En agosto nos vemos: unos apuntes sobre el regreso de García Márquez

El libro póstumo de Gabo —que él no quería publicar— relata una historia de empoderamiento femenino, de cómo una mujer en su madurez aún experimenta deseo y decide sobre su sexualidad. Pero está lejos de sus mejores novelas, lo que no lo hace ineludible. 

Casi es un alejandrino, pero queda corto solo por una sílaba. Si fuese el caso, hubiese quedado como un verso precioso, pero no. En sus 13 sílabas lo que diagnosticó Gabriel García Márquez fue una sentencia antes que un tridecasílabo: “Este libro no sirve. Hay que destruirlo”.

En rigor, García Márquez no quería publicar En agosto nos vemos, transformada recientemente en su novela póstuma vía Random House. ¿Era necesario? Discutible. No todo lo que escriben los escritores es realmente lo mejor de su producción. Suele ocurrir que los libros póstumos no generan el mismo impacto que los que un autor dio a conocer en vida.

Acá tenemos un caso notable. Roberto Bolaño. Fallecido el 15 de julio de 2003 en Barcelona, no solo sus cenizas volaron hacia las aguas del mar Mediterráneo, también las ideas para publicar libros que había dejado en sus archivos. 2666 fue el primero, pero Bolaño alcanzó a dejarlo semi terminado, pulido casi a la perfección, por lo que no cuenta de manera tan exacta en esa categoría de libreros: “libro póstumo”. 

Pero sí lo son El Tercer Reich (2010), Los sinsabores del verdadero policía (2011), El espíritu de la ciencia-ficción (2016), y Sepulcros de vaqueros (2017). Ninguna tiene la estatura de las novelas que Bolaño publicó en vida.

En agosto nos vemos tiene un poco eso. No es un mal libro. Para nada. Es una novela breve que se lee muy fácil y de una sola sentada (cuán importante es tener un buen sillón lector, se ha hablado poco del privado arte de la lectura). Se entiende a la primera, fluye, tiene cadencia de novela. Es una narración muy entretenida. Gabo es de esos escritores que pocas veces aburre (como nos dijera alguna vez Hernán Rivera Letelier, “un escritor no tiene derecho a aburrir al lector”).

Pero En agosto nos vemos está muy lejos de, por ejemplo, El coronel no tiene quien le escriba, o Crónica de una muerte anunciada, o su notable Noticia de un secuestro. Para qué hablar de Cien años de soledad. Es como cuando un jugador de fútbol veterano muestra chispazos de lo que fue su talento en la veintena. De repente mete un enganche, un quiebre de cintura, de tanto le sale un gol de tiro libre al ángulo, pero a los 60 minutos pide cambio y que le pasen una botella de agua apenas llega a sentarse en la banca. Es que el libro tiene el morbo del fantasma que rondaba a García Márquez en sus años finales, el de la pérdida de la memoria y su lucidez mental.

García Márquez

En agosto nos vemos cuenta la historia de Ana Magdalena Bach, una mujer madura, pero que aún conserva su belleza y encanto femenino intacto (una “milf” diría alguien). Tras la visita anual que cada agosto realiza a la tumba de su madre, tiene una aventura con un hombre. Es infiel, lo sabe, lo tiene muy claro, pero su matrimonio es abúlico y la aventura —un “desliz” como dicen los cínicos— le renueva la capacidad de sorprenderse por la vida. El tema es que cada agosto vuelva a hacer lo mismo, y cada vez con un hombre diferente. 

La novela presenta la clásica forma de García Márquez de narrar los escarceos y las incursiones sexuales, de manera elegante, pero con sabor. El mérito está en que el centro del relato es ella, y muestra cómo una mujer ya en la cincuentena puede, primero, incursionar en su sexualidad; y segundo, cómo es capaz de decidir por sí misma y no la muestra como una mujer pasiva que recibe a los galanes. La literatura del Boom pocas veces suele mostrar a las mujeres como dueñas de su deseo. Y acá hay una excepción. Ana Magdalena es de armas tomar, y es consciente de que con sus encantos puede darse el gusto de elegir. Es hablar del empoderamiento antes del MeToo.

Es un canto al deseo femenino, diría algún poeta de cuneta. Quizás le pone vida a los años, dice otro sentado en una antigua asociación de escritores ya fenecida. Pero qué bueno que se escriba del sexo en la adultez, diría alguien en el paseo Ahumada a las apuradas cuando le acercan un micrófono. A los 60 todavía se coge rico, diría riéndose un popular casero de La Vega. El caso es que Ana Magdalena se va convirtiendo en otra persona y el lector la acompaña con sus dudas, sus certezas y sus arrojos.

Aún así, el libro divide a la crítica. El escritor nacional Álvaro Bisama dijo contundente en la revista Santiago: “Carece de todo vértigo y que exhibe un realismo lánguido, ubicado en las antípodas de lo que siempre fue la obra de su autor; o sea, lejísimo del vértigo de aquella imaginación que, más allá de ese color local que era experto en imprimirle, resultaba un modo de entender cómo narrar el paisaje y las vidas americanas”.

Nadal Shau, crítico literario de El País, también fue duro: “La versión que legó a su familia es un trabajo a medio pulir (se nota en cada página), aunque acabado. No es una versión final, pero sí una cerrada. En consecuencia, Random House ha optado por darla a conocer sin alentar demasiadas prevenciones: así, la portada y las guardas llaman al público lector masivo, y los paratextos que acompañan a la novela son breves, accesibles, nada académicos ni especializados”.

Otros son más generosos. Ricardo Baixeras, doctor en humanidades y crítico literario de El Periódico de España, escribe: “Es una ficción que vuelve a mostrar hasta qué punto García Márquez, a pesar del temor de no ser ya el mismo por su pérdida de memoria, seguía dominando el arte de contar historias como centro neurálgico”.

Por lo pronto, creo que cualquier lector debiera pasar por esta lectura. Es el gran tema literario del año, y referencia obligada ahí donde quiera que se discuta de libros —Instagram y las redes sociales también cuentan—. Si a usted querida lectora o lector le interesan los libros, no se puede no tener una opinión de este.

En agosto nos vemos

Nos vemos en agosto. Gabriel García Márquez. 2024, Random House. 144 páginas. Dónde comprar




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