La última casa de izquierda 

El vino tinto circulaba como oxígeno. En esa casa siempre parecía ser viernes. La mesa se llenaba de a poco. Los mayores no sé de dónde sacaban energía para quedarnos hasta las tres o cuatro de la mañana.

La crónica, o cierto tipo de crónica, suele generar en el lector recuerdos personales. Más aún cuando están situadas en un lugar determinado o incurren en temas del diario vivir de ese espacio —formas de desplazamientos, divertimentos, vacaciones o viajes, trabajo, obligaciones civiles, etcétera—. 

Todo Santiago de Roberto Merino, por ejemplo, provoca esta reacción, con la tremenda virtud de no ser melancólico en el relato de otro tiempo, sino en su habitual encuentro crítico. 

Recuerdo un texto donde su padre idealizaba el tiempo de los trolley en la capital a lo que el autor responde “imagino el sonido infernal del metal en el trayecto”. O cuando se queja del ruido insoportable (para él) emitido por los chinchineros, símbolo patrio, que incluso llegó a la televisión de la época de la Unidad Popular, representado en un perro, con Inti-Illimani de fondo.

Eugenio Lira Massi, cronista fundamental y olvidado en estos tiempos, en su libro El hombre del momento, desarrolla una crónica basada en episodios de infancia, situados en la comuna de Independencia. El libro mencionado lo había leído hace muchos años con tremenda sorpresa: escritura directa, sin miedo, llena de humor e imágenes, de añoranza del pasado, soterradas. Lo releí recientemente. Mientras avanzaba dentro de su casa, el perro fiel, padre y madre, el deseo ingenuo de formar un club de fútbol me saltó una palabra.

Al nombrar la formación del once titular apareció el apellido Icea. No puede ser coincidencia, pensé, solo una errata. Sus historias transcurrían al lado de la última casa de izquierda que conocí, ubicada en la calle Hipódromo Chile, justo al frente de la comisaría de Independencia, en dónde, Lira Massi, contaba que muchas veces los tiros pifiados de la pelota terminaban ahí, en Carabineros. Le mandé una foto a Tania Isea (no “Icea”), mi amiga de esa casa. No podía ser de otra forma. “Tiene que ser mi tío el del relato”, dijo.

Nos hicimos amigos en la universidad. A las semanas me invitó a su casa. Mis únicas experiencias en Independencia habían sido visitas a ver a Colo-Colo al Santa Laura. Tomé la 417 en plaza Ñuñoa, las antiguas micros amarillas donde era normal negociar el pago del viaje. Me bajé en la plaza Independencia, caminé al supermercado “Montserrat” y llamé a Tania desde un teléfono público. Me fue a buscar y caminamos a su casa, que parecía un inmueble de campo, fachada a la calle. Siempre he pensado que lo que une a los jóvenes de veinte años es el amor, la política y la música. En ese tiempo me consideraba comunista —no podría afirmar qué me considero ahora— y ella, también, era comunista. Básicamente hablábamos de eso: política, libros de izquierda y música. A pesar de haber leído un poco ese libro rojo de Mao Tse-Tung —que mi abuela Carmen escondió en su clóset durante décadas—, El Manifiesto Comunista, El capital y escuchar las historias de mi papá y mi tía que eran del MIR, cuando abrió la puerta me di cuenta que era un neófito.

Fotos de Gladys Marín, Osama bin Laden (¡Osama bin Laden!), Camilo Cienfuegos por todos lados —lamenté no tener barba—, Fidel, banderas de Cuba, pequeñas estatuillas de Mao Tse-Tung. Una pieza llena de instrumentos folclóricos. El padre, Rolando Isea “el Roli”, oriundo de Illapel, exintegrante de la desconocida agrupación “Voces del Choapa”, me apretó fuerte la mano. Me presenté y saqué las dos botellas de vino León de Tarapacá, las que bajamos en un suspiro. Dos o tres viajes a la botillería. El vino tinto circulaba como oxígeno. Aparecieron primos, amigos, la madre. En esa casa siempre parecía ser viernes. La mesa se llenaba de a poco. La noche transcurría con golpes en esa puerta de vidrio. Los mayores no sé de dónde sacaban energía para quedarnos hasta las tres o cuatro de la mañana.

Cafrune, Atahualpa Yupanqui y Los Olimareños siempre de fondo. Muchas historias de combate. Garrotazos en la cabeza en una sala de la Universidad Católica a miembros Patria y Libertad, métodos de supervivencia, interrogaciones sobre fechas históricas del marxismo, proyectos delirantes de revolución, celebraciones patrias destempladas, mucha resaca. Aunque en esa casa había una manera para evitarla. A cualquier hora salía el famoso caldillo de jurel, con papas con corte de papas fritas, un chorro de vino, cebolla y ají color. Era un hábito. Solía hacerlo Andrea, prima de Tania, recientemente fallecida. La verdad, más que un remedio para la caña, era el último impulso para seguir tragando tinto. Curiosamente, conquisté a mi esposa con ese caldo.

Mis amigos se preocuparon por mí, solían llamarme y preguntar qué pasaba conmigo, asunto justificable, pues desaparecí dos años como si estuviera bajo un entrenamiento de guerrilla. Una mañana de resaca dormía, o dormitaba, mientras Tania ordenaba la casa, hacía aseo y escuchaba a Los Olimareños: “Cuando en tierras, extrañas miro triste, la lejanía azul, del horizonte…”. Pienso que en ese momento se metió en mi inconsciente toda esa época y por eso no la puedo olvidar. Es difícil determinar el momento exacto cuando terminó este viaje. Supongo que como todo lo importante: con un golpe seco y radical. Como un tatuaje o una lápida, en cuyo pedazo de mármol se graba un hito definitivo en la historia personal.




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