Lo que Sam Shepard quiso que supiéramos antes de morir  

Apuntes de Espía de la primera persona, el testamento literario de Sam Shepard, escrito en el epílogo de su vida, cuando una enfermedad degenerativa se iba apoderando de su cuerpo; una intensa y poética novela autobiográfica sobre la memoria.

Era octubre de 1975 y Bob Dylan ponía en marcha un evento musical sencillo pero ambicioso que terminó en una explosión de ingenio creativo y fervor popular. Una gira en bus a toda velocidad por Estados Unidos a la que se unirían músicos, escritores y gente admirable por conocer. Esperaban ser vistos como una especie de circo ambulante, pero el fruto del experimento tuvo magnitudes colosales que pocos avizoraron y que situó a “Rolling Thunder”, como se le bautizó, en uno de los momentos más míticos y vanguardistas de la historia de la música. Lo acompañaban, entre otros, Joni Mitchell, Allen Ginsberg y Joan Baez. El multifacético actor y escritor Sam Shepard iba como guionista. Había deslumbrado a Dylan con su talento para captar la atmósfera estadounidense en sus obras teatrales, especialmente en la pieza distópica The Tooth of Crime, sobre una guerra entre dos roqueros que compiten por el control del mundo.

En vez de un guion, como esperaba el cantante, Shepard escribió un libro, Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera donde observó alucinado: “En el escenario todo se mezcla, se funde en una especie de trance, como si estuviéramos en un sueño colectivo, todos compartiendo la misma fantasía al mismo tiempo”, o describió inmerso: “Las noches en la carretera eran largas y oscuras, llenas de risas y conversaciones profundas, como si estuviéramos todos tratando de descifrar el enigma del universo”.

Pero el autor de Crónicas de motel –base para el guion de la película Paris, Texas de Wim Wenders–, experimentó en sus últimos días todo lo contrario a esta perfecta armonía en cuanto le diagnosticaron Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), en 2016, una enfermedad que termina por cortar toda comunicación en el propio cuerpo, dejando los músculos inertes. No obstante mantuvo ese espíritu primitivo de la gira musical, de descifrar el enigma de la existencia, pero con un aire desesperado y esta vez en soledad, escribiendo en su rancho de Kentucky, como en una especie de destierro, su último libro con el iluminado título Espía de la primera persona (Anagrama, 2023). 

Fue un esfuerzo descomunal redactar este breve e intenso volumen en el que trabajó hasta casi el final de sus días, en 2017 a sus 73 años, porque en principio pudo escribir a mano pero luego debió aceptar una grabadora hasta que ni eso funcionó y acabó sometido, dictándolo a sus familiares. Su amiga de toda la vida, y primero amante, Patti Smith fue una de las pocas personas ajenas al núcleo que estaba enterada de su enfermedad y lo ayudó a editar el libro. Es célebre la reacción de su coestrella de la película El niño y el fugitivo (2012), Matthew McConaughey cuando un periodista le preguntó en vivo cómo se sentía por la muerte de Shepard y éste, con un par de garabatos y a punto de llorar, exclamó sorprendido: “¿Murió Sam Shepard? ¿pero de qué?”. Shepard se ocupó de que todo fuese muy reservado y no era una excepción. Pese a ser conocido por actuar en decenas de películas exitosas, entre ellas Frances (con Jessica Lange, su segunda mujer, quien lo acompañó por treinta años) o Informe pelícano, apenas dio un puñado de entrevistas dejando en claro que ante nada era un escritor, “solo me quedo en el negocio del cine para alimentar a mis caballos”, se jactaba (fue criado en una granja y era un excelente jinete).

La dedicatoria que precede a Espía de la primera persona es uno de los momentos más estremecedores del libro y descoloca. Escribe una segunda persona, fantasmagórica: “A los hijos de Sam, Hannah, Walker y Jesse, les gustaría dejar constancia de su admiración por la vida y la obra de su padre y por el tremendo esfuerzo que hizo por acabar este libro”.

El texto a continuación va intercalando la representación actual de sí mismo, indefenso, con sus clásicos tejanos sucios y una polera vieja en una silla de oficina con ruedas en la entrada de su casa, mientras lee o toma té con galletas, en la voz de un vecino que lo espía, atento a su monotonía, desde el otro lado de la calle, siempre con un límite, como aclara una frase que se repite un par de veces y que tiene una doble significación: “Es imposible saber lo profunda que es la casa”. Y por otro lado corre el relato del propio Shepard, molesto de ser espiado sin ninguna finalidad: “No acostumbro a ser una persona suspicaz. No voy por ahí volviendo la cabeza por si acaso. Pero tengo la sensación —no puedo evitarlo— de que alguien me observa. Alguien quiere saber algo. Alguien quiere saber algo sobre mí que ni siquiera yo mismo sé”.

Y todo se confunde, también es él escrutando su propio deterioro. Intentando descifrarse a sí mismo. Y para ello recurre a recuerdos, propios o no, momentos fragmentados y dispuestos en forma críptica, como rumores o imágenes ásperas sin linealidad. Hay una extraña fiesta de camellos en Arizona, un asesinato que confiesa haber cometido, el recuerdo de un día terrible en que un francotirador disparó a un caballo, algo de los sobrevivientes de la fuga de Alcatraz. Y casi siempre estas cosas deben pensarse ocurrieron en una misma época “delicada”, a mediados de los setenta, y suelta algunos referentes que repite, Watergate, Nixon, Camboya, Muhammad Ali.

Hasta el final Shepard pidió que este libro no fuese catalogado ni como una novela ni como nada. Porque es en parte poesía en prosa, o quizás memoria y hasta fábula. Aunque también es un relato casi realista de sus idas a un restaurante mexicano local donde come enchiladas: “Lo que recuerdo es estar más o menos indefenso y la fuerza de mis hijos” y de sus entradas y salidas de una moderna clínica dirigida por dos hermanos, sin tener clara la finalidad. Y también entrega una descripción detallada de la evolución de la enfermedad: “Me hicieron análisis de sangre, claro está. Todo tipo de análisis para valorar mis glóbulos blancos, los glóbulos rojos, el equilibrio entre unos y otros. Me hicieron una prueba en la médula espinal. Me hicieron una punción lumbar. Me hicieron resonancias magnéticas…”.

Pero lo más hermoso del texto son sus partes alucinatorias, o sus digresiones sobre el fin o el origen del ser, precisas en su sinsentido, como en este párrafo: “Si estuvieras viajando por un país extranjero y perdieses a tus perros y perdieses tu coche y perdieses la ropa y permanecieses ahí plantado desnudo y apareciese alguien y te preguntase de dónde eres, ¿qué le responderías? ¿O le preguntarías a la Armada española? Alguien lo ha olvidado”.

Espía de la primera persona

Ficha: Espía de la primera persona. Sam Shepard. 2023, Anagrama. 104 páginas. Dónde comprar




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