Atentamente, Murakami

La ciudad y sus muros inciertos, el esperado regreso a la novela de Haruki Murakami, va de menos a más.

Para los que hemos seguido a Haruki Murakami más por su realismo, sus personajes solitarios, o por sus referencias culturales nostálgicas, las 165 páginas que componen la primera parte de la esperada novela La ciudad y sus muros inciertos, resultan inquietantes. ¿Seis años después de La muerte del comendador y las próximas 500 páginas van a ir por su corriente más pura, ingenua y fantástica en una ciudad donde no hay tiempo y los únicos animales son unicornios que mueren por el frío? ¿Nuevamente se tratará del ya tan explorado amor adolescente?

Murakami se basó en un relato del mismo nombre que publicó en una revista literaria en 1980 con el que nunca quedó conforme y retomó en la novela El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, publicada en 1985 como “una de las experiencias más emocionantes, divertidas y satisfactorias que he vivido”, según cuenta en el Epílogo. Pero el tema de vivir protegido tras una muralla tenía para el japonés más potencial a la luz de la pandemia. Fue pertinaz y volvió a escribir todo de nuevo. Lo había terminado, sentía que ya estaba escrito, pero dejó reposar el manuscrito durante medio año. Fue cuando pensó en los lectores: la historia debía seguir en una segunda y una tercera parte. En este resultado la obra encuentra su real sustancia.

Es así como desde la segunda parte el lector de su vertiente realista se entrega para fundirse en un viaje alucinatorio con el añadido de que hubo que pasar por ese mundo mágico del que se desconfió en un principio, para llegar a retomar nuevos e interesantes personajes e historias que se van añadiendo en un ritmo como por capas seguras, una tras otra, en una narración que se equilibra con asombrosa justeza entre lo real y lo irreal, y lo necesario para enganchar desde a los más fanáticos hasta los más sensibles. De esta experiencia, cualquier lectura en su línea fantástica fluirá con más expectativas. Y en eso aquí creo se dio la magia de una pequeña expansión cerebral.

Es esperable que haya quienes se agoten con la vuelta a los mismos tópicos, como se ha visto en las pocas críticas que hasta ahora circulan (el libro acaba de publicarse en español y aún no ha salido en inglés). La de Leonardo Padura fue especialmente categórica en el diario El País al calificarlo de “un libro más” y es irrebatible que hay momentos en que la misma información se repite más de una vez, como advierte el cubano y algunos fans en el ciberespacio, pero en un escritor de tan ingente sensibilidad, cualquier desvío en la repetición puede ser más que suficiente compañía.

En la primera parte, la que estuvo o está en duda, el narrador, un joven de 17 años se enamora de una chica de 16 que muy pronto desaparece. Se conocen en un concurso literario tras el cual comienzan una relación epistolar y de encuentros esporádicos ya que reunirse implica un buen trecho de traslado y porque la chica tiene episodios depresivos: “Es como si la mente se me quedara rígida (…) y cuando me ocurre no puedo hacer nada para evitarlo”. Pero esta condición limitante no la sufre su auténtico yo que según ella trabaja en la biblioteca de una ciudad amurallada en otro mundo donde no existe el llanto y los sueños se guardan en carcazas en una biblioteca. Cuando ella desaparece sin explicaciones, el narrador sufre intensamente y no es capaz de reconducir su vida en el mundo real. Tampoco es feliz en esa misteriosa ciudad amurallada cuando aparece veinte años más tarde como lector de sueños, porque aunque la muchacha está en la biblioteca, en esencia no es la que recuerda: “No eres ella. Lo sé. Aquí no sueñas, no te enamoras”. Las murallas cambian de forma y posición: “Corre todo lo que te apetezca, siempre me encontrarás delante”, amenaza al narrador que de igual modo consigue volver milagrosamente al mundo real. El propósito de la muralla, descubrimos más adelante, es el de ejercer de barrera frente a todo contagio incluyendo también el que concierne al espíritu.

