El valle central de Chile

Adelanto de Vagabunda: eso he sido, nuevo volumen con las prosas de viaje de la Nobel de Literatura, en un recorrido por Chile, América y Europa. Publicado por cortesía de Alquimia Ediciones.

Aunque el extranjero considere la Pampa Salitrera como la tónica del país, y aunque las minas de la zona que sigue, llamada de los Valles Transversales, representen tanto como la salitrera en nuestro desarrollo económico, es el Valle Longitudinal el rasgo geográfico que domina nuestro territorio, el que organiza, como si dijéramos, su cuerpo y le imprime carácter en los mapas. Él da a Chile su figura, que yo he comparado algunas veces a la de la carretera minera en su veleidad austral, y que una colega asimilaba, con más exactitud, a la forma del caballo marino. La meseta árida del norte, lo mismo que la llanura patagónica, quedan como facciones subalternas e irregulares de nuestra geografía; la fisionomía regular de Chile, la que es consultada para toda empresa nacional, sea ella trabajo de ingeniería, sea cálculo económico o sea… plan electoral, la lleva el llamado Valle Central en su largo pectoral verde.

El primer conquistador que se dio cuenta de esta región y acertó a delinear su cinta leal, que pudo ser el pobre don Pedro de Valdivia, ha debido sonreír avizorando esta perspectiva dilatada y darle su nombre natural de asiento genuino para la chilenidad. Chile podría limitarse a esa zona y nos bastaría como periferia de patria.

La horizontalidad del valle no es perfecta; hay que recordar que se trata de una vertiente cordillerana; pero en sus mejores partes hay una planicie que le vale el nombre de llano, que lleva en la geografía. Corre de Santiago a Puerto Montt, en una línea fácil y elegante, gozo del geógrafo como del caminador. Las colinas boscosas de antes, ahora lomerío de trigales, y uno que otro monte aislado, mejor que alterar subrayan su maestría de valle tipo.

En sus dos tercios este valle es de un clima perfecto, que va de los 12 a los 25 grados; en el último tercio, la temperatura todavía puede llamarse templada, en el lenguaje europeo.

En este ambiente, que parece pensado y querido para el hombre por una deidad amiga, son posibles las tres floras próceres que dan las botánicas. Varias frutas tropicales se logran en el valle de Aconcagua, que anuncia el Central; todas las mediterráneas llevan su reino hasta el Bío-Bío, y desde allí, hasta su remate, impera la austera flora de las tierras frías.

Culmina los cultivos del valle, como señor de viejo abolengo clásico, el viñedo de cepa francesa y española, y ha ensanchado tanto su área y ha vigilado tanto su calidad como para volverse la mejor zona vinícola, con la de Mendoza, su semejante, con que cuenta la América del Sur. La viña ha dado a tres o cuatro provincias el aspecto organizado, culto y donairoso de la Toscana en Italia y de la Borgoña en Francia. 

Lado a lado con el viñedo, ha ido prosperando en el valle el huerto frutal. Los valles transversales del norte habían comenzado una ceñida labor de selección creadora de tipos frutales chilenos. Ella pasó al sur como una verdadera empresa nacional, alentada por el Estado con la formación de técnicos y con el crédito agrícola. Y así es como, en unos treinta años, se ha creado una industria frutera ya tan próspera que la cuota de su logro reemplaza al salitre y a la minería, hostigados por la competencia. La fruta del Valle Central sostiene la batalla de calidades en el emporio frutero de California; abastece al Trópico americano que carece de ella y llega a Europa, donde los emigrados la encontramos como rostros conocidos en vitrinas y mostradores franceses o españoles. 

El acaudalado chileno, siguiendo la línea de la caída del salitre por sus rivales químicos, y la del cobre por la abundancia de producción mundial, ha ido virando de más sus capitales hacia la agricultura. 

Los gobiernos últimos aceleran la creación de la pequeña propiedad, único testimonio convincente de una democracia. El Valle Central, particularmente, es el lugar mejor de esta experiencia. “Quien reparte la tierra distribuye a lo divino el sol; el agua y la dicha”, dice un viejo refrán. Al norte salitrero y minero le correspondió crearnos las marejadas bruscas de riqueza; al Valle Central le corresponde un destino clásico de riqueza evolutiva, lenta y estable. 

Cubren la segunda parte climatérica del valle las provincias de Valdivia y Llanquihue, en cuya colonización los alemanes cuentan por mucho. Chile ha usado la misma forma de “sangre y de alfabeto”, o sea de inmigración y de cultura intensiva, adoptada por la Argentina, para crear un país moderno. El germano-chileno se complace en ese clima ligeramente frío, mira con familiaridad su vegetación de bosque, que él combina con el cultivo del trigo, la cebada y la patata, y allí va estableciendo sus industrias una por una. Le es bien fácil su convivialidad con un pueblo criollo realista, que sobrestima el trabajo y que tiene de común con el suyo el gusto de la estabilidad del Estado y de un standard honorable de vida.

El valle, que se abre en claridad de huertos, se acaba en selva maderera y en un alucinante espejo de aguas, de lagos y de ríos, cuyas estampas hermosas llenan los textos escolares y los relatos de folklore. 

Al revés de lo que dice un lugar común sobre la imaginación, hija genuina del sol, las últimas provincias y especialmente Chiloé, entregan los mitos más hermosos logrados por nuestro pueblo. La fantasía austral es agudamente original, y el agua (marina, fluvial, lacustre), resulta mucho mejor para el indio y el mestizo de Chile que la cordillera o el mar Pacífico, bañados en el norte de una luz acérrima.

Revista En viaje, n°140, junio de 1945.

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