La emoción cruda, eléctrica e íntima de una tocata sorpresa, con celulares restringidos, en la Blondie. La euforia masiva en Santa Laura al ritmo de Bailando solo agigantada en electrónica gloria discotequera. El espectacular parque de guitarras que crearon junto a Eduardo Gatti en la Quinta Vergara para Ahora que no estás. La hermandad intergeneracional con Illapu, vía Calles de Talcahuano, televisada en vivo desde el Festival de Viña del Mar. La conmovedora aparición acústica en el memorial del Estadio Nacional, separada por pocos minutos de una cumbre de la cultura pop con 31 Minutos y de una maravillizante anomalía espaciotemporal que nos permitió abrazar un dueto con Víctor Jara en pantalla gigante. La suite final de Barrio Estación interpretada con toda su magnificencia orquestal, en una versión amplificada de la que ofrecieron en el show gratuito en la Plaza de Armas de Santiago, aquel frío otoño de 2009.
El carrusel a gran escala que montó la banda durante estos meses es digno de atesorar. Más allá de proezas técnicas, de entradas vendidas y de pericia musical, el grupo generó un lugar de (re)encuentro entre su legado y un público necesitado de calidez en tiempos escabrosos. Si nos situamos dentro del universo del quinteto, más que La maldición de mi país queríamos el arrullo esperanzador de Abril, el tema que habla sobre ser tan brillante como el sol y mirar la vida sin temor. Es el tipo de complicidad que se escribe cuando las palabras desde el escenario conectan con la alegría, la melancolía y la tregua sacrosanta que respiramos en un concierto.
La gira Ven Aquí es historia, con toda la fuerza de esa palabra. Parafraseando su canción Noviembre, Los Bunkers brillaron en la mitad de la noche y nosotros escuchamos su fuego. En los años venideros, los buscaremos entre los ecos de lo que vivimos, entre la hierba (y los discos) que hay en los caminos.