Otra de las críticas que le hacen al texto es que no se sabe cómo ocurren estas fluctuaciones entre realidades. En una entrevista es el mismo Murakami quien explica en cierta forma este logro de la voluntad contra la muralla: “Escribí esta novela mientras pensaba también en el significado del muro que surge en la novela. Ahora tenemos la novela del coronavirus y la guerra de Ucrania y creo que vivimos en una época en que la globalización se tambalea. Gran Bretaña abandonó la Unión Europea y ha surgido de nuevo la posibilidad del uso de armas nucleares. En estos tiempos, creo que una cuestión muy importante es elegir entre permanecer refugiado dentro de un muro o superar ese muro para salir”.

Las conversaciones entre el narrador y su sombra serán lo que más se extrañe de la vida en la ciudad. Es la sombra quien convence al narrador de salir de ahí: “En mi opinión, debemos unirnos una vez más y regresar al mundo exterior. No lo digo solo porque no quiera morir aquí. Lo digo también por ti. Hablo muy en serio. Permíteme ser sincero contigo: según lo veo yo, el mundo verdadero y auténtico es el otro, el exterior”.

En la segunda parte encontramos al narrador en Tokio, en la crisis de la mediana edad, renunciando a su excelente puesto en una editorial. Pero no tiene la más remota idea de lo que hacer con su libertad hasta meses después cuando sueña que trabaja en una biblioteca municipal como administrativo. Sintiendo que existe, la encuentra a través de un amigo por internet. El trance no será tan acentuado cuando pasemos del mundo real al onírico, porque aquí todo volverá a parecer bastante real, salvo que un personaje está muerto y otro acaba viajando a la ciudad amurallada.

Así comenzamos a conocer a los nuevos personajes. Koyasu, el administrador de la biblioteca que arrastra una terrible historia familiar con su esposa; Saeda, la callada asistente y el joven de la polera de Yellow submarine que usa la biblioteca como refugio porque no encaja ni con sus pares ni en su familia pero retiene todo lo que lee. Esta parte puede evocar su otra obra Kafka en la orilla en que la biblioteca también tiene un papel central como refugio del protagonista quien huye de su hogar y encuentra en ella un lugar seguro donde explorar literatura y música.

Y está el amor, o cierta clase de amor reposado, que encuentra en la dueña de un café donde Murakami retoma sus referencias a la música: “Cerca del techo había unos pequeños altavoces a través de los cuales se oía, suavemente, uno de los temas clásicos de Cole Porter interpretados por el cuarteto de Dave Brubeck, con Paul Desmond al saxo alto, con ese tono tan característico suyo, semejante a la corriente de agua cristalina. Se trataba de un tema de sobra conocido, pero no lograba recordar su título. No importaba. En cualquier caso, era la melodía perfecta para una tranquila mañana de asueto, una melodía hermosa, agradable, que había sobrevivido al paso del tiempo. Traté de no pensar en nada y dejarme llevar solo por la música (…). De pronto, recordé el nombre del tema musical –sucedió de repente, como si un pájaro hubiera alzado el vuelo desde la maleza–, el tema de Cole Porter que escuché en la cafetería de la estación se titulaba Just One of Those Things”. Aquella melodía se repetía una y otra vez en mi mente, como un mantra, en el silencio de la noche”.

Una particular unión entre el alma de dos personas, que se da por el final, es uno de los momentos más interesantes de la novela, así como un viaje en reversa del tiempo además de una insondable conversación filosófica en el sótano de la biblioteca entre el narrador y dos hermanos jóvenes, un abogado y un médico, al estilo de Los hermanos Karamazov. Así, La ciudad y sus muros inciertos va de menos a más y en las últimas páginas comienza a rugir como si partiésemos por la tarde de un viernes, en una carretera de cero a cien, con buena música y los amigos de toda la vida.

La ciudad y sus muros inciertos

La ciudad y sus muros inciertos. Haruki Murakami. 2024, Tusquets. 576 páginas. Dónde comprar (lee un fragmento)




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