prendida esta hueá? / probando probando probando probando / ¿Me escuchan?”, grita Albini.
A ratos entra Trainer con un redoble de tambores y la voz de este talk poem nos avisa que esta es la última transmisión de una emisora desconocida y fantasma. No sabemos qué pasó con el mundo, pero en algún lugar, en una estación de radio perdida en medio de la nada —o en medio de un mundo que de pronto quedó convertido en La Nada—, alguien habla para quien sea que esté escuchando. Podría ser, pongamos, la última radioemisora de la última isla del mundo donde la radiación nuclear de una catástrofe posible aún no ha llegado. Radio Centenario. Radio Tornagaleones. “Quiero ionizar el aire”, dice la voz. “Este micrófono convierte el sonido en electricidad / ¿¡Me escuchan!?”.
En el Ulises, Joyce imaginó que un gramófono en cada tumba nos ayudaría a recordar la voz de nuestros muertos. Que la voz de Albini ionice el aire, señoras y señores, en sus pequeños o grandes aparatos reproductores de electricidad modulada en aquello que llamamos música. Amén.

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