La llamada, el título del último libro de Leila Guerriero, alude al fortuito contacto telefónico que salvó la vida de Silvia Labayru, una bella montonera de 19 años quien con cinco meses de embarazo fue secuestrada, torturada y violada reiteradamente dentro y fuera de la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), hoy Museo Sitio de la Memoria en Argentina.
En esta conversación que ocurre en 1977, el padre de Labayu, un ex militar, confunde a un oficial del campo de concentración por montonero y los acusa de ser los responsables de la muerte de su hija (en esos momentos no se sabía que estaba viva). La grata impresión que se llevó el oficial de que el padre de Silvia estaba de su lado fue la razón para dejarla salir. De las cinco mil personas que estuvieron en la ESMA entre 1976 y 1983, solo doscientas sobrevivieron, el resto fue arrojado al mar o asesinados de otras formas. Pero esta suerte fue efímera. Una vez en el exilio, en España, los sobrevivientes sufrieron el rechazo por parte de sus excamaradas, quienes ignoraban sus padecimientos y los acusaban de colaboración.
Lo que sorprendió a la escritora y a los lectores argentinos —el libro ha sido un éxito rotundo, van siete ediciones entre enero y abril— es que lo único que les interesaba a los excompañeros de los sobrevivientes era qué habían hecho para estar vivos; el rencor era tal que ni siquiera estaban dispuestos a escucharlos para saber el destino de sus conocidos.
Por casi dos años Guerriero realizó cientos de entrevistas, la mayoría a Labayru. Con el favor y aliento de esta entusiasta entrevistada de sesenta y cinco años, la cronista reconstruye el pasado tortuoso irrumpiendo en lo que parece una vida envidiable entre Madrid y Buenos Aires, donde goza de un nuevo amor y de sus hijos profesionales exitosos. Pero la escritora también siguió a sus familiares, su pareja, sus ex parejas, amigos y conocidos que fueron matizando y relativizando la perspectiva de Labayru. Con todo este material y miles y miles de vueltas que dio en su cabeza —Guerriero es conocida por ser obsesiva compulsiva en la investigación, escritura y revisión—, la escritora conforma un retrato complejo e íntimo en que superpone la historia dura de la guerrillera y su psicología que se va revelando también de sus conversaciones cotidianas las cuales resultan ser un punto de gran interés en el relato, e incluyen información de la propia Guerriero, que son detalles como su lesión en la pierna por fatiga —corre más de una hora diaria— o que congenia bien con su pareja, un médico veterinario.
A los ojos penetrantes de la escritora no se le escapan ni las modas en el vestir —Labayru usa colores neutros y telas orgánicas—, en el comer —conoce los mejores restaurantes bonaerenses— e incluso habla de su gusto en la decoración. Además hay muchos signos como marcas de auto, de ropa, alusiones a sus propiedades en ciertos lugares de España o al permanente deseo de dejar una herencia material importante a sus hijos. Hay observaciones sociológicas respecto de las costumbres en España, donde se toma más que en Argentina o bien que en Argentina casi no se toma, o del cinismo de las mujeres en Argentina habituadas al servicio doméstico que Labaryu considera trabajo esclavo. Así el texto va adquiriendo distintas capas de significado que se añaden al duro pasado, y cierto cuestionamiento a la evidente contradicción en los valores de la izquierda renovada, donde dice ubicarse la ex guerrillera.
Violaciones consentidas: siguen siendo violaciones
El de Silvia fue uno de los primeros testimonios de la violencia sexual, crimen que hasta el 2010 no estaba diferenciado de la tortura. Gracias a su configuración, el 2014, ella y otras dos víctimas pusieron una denuncia contra Alberto Eduardo González como su violador y contra el director del centro clandestino Jorge Eduardo Acosta, el instigador. El juicio comenzó el 2020 y se los declaró culpables. Entre las cosas que Silvia testificó, y que recoge Guerriero con más detalle —siempre con el límite de lo que no sea morbo— es que estas violaciones ocurrieron en ESMA pero también fuera; Silvia se movía por la ciudad con cierta libertad basada en el miedo, cuando la llevaban a moteles e incluso a la casa del padre si este se encontraba en algún viaje (era piloto de Aerolíneas Argentinas). Muchas veces involucraban a terceros y quizás lo más traumático es que en varias oportunidades las violaciones ocurrían entre González y su mujer, quien también la violaba en la casa de la pareja.
Como medida de protección muchas de las mujeres violadas consentían el coito para evitar daños peores, y se da en el libro esta discusión que Guerriero zanja claramente en favor de ellas con harta argumentación. Silvia niega que hubiese síndrome de Estocolmo, que el término es “pegoteamineto” con quienes tenían un comportamiento más humano, y que producían cierto alivio, y por tanto agradecimiento, frente al terror. Pero pasado el tiempo nadie dudaba de quién era quién. Y va más allá y habla de que es posible sentir placer además de repugnancia. “y si te gustó ¿qué? ¿Es menos violación?”.
Lo que le reprocharon en el exilio es que la joven fue utilizada como carnada cuando la obligaron a hacerse pasar por la hermana de un marino en la organización Madres de Plaza de Mayo, lo que terminó en el secuestro, tortura y desaparición de diez personas. Pero Guerriero y muchos de los entrevistados se ponen en su lugar: si quería salvar su vida no tenía otra opción. Desde el momento del secuestro no hay nada que pueda considerarse voluntad propia. Comprobada su rehabilitación, que consistía en lo anterior y en demostrar que no odiaba a sus captores, Silvia pudo reencontrarse con su hija de meses y viajar a España donde ocurre la segunda victimización, esta vez con sus pares.
Guerriero compone esta narración de más de cuatrocientas páginas con estrategias que primero chocan pero que resultan apropiadas porque iluminan, como por ejemplo no ignora las repeticiones de su entrevistada; cuenta varias veces que para ahogar los gritos de la tortura en la ESMA sonaba incesantemente la canción de Nat King Cole Adelita (“si Adelita se fuera con otro”) que detestaba, y lo leemos cada vez cayendo en la cuenta de que no es un error de edición sino que en ese ripio está la clave. O transmite de distintas maneras, reiterando, que Silvia estaba dispuesta a ser entrevistada en cualquier momento y sin límite de tiempo.
Cuando le propuso escribir este libro, preguntó si podría leerlo antes, pero Guerriero fue categórica en su negativa. A lo largo del texto, la guerrillera es generalmente comprendida, pero hay aspectos de su personalidad como cierto narcisismo junto con su alta autoestima que el lector puede leer con un sutil pudor (aunque tras leerlo Labayu dice haber quedado satisfecha). Tal vez por eso su pareja, el psicoanalista Hugo Dvoskin se demoró en aceptar que otra persona escribiese su historia, como queda plasmado en el libro, y solo por el final comienza a saludar a Guerriero.
Pero más allá del ego, Labayru no busca ser una víctima, por el contrario es un poderoso ejemplo de resiliencia, que en muchos momentos trata con humor ese pasado oscuro (varias veces aparece la broma de cuánto habrá salido la cuenta de luz en la ESMA donde las torturas eran con choques eléctricos). Y con posterioridad no dejó de poner su vida sexual en un lugar preponderante, ni de preocuparse por encontrar el verdadero amor ni de buscar el goce en un café, un bar, un restorán y todo con elegancia y glamour.
La energía de esa joven montonera se mantuvo intacta con los años y quizás ese rasgo fue esencial en el sentimiento de pérdida que Guerriero deja entrever al momento de la despedida al terminar la investigación y ya contagiada por esa enfermedad de la que habla Labayru: “La enfermedad de la adrenalina”.
La llamada: un retrato. Leila Guerriero. 2024, Anagrama. 432 páginas. Dónde comprar
